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viernes, 28 de noviembre de 2014

Ercole Lissardi - BAJO EL SIGNO DEL FAUNO -

Leído en las Primeras Jornadas de Género y Diversidad Sexual, Universidad de La Plata, Argentina, octubre 2014. 


Por más refractario que uno sea a la genialidad musical creo yo que basta con presenciar, o al menos oír una sola vez el Don Giovanni de Mozart para que quede en la memoria la escena, el aria en que el criado Leporello hace la lista o el catálogo de las conquistas de su amo. Dice así:

En Italia, seiscientos cuarenta / en Alemania doscientos treinta y una. / Cien en Francia, en Turquía noventa y una, / pero en España ya son mil… y tres.

Entre ellas hay campesinas / camareras, burguesitas. / Hay condesas, baronesas / marquesitas y princesas. / Las hay de cada estatus / de cada forma y de cada edad.

En las rubias acostumbra / elogiar la gentileza. / En las morenas la constancia / y en las blancas la dulzura.

En el invierno prefiere a la gordita / y en el verano a la flaquita, / llama a la grande, majestuosa / y delicada a la chiquita.

A las viejas las conquista / por ponerlas en la lista; / su pasión predominante / es la joven principiante.

No le importa que sea rica / que sea fea o que sea bella. / Con que vista una pollera / ¡él bien sabe a lo que va!

Esta celebración de la mitológica sexualidad del Don Juan Tenorio no es un momento insólito en la tradición cultural de Occidente. Don Juan es la reencarnación en la Modernidad del Fauno romano, que a su vez es la reencarnación del Sátiro griego.

Tres de mis novelas toman al Fauno directamente como protagonista –me refiero a Ultimas conversaciones con el fauno, Acerca de la naturaleza de los faunos y La bestia- y mi libro de ensayos La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet –publicado por Paidós el año pasado- no es sino la demostración de la presencia de lo que denomino Paradigma Fáunico a lo largo de la historia de la sexualidad en Occidente, uno de cuyos momentos estelares es el advenimiento del mito de Don Juan, que el Don Giovanni de Mozart lleva a su culminación.

En la Antigüedad Clásica el Fauno representa la capacidad deseante en todo su esplendor, la potencia del deseo sin límite alguno. En el Fauno se hace carne la verdad bíblica según la cual “el viento sopla donde quiere”. Y si más o menos conscientemente lo fui erigiendo en figura emblemática de mi literatura es precisamente por esa “incapacidad” –digamos, entre comillas-, esa incapacidad de su deseo para excluir o discriminar, incapacidad que como vimos heredó uno de sus descendientes más conspicuos, Don Juan Tenorio, Don Giovanni.

Del Fauno podríamos hacer una lista o catálogo similar a la de Don Giovanni. Itifálicos en un régimen 24/7,  para decirlo en la jerga del SM, el Fauno y su ascendiente el Sátiro, según nos informan las fuentes que han sobrevivido al celo inquisitorial, no conocen límites para su  voracidad sexual. Son promiscuos hasta lo orgiástico, y son bisexuales, pero a lo bestia, ignorando el tipo de régimen perfectamente regulado que respeta el ciudadano griego; no le hacen ascos a nadie, imponen sus exigencias a los esclavos y a los señores, a  las esclavas y a las matronas, a los púberes de ambos sexos y también a sus maestros y a sus instructores.

Faunos y sátiros representan en la Antigüedad Clásica no sólo la potencia inagotable del deseo sino, más profundamente, como aprendimos a formularlo en el siglo XX, que el deseo no tiene un objeto predeterminado, o sea que, como dije, el deseo, como el viento, o sea, como el Espíritu Santo, sopla donde quiere. Don Giovanni, es decir, Mozart, a su manera hetero, como diríamos hoy, conocía en carne propia la profundidad de esta verdad.

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La invitación a participar en estas Jornadas, invitación que mucho me honra, me ha llevado a revisar las 26 novelas que llevo escritas en busca de respuesta a esta pregunta: ¿cuál es el lugar de la diversidad sexual en mi obra?

