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jueves, 3 de julio de 2014

Ana Grynbaum - No hay enfermedad mental

Llamar a alguien “enfermo mental” es un insulto. En el habla cotidiana, el sentido peyorativo de la expresión “enfermo mental” señala una verdad: la “enfermedad mental” no existe. La supuesta enfermedad mental no es sino un rótulo que sirve para encorsetar a alguien en un orden de cosas regido por
ciertos intereses, ajenos a los intereses del sujeto así rotulado.

La enfermedad mental no existe 

El cuerpo existe, las enfermedades del cuerpo existen. Cada uno de nosotros lo ha experimentado. Podemos padecerlas, curarnos o morirnos a causa de ellas. Pero para que existan las enfermedades de la mente, en primer lugar, tendría que existir la mente. Y la mente –nos enseña la Real Academia Española- no es un objeto asible, sino la “potencia intelectual del alma”… ¡Andá a cazar a ese bicho para meterlo en el sartén…!

La locura, al igual que el cuerpo, también existe y, a menudo, insiste. El delirio, las alucinaciones, son experiencias por las que se puede transitar, e incluso llegar a padecer. La locura es lo imprevisible e incomprensible, contra corriente, contra natura, que le puede pasar a cualquiera en un momento dado. El furor, el arrebato, una experiencia que descoloca, atraviesa la normalidad. Se trata de una irrupción de algo que altera el funcionamiento de la vida cotidiana; irrupción que puede ser más o menos pasajera.

Pero convertir locura en sinónimo de enfermedad mental implica suscribirse a la idea según la cual hay un orden de cosas esperables –ya sea porque esté valorado socialmente o porque la mayoría se comporta de tal manera- y un desvío respecto de la norma, que debe ser reprimido. Pensar en estos términos es obedecer a una lógica de control.

La enfermedad mental como metáfora  

En tiempos pasados hablar de enfermedad mental no era sino emplear una metáfora, un recurso literario que permitía referirse a las dolencias inmateriales. En las cartas de Séneca a Lucilio las enfermedades del alma son efecto de los vicios y se relacionan con las pasiones. Se trata de moral. La cura para estos males espirituales consiste en abrazar la filosofía.

El concepto de enfermedad mental surge a partir de la necesidad de ubicar en algún lugar los dolores que no encuentran cabida en el cuerpo y los que, si bien se presentan en el cuerpo, resultan objetivamente indemostrables. Con el correr del tiempo la expresión metafórica pasó a tomarse al pie de la letra. Esta tergiversación del sentido original posibilitó su institucionalización y el concomitante surgimiento de los expertos para tratarla.

Es innegable que los seres humanos estamos habitados por metáforas. Dicho de otra manera: vivimos de cuentos, como bien señaló León Felipe. E incluso necesitamos de ciertos relatos para poder llevar adelante nuestra existencia, sólo que en algunos aspectos resulta “sano” poder trazar la línea entre verdad y ficción.

Desde el punto de vista del lenguaje la enfermedad mental “existe” porque hay un término para nombrarla. Con el mismo criterio “existen” también el diablo, dios, la magia, papá noel, drácula, et al. La enfermedad mental es un constructo más. Conviene preguntarse en qué contexto el mito de la enfermedad mental funciona y a qué intereses sirve.

¿Dónde están el alma, el espíritu, el intelecto, la mente…? 

En el cerebro no se pudieron encontrar… pese a los enormes esfuerzos realizados y a las grandes inversiones empleadas.

El propio Freud fracasó en sus esfuerzos por localizar las cuestiones del alma en el cerebro –órgano este sí tangible, viviseccionable, operable-. Entonces inventó el aparato anímico o psíquico. Es decir el alma, la mente, concebidos según el modelo de un aparato.

El “aparato psíquico”, o aparato del alma, es una metáfora. No da cuenta de la existencia de ninguna cosa en ningún lugar, pero de tanto repetirse acríticamente el término acabó funcionando con el peso de una realidad obvia –es decir: indiscutida.

