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jueves, 19 de junio de 2014

Ana Grynbaum - A' Ch'

A’ Ch’ es un cuento de amor y de ciencia ficción (dos campos que fácilmente se confunden). Lo escribí mientras trabajaba en mi primera novela, Bitácora de una persecución amorosa, y ha permanecido inédito hasta ahora. 

Para Chichi, con todo el hígado 

Cuando una mujer decide terminar con los martirios y cautiverios de su matrimonio debe enfrentar la dura prueba de privarse de quien pese a todo ama y dejarlo abandonado a su merced. Por suerte yo soy una mujer del siglo veintiuno. Cuando cinco años atrás elegí otros aires para mi vida y resolví abandonar el hogar, tomé el buen recaudo de dejar en mi lugar a otra que fuese yo misma. 

Esto por lo general se resuelve con la ayuda de alguna buena amiga que acepte sacarle a una el marido. Yo recurrí a la tecnología de punta. En mis largas horas de bronca conyugal medité el asunto y luego me contacté, a través de Internet, con una empresa que fabrica clones humanos en forma artesanal. 

En mi decisión intervino categóricamente la herencia que la fortuna había puesto en mis manos días atrás. Si bien el monto de lo heredado era grande, los clones se llevaron la mitad. La otra mitad la reservé para mi nueva vida personal. No fue un exceso de generosidad injustificado: yo realmente amaba a Raúl –y no podría decir que haya dejado de amarlo-. Dentro de algunos años los clones habrán de adquirirse a precios accesibles en nuestro mercado, pero los míos costaron carísimo, aunque no puedo objetar que son de primerísima calidad.

Hablo en plural porque además de reemplazarme a mí también hice clonar a mi gata Charito. Y me llevé el original como compañía, aunque confieso que dudé si quedarme con ella o con Charito’ –“Charito prima”-. Porque mi proyecto no se detuvo en la mera producción de copias perfectas, los nuevos seres fueron cuidadosamente mejorados. Para eso mantuve una serie de entrevistas con el encargado de la empresa de clonaciones, durante las cuales, fui describiendo en profundidad cada uno de los defectos que se debían eliminar y las virtudes que había que agregar en los diseños. Sinceramente creía estar encontrando la solución perfecta para nuestro imperfecto matrimonio. Me ocupé hasta de que limaran los dientitos y recortaran las garritas del animalito, que además se volvió quieto y mudo. Ch’ no caza pajaritos ni junta pulgas, no pierde pelo ni –por tanto- corre el riesgo de padecer una oclusión intestinal-. 

En cambio A’ –“A prima”, el clon que me sustituye, la copia de mí, mi otra-  es una persona con muchas pulgas. Con ella es imposible que Raúl tenga disgustos. No se enoja ni se ofende, no ironiza acerca de los defectos ajenos, no se niega a nada ni plantea exigencias. Ella sí puede aceptarlo a él tal cual es en un cien por ciento. No existe para ella el recurso a la protesta, la queja o el dolor corporal. Me supera ampliamente en lo concerniente a la motricidad, gruesa y fina, así como el tacto –especialmente en sentido figurado-. Gracias al manejo exacto que hace de su cuerpo en el espacio logra desplazarse en completo silencio y cierra con absoluta discreción las puertas tras su paso. Tampoco tiene mi mala costumbre de reír estrepitosamente cuando algo le causa gracia, no canturrea insistentes estribillos odiosos de forma desafinada, habla lo justo -en un tono de voz moderado, sin decir palabrotas- y asiente a cada una de las órdenes e ideas de él con actitud de simpatía y comprensión. No se molesta por el tono despótico de su voz ni los frecuentes mal humores que sin motivo aparente y en forma abrupta le advienen. Ella es sumisa y siempre se dirige a él tiernamente. De día es la mujercita deliciosa con la que R soñaba, y de noche la espléndida amante cuya figura lo ha perseguido siempre en sueños y fantasías –hace todo lo que él pide-. Y por la mañana sin chistar tiende la cama. Posee igual inteligencia que yo, pero más vasta sabiduría. Sólo lee obras escritas por los autores mayores del canon, en lengua original. 