Debo confesar que nunca antes me había planteado esta pregunta. Dirán ustedes que semejante actitud es absurda, especialmente en un escritor que sólo escribe ficción erótica. Es absurda vista desde fuera, pero vista desde este lado del mostrador es, en realidad, una conducta de defensa. En estos tiempos en que los medios empujan a los escritores a la todología, se olvida a menudo que el hábitat natural del ficcionador es la imaginación, y no la reflexión, y que, por consiguiente, todo lo que se parezca a generalizaciones uno trata de evitarlo cuidadosamente. Así pues, a lo largo de dos décadas casi de escritura erótica, la verdad es que  había evitado hacerme preguntas acerca de un tema –la diversidad sexual-que en realidad está en el corazón de lo que hago.

De más está decir que la respuesta a esa pregunta sólo puede ser una que esté en línea con el genio que he designado como tutelar en mi obra. La respuesta a la pregunta de la relación de mi obra con las cuestiones vinculadas al actual debate en torno a la diversidad sexual necesariamente deberá ser coherente con mi adhesión al espíritu fáunico.

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La revisión que he hecho  de mis novelas me muestra que en la mayor parte de ellas la sexualidad se dispara más allá del entorno de la normalidad heterosexual.

Una primera veta –digamos- disidente, muy trabajada, y a la que difícilmente podría calificarse de residual, concierne a la que quizá sea la menos estudiada de las sexualidades “diversas”: la bisexualidad.

Durante décadas el fragor de la batalla de los movimientos gay y homosexuales por sus derechos, dejó en la sombra las peculiaridades propias de la opción bisexual. En tiempos de guerra no hay lugar para los matices, y tanto homosexuales como heterosexuales vieron a la bisexualidad como una simple ausencia de definición, no como una opción sexual en sí misma. La bisexualidad era vista como una sexualidad de tránsito, que tarde o temprano se decantaría sea hacia la heterosexualidad o hacia la homosexualidad. No faltaron activistas homosexuales que acusaron a los bisexuales de hipocresía, es decir: de ser homosexuales que perpetúan una fachada heterosexual para seguir siendo socialmente aceptables.

Hoy en día, en buena medida, la consideración de la bisexualidad está cambiando. El punto de vista bisexual gana en visibilidad y florecen los estudios en perspectiva histórica. En estos tiempos de Internet en que compulsivamente se exhibe la intimidad como espectáculo no es rara ya la confesión pública de bisexualidad.

El argumento de quienes encuentran irresistible la bisexualidad no es fácilmente rebatible: la bisexualidad, dicen, libera, nos saca de un encuadre, de una dicotomía, del ying y del yang, de un encorsetamiento tipo “lo uno o lo otro” entre la heterosexualidad y la homosexualidad. ¿Por qué no tener lo mejor de ambos mundos?

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A la primera variedad de bisexualidad presente en mi obra podríamos llamarla bisexualidad in extremis y la encontramos en sus dos modos: el personal y el colectivo.

----- Ya en mi primera novela, Aurora lunar, el tema aparece. El protagonista y narrador, aun joven, recibe la noticia de que está enfermo y que le quedan pocos meses de vida. Dada su naturaleza intensamente sensual –como la de todos mis personajes, en realidad- decide, secundado por su pareja, entregarse a una serie de experiencias sexuales. Nada extraordinarias, por cierto: sólo las que pueden ocurrírsele a un clase media típico. El tour incluye sexo con un hombre y una pequeña orgía en la que junto a su pareja se entrega a los buenos oficios de un dúo de prostitutos. Nada sabemos de las consecuencias de estas experiencias sexuales con hombres, porque nuestro héroe da cuenta en su diario privado de lo que vive y lo que siente, pero no de lo que piensa, seguramente porque esto le importa menos que aquello, dado lo cerca que está del gran final. Sólo sabemos que las experiencias no le impiden en absoluto retornar a su talante heterosexual, de lo que podemos inferir, quizá, la naturaleza bisexual de su identidad profunda. Este es el modo personal de la bisexualidad in extremis.

