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viernes, 22 de agosto de 2014

Ercole Lissardi - EL SM Y LA JOVEN NINFÓMANA

Cuando Joe –en Ninfómana de von Trier- luego de años de vivir intensamente su ninfomanía –si es que tal cosa existe- pierde, de pronto, toda capacidad para experimentar placer sexual, decide encarar soluciones
radicales. Está dispuesta a todo por reencontrarse con su sexualidad. Coherentemente –puesto que la ninfomanía (si es que tal cosa existe) es una forma de autodestrucción, de masoquismo- Joe decide entregarse a una experiencia sadomasoquista pura y dura. “Sin password”, como le exige el sádico que se fue a buscar.
1 La sala de espera.  Puertas de cristal esmerilado, paredes grises sin adorno alguno, sillas incómodas, silencio profundo, mujeres esperando cabizbajas que les llegue el turno. Parece la sala de espera de un hospital público y bastante decrépito. Amas de casa, oficinistas, casadas y madres –como Joe-, mujeres sin gracia alguna, apagadas, esperando pacientes para recibir aquello de lo que no pueden prescindir. Azotes, golpes, ataduras, humillaciones. La entrega absoluta a cuanta abyección venga, sin protesta alguna.
2 La primera sesión. Una oficina o consultorio, frío y mínimamente amueblado. Inmovilizar el cuerpo (muñecas, brazos, cintura, piernas, tobillos) para evitar toda reacción. Cuerda de cáñamo, duct-tape, correas con ajustadores. Boca abajo sobre el brazo de un sillón, con las nalgas desnudas para recibir los golpes. El trabajo preciso y paciente de K (mejor podrían haberlo llamado S, de sádico) va quebrando el ánimo de Joe. Solloza. Pero K encuentra insatisfactoria la preparación del cuerpo y decide aplazar unos días la primera sesión. Antes de desatar a Joe le palpa la vagina, constata un poco de humedad.
3 La primera sesión (segunda parte). Esta vez la preparación es satisfactoria. K informa a Joe que le propinará 10 fustazos. Pero antes vuelve a palparla. Esta vez está abundantemente lubricada. Los fustazos, implacables, le dejan las nalgas rojas. Joe se traga el dolor, y agradece al final de la tanda.
4 Otra sesión. K carga con monedas los dedos de un guante de cuero, se lo pone y le da a Joe un puñetazo en la cara. Luego, desnuda, la pone a fabricar el gato de nueve colas con el que le promete azotarla en Navidad.
5 Clímax. Para concurrir a su terapia Joe ha estado dejando solo en el apartamento a su bebé. Una noche el padre regresa de su trabajo nocturno justo a tiempo para salvar al niño de un accidente mortal. Le dice a Joe que si ella vuelve a salir no volverá a verlos. Joe sale de todas maneras. Es Navidad y espera de K lo que le prometió.
Al llegar al consultorio, buscando el peor castigo, deliberadamente viola todas las reglas que K le ha impuesto. K le impone el máximo castigo romano, 40 azotes con el  gato de nueve colas. El resultado es brutal. La piel se rasga y sangra. Pero mientras recibe el castigo Joe descubre que, aprovechando el ritmo de los azotes, si frota su pubis contra los gruesos tomos del directorio telefónico sobre los que está apoyada, puede masturbarse. Llega así, con el último azote, a un feroz orgasmo. Está liberada, ha recuperado su sexualidad.

Y, Colorín Colorado, este cuento se ha terminado. Hay que ser sin duda un gran cineasta para que la audiencia se trague sin protestar semejante historia. Me muero de envidia.


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