La herencia que cobré cambió mis posibilidades y mis perspectivas. La vida es una sola y uno no gana para disgustos. Verdaderamente aposté a que con alguien igual a mí pero superior él sería al fin perfectamente feliz, y a que yo, además de mitigar mis culpas por la huida, podría vivir tranquila y a mi entero albedrío. Además de nosotros dos, también se beneficiarían nuestros familiares y amigos. Me gustan las soluciones lógicas. De tan cansada que me tenían las broncas cotidianas ni se me ocurrió que echaría de menos a Raúl. Charito lo extrañó al principio y después se olvidó de él, yo no. No me daba la plata para mandarme hacer un clon de mi marido, un R’ = R con mejoras. Raúl es grande y tiene una personalidad muy compleja. 

Una vez instaladas A y Ch prima en nuestro hogar, Charito y yo teníamos que desaparecer por completo. Sustituirse por un clon no es tan difícil como borrarse de la propia existencia, quiero decir de todos los lugares por los que acostumbramos circular cotidianamente más allá de nuestra conciencia. Una puede vivir en la misma ciudad toda la vida sin cruzarse siquiera con la mayoría de sus vecinos, ni pisar una sola vez la mayor parte de los escenarios, pero resulta imposible no volver a transitar aquellos lugares que hemos habitado, y que nos domesticaron de alguna manera. Una fuerza de automatismo nos conduce una y otra vez a caminar por las mismas veredas, a entrar en determinados comercios, a parar siempre en la misma plaza. Ch parecía mucho más amaestrable que yo. Con llevarle su almohadón y dejar otro similar en la casa alcanzaba. Además ella es una gata común y corriente, si algún conocido se la cruzara por fuera del hábitat donde acostumbra verla no la reconocería. Pero a mí sí me reconocerían y podrían ocurrir escenas como de película yanqui que pretende hacer ciencia ficción con pocos dolaritos. No me quedaba más remedio que viajar a las antípodas. Y así lo hice. 

En la otra punta del planeta estaba fenomenal. Tenía plata para vivir sin trabajar, disponía del tiempo suficiente como para perderlo alegremente, gozaba de toda la tranquilidad que mi vida de relación me había escamoteado, contaba con Charito mordisqueándome los pies. Sólo me faltaba Raúl –porque yo nunca lo había dejado de amar-. 

Cotidianamente entraba en su blog, estaba tan al tanto de su producción artística como puede estarlo cualquier fan esmerada. Pero ya no tenía las primicias de su genio, esas eran de A’. Vi fotos de R con A’ en el último vernissage del artista, percibí la sonrisa de satisfacción en los labios de ella. A’ es la modelo de sus nuevos cuadros. No olvidaba lo duro que era posar para él, cuán intolerante se ponía al menor movimiento. Y sin embargo envidiaba a A’ por ser ella quien pasaba del mundo a sus telas e imaginaba el tiempo en que R había trabajado sobre el cuerpo de ella como un pedazo de paraíso que se me escamoteaba. Ciertamente ella es idéntica a mí; si hubiera podido ver las cosas de otra manera bien habría podido enorgullecerme de las obras donde A’ sufrió estoicamente el carácter del artista para que mi imagen quedase registrada en la escena del arte, pero no podía. Ni siquiera Ch’, quien aparece en muchas de las obras, es comparable a Ch -aunque hay que conocer a mi Charito como yo la conozco para darse cuenta-. 

Entraba todos los días y varias veces por día al blog de R para sufrir en silencio, hasta que un buen día tuve la temeraria ocurrencia de escribirle un mail. Me hice pasar por una admiradora; firmaba como Carolina de Minici. Yo sabía que siempre responde a sus fans, al día siguiente recibí respuesta. El corazón quería escapárseme por la garganta, casi me ahogo de la emoción. Ya con el primer mensaje comenzó el fin de mi tan minuciosamente planificada libertad en paz. 