-----El modo colectivo, u orgiástico aparece en mi cuarta novela: Evangelio para el fin de los tiempos. La historia del gran meteorito en trayectoria de colisión con la Tierra se ha contado muchas veces. De hecho se ha venido convirtiendo en una especie de mantra que los terrícolas nos repetimos a manera de catarsis. En mi versión un pequeño grupo, formado al azar de la huida masiva para alejarse de las costas, estrecha la intimidad de sus relaciones hasta desembocar en una especie de ritual orgiástico de purificación, estado que vaga y compulsivamente conciben como esencial para merecer la salvación. El final es abierto y no sabemos bien si estamos ante el destape in extremis de identidades sexuales reprimidas o si la inminencia de la catástrofe ha hundido a toda la pandilla en un magma de demencia mística y alucinatoria.

-----El protagonista de mi decimocuarta novela, La bestia, es el Fauno, en persona. En tanto representa la voracidad sexual en estado puro, de él podemos decir sin temor a equivocarnos que la bisexualidad es su estado natural. De manera que en sus peripecias no escasean las generosidades para sus congéneres -todos ellos, en realidad, decadentísimos adoradores del portentoso Príapo. La naturaleza fantástica del relato, así como su ánimo particularmente satírico, impiden, en realidad, una exploración a fondo de la bisexualidad. En última lectura La bestia más que una exploración de la naturaleza íntima de la bisexualidad fáunica, es una especie de exposición carnavalesca de la glotonería sexual.

-----NO, es el nombre de mi siguiente novela. Aunque son dos textos muy diferentes la considero en espejo con La bestia, razón por la cual al conjunto de ambas lo he denominado Díptico fálico. Más que de la épica fisiológica de tipo rabelesiano, como La bestia, NO se reclamaría de la picaresca mozartiana. El protagonista se siente muy atraído por la esposa de un amigo muy cercano. Se niega terminantemente a la única sexualidad que la mujer le consiente: masturbarlo. Pero siempre termina cediendo y aceptando. Por eso cuando en la escena final el amigo se le insinúa y él se niega terminantemente, en realidad debemos sospechar que a él también terminará diciéndole que sí, quizá con la esperanza de que cerrando de esta manera el triángulo conseguirá que la mujer le conceda las anheladas plenitudes. De NO podríamos decir, por consiguiente, que presenta una especie de bisexualidad especulativa o por conveniencia, no por ello menos genuina que cualquier otra.

-----Finalmente, en dos de mis novelas más recientes, El ápice (opus 24) y El acecho (opus 25) el tema retorna. Una vez más, en dos novelas sucesivas, el tema se responde en espejo.

En El ápice el protagonista, artista plástico, vive su bisexualidad sin tensiones ni contradicciones. Tiene una especie de switch mental que le permite estar en una u otra cosa limpiamente, sin padecer de contradicciones. Valora y considera sin egoísmos ni favoritismos a sus dos jóvenes amantes –un chico y una chica-, aunque con cierta distancia, sin involucrarse demasiado. La relación que mantiene con ellos llega a su ápice cuando, un poco por accidente, convergen y  pasan los tres la noche juntos. Ese ápice coincide con el final de la relación ya que de inmediato inicia un largo viaje, y abandona el contacto con ellos. Para nuestro héroe lo más importante es su trabajo, y su vida amorosa –dado el caso, su bisexualidad- no es más que un insumo de experiencia. Se trataría, pues, aquí, de la bisexualidad en tanto insumo para el arte.

-----Opuesta es la situación en El acecho. Su protagonista vive encerrado en sí mismo. Su amante es su imaginación. Su opción es la masturbación –una sexualidad por derecho propio, demasiado a menudo relegada al olvido y omitida en los catálogos de la diversidad sexual. (Hace ya más de cuarenta añitos Julio Cortázar, en El Libro de Manuel, hizo una legitimación en regla de la masturbación en tanto sexualidad diversa).

La imaginería de que se vale nuestro héroe es tanto homo como heterosexual. De hecho todo, cualquier cosa puede ser combustible en la hoguera de su sensualidad. Una mujer con la que se cruza a menudo en la playa, un cuadrito polvoriento en la pared del dormitorio de la casa de balneario que alquila, escenas que recuerda de películas que ama, porque es cinéfilo, o un pasaje de las memorias del Comandante de Auschwitz. Todo lo enciende, todo es fantasma para él, pero nada es capaz de hacerlo pasar a la acción. Gradúa estoicamente sus calenturas y sólo las hace estallar cuando ya no puede más. La suya sería bisexualidad en tanto insumo onanista.

