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viernes, 12 de diciembre de 2014

Ercole Lissardi - UNA PAREJA DE ESCRITORES -

Leí Una pareja de escritores de Raymond Chandler hace millones de años. Yo era joven e impresionable, y eran los años en los que, en el orbe literario se canonizaba a Chandler, no tanto por las virtudes de su estilo como por el
pesimismo resignado y light que ofrecía como visión del mundo y por la falsa modestia con que se negaba terminantemente a escribir algo que no fuera literatura de género. 

El cuento venía incluido en un volumen de correspondencia selecta, adjunto a una carta dirigida a un tal Carl Brandt –que espero no fuera el  médico de Hitler. La lectura no fue sin consecuencias. Como en aquellos tiempos era cinéfilo con aspiraciones a cineasta, el cuento me pareció perfecto para una adaptación cinematográfica. Debo de haber estado dándole vueltas durante algunos días, aunque –quizá contagiado por la impotencia creativa de Hank y Marion- no escribí una línea. 

Una consecuencia más profunda de esta lectura fue, precisamente, reforzarme en la convicción –herencia deleznable de la Generación del 45- de que el mundo es una mierda y de que todo es imposible. Chandler, el nuevo santón literario universal, coincidía en esto –como dos chanchos revolcándose en el mismo lodazal- con el santón literario local, Onetti. Aplastantes autoridades. A Chandler, por lo demás –en combinación con Ross Macdonald- lo hago responsable de mi convicción de que se puede ser un escritor de talento sin grandes proyectos, transitando sin sobresaltos el modesto sendero de la literatura de género. 

Finalmente, la lectura de Una pareja de escritores –como se ve, una lectura cargadísima de consecuencias- me dejó una especie de filosofía de vida: no es una buena idea para un escritor elegir como compañera a una escritora. ¿Qué necesidad hay de potenciar por contagio mutuo las angustias a que, según Chandler, al menos, conduce la manía de la literatura? Cumplí con este discreto pero firme mandato en mis primeros tres matrimonios. 

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Cuando pienso en nuestro hogar y en la vida que llevamos Ana y yo lo primero que se me ocurre es la expresión: The Factory. La idea de Warhol de un entorno espacio-temporal idóneo para la absoluta y exclusiva concentración en la creatividad, se hace realidad cada día desde las ocho de la mañana y hasta el mediodía en nuestra casa.

Lo cual no deja de sorprenderme, dadas nuestras abundantes disparidades. Por ejemplo: no porque haya embocado los pies en la pantufla correspondiente y haya conseguido llegar a la cocina sin golpearme contra algún mueble puede decirse de mí que estoy despierto. En cambio Ana, normalmente se levanta de la cama arrebatada por un verdadero tsunami de ideas claras y distintas que trata, sin éxito alguno, de comunicarme. Sin embargo coincidimos, milimétricamente, en asuntos que son decisivos. Este es uno: nos es imposible producir sino aislados y sin interrupciones.


Llevado el niño a la Escuela nada viene a interrumpir nuestro rumiar creativo. Dos tormentas cerebrales estallan, una en cada extremo de la casa. Ana se refugia en el altillo, yo me atrinchero en la mesa que he puesto junto a la ventana de nuestro dormitorio. Ella tiene la ventaja del acceso a nuestra gran azotea, en la que, para descansar, puede prestarle un rato de atención a sus plantitas, pero yo tengo a mis espaldas la cama, en la que me tiendo cuando ya me duele la espalda de teclear o cuando el vendaval de ideas o de imágenes me supera y necesito un break hasta que se calmen. 


Nada debe y nada puede interrumpirnos. Y nada nos interrumpe durante esas horas. Sobre todo no nos interrumpimos mutuamente. Con el correr de la mañana llegamos a estar tan sumergidos en nuestros mundos de razonamientos e imaginaciones, que cualquier cosa que violentara nuestras burbujas merecería la más aparatosa de las condenas. Nos cuidamos muy bien de no ser responsables por cualquier fisura y pérdida de presión creativa en los dominios del otro. Hemos aprendido que una mañana perfecta de escritura es el mejor prolegómeno para las actividades vespertinas, normalmente compartidas. 

La clave para la convivencia de dos escritores, hemos comprendido, no está en ningún tipo de afinidad creativa. Me costaría imaginar dos escritores más diferentes que Ana y yo. Ana se embarca en proyectos complejísimos que a menudo le llevan meses o años y que implican deglutir bibliotecas enteras. Yo, en cambio, tecleo o garabateo –y en este caso cambio definitivamente el escritorio por la cama- una novelita en un mes, sin lectura o investigación adicional alguna. La clave para la convivencia de dos escritores está más bien en la coincidencia en cuanto al entorno necesario. 

Durante toda la mañana nada sabemos del otro excepto que, como uno, está absorto en la felicidad de la escritura. A media mañana pasos en la escalera, ruidos en la cocina o la cisterna del baño son indicadores de una escala técnica que no compartimos, por temor a que nos haga perder el hilo la cháchara inevitable, que a menudo comienza con la pregunta inevitable: ¿tenés alguna idea de qué vamos a almorzar hoy? 

Me siento orgulloso y feliz de la Factory que hemos sabido instalar en nuestra casa, en nuestras vidas. La productividad está a la vista, no se cierra año sin libros nuevos. Y el resto de nuestras lucubraciones engrosan semanalmente el blog, que también compartimos. Al anochecer, escuchando música y bebiendo un trago, compartimos las experiencias del día de escritura. Ana me cuenta en cuántas direcciones nuevas la ha disparado su proyecto, yo le cuento como cuánto de extraño me parece lo que estoy escribiendo –discurso que reelaboro incesantemente, porque todo lo que escribo me parece extraño. O discutimos las peripecias que les han tocado a nuestros productos una vez que han comenzado a circular –peripecias siempre peores, naturalmente, que lo que esperábamos. 

Muchos años me llevó zafar del pesimismo existencial que mamé del medio cultural en el que nací. Muchos años me llevó comprender de qué manera, literariamente hablando, podía encauzar la intensidad de la pulsión erótica que siempre me ha dominado. Muchos años más me llevó dar con aquella con la cual construir un espacio y un tiempo que fueran un santuario en el que compartir el bien supremo de la beatitud creativa. No me muevan nada. Así como está, todo está perfecto.

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