Mail va mail viene R se enamoró de mí locamente, y yo sufrí un revival del amor que nunca dejé de sentir por él, pero en un tono de pasión desquiciante. A Raúl no le importaba que yo viviera en la Indochina –como declaré-; le tenía sin cuidado que habitara una mansión de enormes muros blindados rodeada por una jauría de perros e hijos salvajes y bajo las órdenes de un marido militar, árabe, traficante de armas y extremadamente celoso y vengativo. Tampoco le interesaba que fuera gorda, petisa, bizca, renga y con un forúnculo en el medio de la frente. Quería tomarse el primer avión y venir a conocerme. Así es él: un romántico. Capaz de enamorarse de cualquier cortina de humo que le ofrezca el perfume exótico que yo bien conocía. Por más previsora que fuera, no había podido imaginar que volvería a engancharme con él, y de manera tan complicada. Estaba demasiado enredada y copada por el enredo como para detenerme a pensar. Él insistía en que nos teníamos que conocer personalmente. Le pregunté si no estaba casado. En cierto modo me exasperaba que estuviera engañándome, aunque más no fuera conmigo misma. 

Con su respuesta se puso de manifiesto que mi plan no sólo me privaba irremediable y dolorosamente de él, sino que A’, pese a su perfección, tampoco resultaba perfecta. Yo la había concebido carente de todos mis vicios, de cada una de las cosas por las que Raúl y yo peleábamos insoportablemente. Le dejé algo superior a lo mejor de mí. Pero nada le viene bien. Se queja de que su mujer se convirtió en un autómata: ya no polemiza como antes pero se volvió insufriblemente aburrida. 

Pese a que no quiere malgastar sus palabras en hablar conmigo acerca de ella, ha cedido ante mi insistencia. Raúl nota que su mujer cambió radicalmente a partir de unos cuatro años atrás –cinco, para ser más exactos-. Me alivia que al menos haya acusado recibo del tan costoso cambio. Reconoce las virtudes del modelo. Admite que hasta su madre ensalza las nuevas actitudes de la nuera. A’ visita a la madre de R religiosamente una vez por semana y sin duda las reuniones familiares funcionan de manera mucho más aceitada con ella que conmigo –por mi parte no extraño esas instancias ni un poquito-. Me siento orgullosa de las virtudes de A’; ella es mi creación, la elevación de mi ser. 

Sin embargo él se queja de que su mujer parece la fotocopia de aquella muchacha con la que se casó. No entiende cómo se produjo el cambio, pero ha notado que hasta la gata mutó en forma similar a su dueña. R lamenta no poder ya ni jugar con el pequeño animal de tan manso que se ha vuelto –y sí: ninguna copia, por mejorada que sea, puede ser tan adorable como Ch, suerte que la traje conmigo-. Si yo no conociera la verdad mejor que él tomaría sus quejas como meros versos de mujeriego extendiéndose cual pseudópodos hacia la eventual presa. 

R atribuye los cambios en la conducta de su esposa al nuevo régimen de vida por el que ha optado: ahora bebe con moderación y ya no fuma, come sólo lo necesario y controla su salud periódicamente. Por lo demás es idéntica a mí, salvo en mis defectos, y cual sobreagregado a mis virtudes posee la capacidad de responder a las agresiones verbales con una sonrisa ingenua que barre la animosidad del interlocutor. Es una verdadera maravilla este invento mío, programado al detalle para satisfacer las necesidades de R. Pero mi proyecto de desaparecer y al mismo tiempo quedarme a través del artificio está tecleando. Le dejé una esposa perfecta, tomando en cuenta todas las quejas y acusaciones que él me dirigía, pero ahora resulta que ella tampoco lo satisface. Evidentemente, al elaborar mi versión mejorada, cometí el error de tomar sus palabras al pie de la letra. 

Las cartas entre nosotros –entre Carolina y Raúl, para ser más precisos- se sucedían al ritmo de un crescendo erótico vertiginoso y de intensidad infartante. Yo ya no comía ni dormía, sólo me dedicaba a leer sus palabras y escribir las mías. Durante las esperas fantaseaba revolcones de voluptuosidad epifánica; vivía por fuera de la realidad, alucinada, famélica. Llegó un punto en que no aguanté más y decidí acercarme físicamente a él. Pero, paradójicamente, para acercarme tenía que alejarme -una vez más-. 

Ignoro por qué extraño motivo elegí no presentarme ante él como Carolina, la Indochina de ojos estrábicos, sino enfrentar el desafío de conquistarlo bajo la forma de un personaje nuevo: Arlette. Así que Caro abandonó a Raúl dejando de escribirle –no soy capaz de representar más de un personaje a la vez-. Gasté casi todo lo que me quedaba en someterme a una cirugía estética, cuyos efectos en el cuerpo y la cara resultaron tan diversos como profundos, y me hice quebrar y luego soldar una cadera para cambiar la marcha, a fin de poder regresar sin que me reconocieran. 