Dada la época en que le tocó a Freud vivir y producir, tenía que autorizar sus prácticas y acrecentar su prestigio en base a una concepción cientificista, es decir: empleando palabras que sonaran serias a los oídos de sus coetáneos. Los hijos del capitalismo tecnicista no podían confiar sus penas al “médico del alma” así nomás. El aparato, la máquina, como suerte de objeto sobre el cual el incipiente psicoanalista actuaba, representaba algo creíble para el espíritu de la época.

Pero en el siglo XXI, los que nos reconocemos como sus discípulos, tenemos la obligación de re-pensar en primer lugar las concepciones más obvias en que se fundamentan nuestras prácticas, si no queremos ser un eslabón más en la cadena de producción de sujetos alienados, a que las leyes del Mercado nos convocan.

Y sin embargo duele…

El sufrimiento existe, así como existen la confusión, el dolor, la incertidumbre penosa. Y las personas pueden pedir y aceptar ayuda para tratar los males que las aquejan. Pero la posibilidad de actuar beneficiosamente sobre las situaciones críticas depende del posicionamiento que se adopte.

A los problemas de la existencia hay que encararlos desde una perspectiva existencial. Hay formas de abordar los sufrimientos particulares; es menester descubrirlas, construirlas, en cada caso particular. Las soluciones globales responden a los intereses que predominan en la sociedad, desconocen a cada sujeto concreto.

Aceptar el sayo de la enfermedad mental no cura a nadie, por el contrario. El “enfermo mental” es el cliente cautivo de la psiquiatría mercantil, con su perpetuamente renovado arsenal de pastillitas de colores y sus armas mayores, para cuando la química resulta impotente -electroshock, lobotomía-. Puesto que, en el mejor de los casos, los psicofármacos logran taponar la angustia en forma provisoria

La "enfermedad mental" como término valija 

“Enfermedad mental” es un término valija: puede comprender una vastedad de cosas, en sentido estricto no dice nada. Para el caso, se trata de una expresión que recoge -cual artilugio de aseo, de higiene- aquellas cuestiones no claras, no clasificables, que perturban el orden establecido. Constituye un lugar, un casillero, donde colocar lo que molesta, así deja de dar vueltas. Sin embargo, en su ambigüedad, habilita la realización de operaciones bien concretas. A la manera de un password, abre camino a la intervención médica.

Pero, la enfermedad mental, no sólo es un lugar sino también un callejón sin salida. Las enfermedades mentales no se curan: se medican, se controlan. ¿Cómo habrían de curarse si no son otra cosa que artefactos ideológicos?

Nadie se puede curar de una enfermedad inexistente. Aceptar ser un “enfermo mental” es auto condenarse a cadena perpetua. De ahí no se sale de otra manera que rompiendo el título recibido. Mientras se obedezca al rótulo de “enfermo mental” habrá siempre alguna mercancía para comprar; tan inútil como la mayoría de los artículos que, en tanto sujetos de consumo, solemos adquirir cotidianamente.

Se ha hecho campaña contra las drogas ilegales señalando que son “un camino de ida”. Un camino sin regreso es la enfermedad mental, cuando alguien se entrega a ella.

Desórdenes (mentales) 

Hoy en día, la enfermedad mental, es básicamente un término del lenguaje vulgar. La ciencia aplicada usa otras palabras.

El manual de psiquiatría de mejor posición en el ranking de ventas en la actualidad (DSM: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) define como su objeto a los “trastornos mentales”. El término inglés disorder explicita la dimensión de perturbación de cierto orden de cosas, perturbación contra la cual la psiquiatría da su batalla.

El concepto de enfermedad mental es un artilugio del Estado para mantener a los ciudadanos bajo cuerda. Diagnosticar enfermedad mental autoriza a perseguir a los enfermos en el nombre de la salud. Así como la industria armamentista crea las guerras, la industria farmacológica crea la enfermedad mental.

La no enfermedad mental  

En una sociedad que rechaza hasta la negación la vejez, la enfermedad y la muerte, “enfermo mental” no puede ser otra cosa que un insulto. Cuánta razón tiene quien a la acusación de “enfermo mental” responde: “enfermo mental serás vos”.

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