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Como puede verse la bisexualidad, en variadas formas, reaparece una y otra vez en mis novelas.

Se me podrá decir que jugueteo con el tema sin hacer pie en él, que en mi tratamiento falta mostrar de manera realista, simple y sencillamente, qué es esa manera de vivir la sexualidad.

Se puede argumentar, por ejemplo, que ninguno de estos textos serviría para fundamentar una campaña a favor del matrimonio de tres… o de cuatro.

Puedo aceptar el reproche siempre que se me conceda, a cambio, que mi tratamiento del tema es buena literatura.

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Hay otra forma de la diversidad sexual que reaparece continuamente en mi obra, diversidad esta también poco trabajada. Me refiero a la sexualidad entre sujetos de edades netamente diferentes. El tratamiento literario moderno de esta opción lo inició hace ya más de medio siglo la Lolita de Vladimir Nabokov. Demás está decir que mi tratamiento de esta sexualidad interetaria, o intergeneracional, respeta cuidadosamente los límites que impone la ley.

A pesar de que para nuestros abuelos –o bisabuelos, según el caso- aún era práctica corriente elegir vírgenes apenas púberes para casarse, y a pesar de que hoy en día los poderosos y las poderosas de este mundo gustan especialmente exhibir la piel joven que pueden pagarse, en las vidas comunes y corrientes de los ciudadanos de a pie la sexualidad interetaria es mal vista, o repudiada.

No voy a hacer aquí, ni hago en mis novelas, el elogio de la conveniencia o las delicias de la sexualidad interetaria. La diversidad sexual no se defiende argumentando sus bondades sino en tanto derechos. Como la bisexualidad, la sexualidad interetaria asoma en mis novelas porque el universo que proponen mis novelas es un universo en el que la potencia del deseo intenta desplegarse sin límites ni obstáculos más que los inherentes al deseo mismo.

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Es en mi quinta novela, El amante espléndido, que el tema aparece por primera vez. ¡Y de qué manera! La protagonista y narradora tiene sexo con un octogenario porque cree que en la mente del anciano, parasitariamente, vive Dios, en persona, un Dios perseguido que, para huir de los que quieren arrebatarle el secreto de Su Creación, se oculta encarnando en un fulano o en otro, más o menos al azar. Confieso que tengo una debilidad por hacer pasar como razonables argumentos al borde del absurdo. Así empieza esta novelita: ¡imagínense cómo continúa…!

Mi sexta novela Primer amor, último amor, dice todo desde el título: se trata de una historia de amor entre una jovencita y un viudo de más que mediana edad, ciudadano moderado por naturaleza y respetuoso de las leyes de Dios y de los hombres. El fulano encara la relación como quien carga con una mochila entera de culpa, y si avanzan finalmente en el sentido correcto es debido a la opinión inflexible que la jovencita tiene respecto de la opinión de los demás.

Una como ninguna (opus 11) repite el esquema de la jovencita inflexible y el fulano entrado en años y renuente, pero retoma elementos de El amante espléndido, ya que para esta jovencita el fulano es una especie de Dios: se trata de un escritor por todos venerados, una gloria de las letras nacionales, digamos, pero que vive como un ermitaño en medio del campo rumiando las cuentas de la vida que, definitivamente, no le cierran.

En el bestiario que es La bestia también está presente el tema, porque entre los entusiastas de los portentos del Fauno no faltan los ancianos libidinosos, de ambos sexos.

Finalmente, y para no seguir hurgando, un par de novelitas, muy recientes retoman el tema, respondiéndose en espejo. Son El amigo de las mujeres (opus 16) y Los días felices (opus 21).

En la primera un viudo, jubilado, placenteramente entregado al ocaso de su existencia, de pronto viene a descubrir para su total sorpresa que en el fondo de su alma mora, intacta, una intensa veta fáunica. Los éxitos que premian su tardío entusiasmo no le deben poco a las generosidades de todo tipo con que adorna sus conquistas.