Arlette Gutiérrez es una bailarina de ballet que tuvo que abandonar la danza debido a un accidente en el cual se quebró la cadera. Al estilo del señor Wakefield comenzó a merodear la cuadra en que ahora R vive con A’ y Ch’ –aunque ya no la ame él no se ha divorciado de ella: considera que debe sostener a su autoimagen de hombre responsable llevando las obligaciones contraídas hasta el final-. 

La primera vez que me vio fue en la otra cuadra de su casa –mi ex-casa, la que había pertenecido a mi abuela-. Iba caminando y pasé por al lado suyo haciéndome la distraída, segura de que no me reconocería. Pero quiso la mala fortuna que me pusiera nerviosa y enredándome en mis propios pies tropecé; poco faltó para que me diera de bruces contra el pavimento. Logré estabilizarme y apuré el paso para huir de aquella embarazosa situación. Pero él me siguió hasta alcanzarme. R había entrado en un estado de intensa emoción –siempre ha sido fuertemente emotivo-. Intentaba mirarme a los ojos por encima de los clásicos lentes negros de mi disfraz mientras, disculpándose por importunarme, insistía en que yo le hacía acordar a alguien… 

-Cuando nos conocimos, mi mujer se tropezaba igual que vos... vas a pensar que te estoy cargando, pero es cierto. Se tropezaba igualito- me dijo con los ojos llenos de lágrimas. Su rostro era un hermoso paisaje compuesto de nostalgia y perplejidad. Debía escapar cuanto antes –aún estaba a tiempo-. Me invitó a tomar algo, pero lo rechacé con una excusa. No le di teléfono ni dirección, pero le prometí que volvería a verme, pues me había mudado por la zona. Aceptó de mala gana, pero tuvo que hacerlo porque es un caballero –valga eso lo que valga-. 

Si bien logré escurrirme, el primer reencuentro presencial con Raúl, al cabo de tantos años de separación, me dejó como loca. Tanto así que esa mismísima tarde puse en escena otro cruce casual y en un santiamén terminamos en un telo. Guau, cinco años y medio sin acostarse con el hombre que una ama y desea es demasiado. 

Por supuesto que desaparecí sin dejar rastro antes de que él pudiese reaccionar. Aún con la delicia de su cuerpo tibia en mi piel, no sé pensar. No logro decidirme entre creer que siempre, bajo todas las formas, me ha amado y prestado fidelidad –sin saberlo-, o que me ha engañado primero con Carolina y luego con Arlette –y quién sabe con qué otras que desconozco, por no tomar en cuenta a A-’.

De todos modos, la infidelidad, en este caso, es lo de menos. Lo peor, una vez más, es que lo mejor pueda realizarse. Si lograra mirar las cosas desde afuera me resultaría muy divertido el hecho de que ahora la portadora de mi cuerpo y mi cara no soy yo sino otra. La misma que es, además, titular de mi marido; aunque está claro que, en lo esencial, no es capaz de tenerlo. 

Al menos Ch sigue siendo Ch y siempre ha estado y está a mi lado y Ch’ no juega un papel relevante en esta historia.  

Quisiera poder ver con claridad la situación. Supongamos que R decida mandar el clon a la mierda y casarse –nuevamente- conmigo. Al poco tiempo recomenzarían los malestares propios de la convivencia. A mí ni siquiera me queda plata para fabricar una nueva muñeca, en caso de que quiera volver a hacerlo. Por otra parte, siento tan fuertes celos hacia A’ que, si él no la deja, soy capaz de asesinarla. En tal caso ¿podría ir a la cárcel? 

Me domina una desesperante sensación de fracaso. ¿Habré hecho todo lo que hice para terminar volviendo al punto de partida? ¿Y si el conjunto de la situación no fuese más que un círculo, un circuito que se mueve como la rueda de las torturas, eternamente sobre su eje, sin desplazarse hacia ninguna parte? ¿Cuántas mujeres habré de encarnar sin dejar de ser yo misma? ¿Se enamorará él de todas, de cada una…? No, no hay soluciones perfectas. 


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