Los días felices es el opuesto directo. Aquí es una jovencita, muy jovencita –con los dedos aún manchados de tinta, como diría Arno Schmidt- la que descubre, con no menor sorpresa, que los dueños de sus ardores no son sus compañeritos, sino los gerontes, los señores mayores, casi ancianos. Intrépida, se lanza a seducirlos. El conjunto del asunto, más allá de la amabilidad del tono, tiene algo de vagamente necrofílico –otra sexualidad, por cierto, la necrofilia, poco trabajada… y menos respetada.

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Escribir implica dejar fluir la imaginación. Es decir: intentar que nada restrinja ese fluir. Pero ese fluir nunca es completamente libre. Siempre hay, más o menos consciente, un campo específico en el cual la imaginación de cada uno puede fluir.

En otras palabras: inconscientemente la imaginación incluye y excluye de acuerdo con una especie de
proyecto secreto. Hacer evidente ese proyecto secreto que determina las posibilidades de la imaginación es la clave en la comprensión de una obra. Comprender el proyecto es la llave para interpretar adecuadamente la presencia de tal o cual elemento en una obra.

Lamentablemente en estos tiempos que corren, urbi et orbi el pensamiento crítico en el ámbito de la cultura, por más que se multipliquen las becas de investigación y las publicaciones académicas, está en un nivel muy bajo, y en el campo de la literatura es casi inexistente. Digo lamentablemente porque el análisis crítico es un insumo muy importante en la producción artística. Comprender la propia obra permite relanzarla en nuevas direcciones. Sin este feed-back la obra enlentece su desarrollo. En literatura, hoy en día, uno mismo debe realizar su propio feed-back, uno tiene que ser a la vez el boxeador y el mánager.

Así me sucedió a mí: tuve que detenerme a pensar para comprender cuál era el sentido de mi trabajo, porque si en general la crítica literaria es casi inexistente mucho más lo es en el terreno de la erótica.

De este parate salí con la comprensión de que el Fauno, lejos de ser un elemento accidental o decorativo en mi obra, es nada menos que su genio tutelar. Me lancé pues al estudio de las características de esta figura mitológica y de sus sucesivas reencarnaciones en la cultura de Occidente. Efectivamente ese proceso de comprensión relanzó mi productividad, superlativamente. Y me ha permitido, en particular, comprender la razón de la presencia en mis novelas de vetas persistentes de diversidad sexual, como la bisexualidad y la sexualidad interetaria.

La pregunta por el lugar de la diversidad sexual en mi obra se salda, pues, de la siguiente manera: el lugar de la diversidad sexual en mi obra es y sólo puede ser el que le asigna la adhesión de mi obra al espíritu de la faunidad.

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He querido que mis novelas estuvieran imbuidas del espíritu fáunico. Esa unidimensionalidad de mis personajes -que parece que nada los motivara sino el deseo-, esa aceptación incondicional de mis personajes del llamado del deseo –aunque los fije en un objeto insólito-, estas marcas características de mi literatura, son marcas características del Fauno.

Yo quisiera que la suma de mis novelas diseñara un universo inequívocamente fáunico, en el que la regla fundamental fuera la prioridad absoluta del llamado del Eros, un Venusberg en el que hubieran sido definitivamente removidos todos los obstáculos para la realización de los deseos, o en el que sus habitantes actuaran como si tal remoción hubiera sido efectivamente realizada, un universo en el que los inevitables fracasos del deseo por alcanzar sus fantasmáticos objetos fuera ocasión de fiesta y no de duelo, y no significaran sino la oportunidad de su renovado renacer. Un mundo sin gravedad, en el que el lenguaje del Eros resultara transparente, en el que el deseo no necesitara legitimarse y en el que su agotamiento no fuera sino el renacer de sus cenizas.

Porque la verdadera fuerza, la verdadera energía que pone al hombre por encima de lo efímero, está en el Eros, en el deseo, esa fuerza infinitamente variada y misteriosa en cuyas alas, los que son capaces de entregarse a ella, pueden vivir la ilusión de alcanzar alguna forma de la divinidad, o al menos, alcanzar una visión fugaz de la divinidad posible.

Muchas gracias.

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