Buscar este blog

viernes, 16 de enero de 2015

Ana Grynbaum - Calidad bajo sospecha –

Yo también quería escribir mi novela policial. También yo supe consumir carradas de policiales cada verano al comienzo de las vacaciones. Además, aunque no sea una escritora “de género”, es fácil reconocer la estética del
policial en algunos aspectos de mis narraciones, especialmente en la tensión y la velocidad. Así nació Calidad bajo sospecha (2008).

La idea inicial fue investigar la desaparición de una persona, pero este tema pasó a segundo plano en el desarrollo de la historia y tuve que retomarlo años después –Desaparecido es uno de los relatos publicados bajo el título Un escritor acabado (2013)-.

En Calidad bajo sospecha la peripecia que Yenny cuenta recorre la ciudad de Montevideo como si quisiera desesperadamente consumirla… Y aparecen muchos de los problemas que el consumidor debe enfrentar en nuestra era de la obsolescencia programada, agravados en esta zona subdesarrollada del planeta. A tal punto que la vida en sí puede llegar a convertirse en una droga de consumo problemático.

Los avatares de la pareja despareja de Yenny y Max, y sus varios terceros, ocupan el primer plano de la narración hasta convertirla, esencialmente, en la historia de esas relaciones humanas; demasiado humanas y –tal vez- demasiado montevideanas también.

De todos modos, el libro tiene la estructura de un policial, investiga una situación criminal y llega a resolver su enigma. Por lo que puedo afirmar, orgullosamente, que Calidad bajo sospecha es mi novela policial. La única o la primera…

Aquí les dejo un fragmento:


Mi vida con Max era lo más parecido a la felicidad que he conocido. Que volviera a su rutina me parecía un buen augurio. De repente descubrió que estaba despierta. 
- Pica. 
- Hola. 
- Así que haciéndote la dormida. 
- Es una vieja costumbre. 
- Ah, ¿sí? 
- Sí, pero no la ponía en práctica desde la infancia. 
- ¿Me acompañás a comprar championes? 
- Dale. 
Me levanté y duché rápidamente. Tomé un poco de yogur y subimos hasta Dieciocho. Max se veía sumamente relajado y abierto. Con mi asesoramiento se compró un par de championes bien aparatosos y bastante caros. Casualmente eran de una de las marcas que traen nuestros vecinos –la empresa cuyo depósito queda al lado de casa. Max salió de la zapatería con los championes puestos. Le quedaban graciosos esos zapatones de un modelo inflado, negros y con el logo tradicional tan prestigioso. Un poco más arriba de aquel portento, bajo las bermudas, las canillas flacas de Max volvían aún más imponente al calzado. 
- Ahora vas a tener que salir a correr, por lo menos. 
- Sí, estoy pensando en empezar a hacer ejercicio. 
Cada tanto Max pensaba en empezar a hacer ejercicio, tan frecuentemente como yo pienso en dedicarme a alguna actividad productiva. Lamentablemente el momento de entrar en acción nunca llega –ni para él ni para mí. Max es como un chiquilín para algunas cosas. Estaba copado con sus championes nuevos. No se los sacó ni para acostarse a dormir la siesta. Cosa que no pudo hacer porque agarré viento en la camiseta y me le tiré encima. Le abrí el pantalón y arremetí contra él haciendo uso de mis artimañas más violentas. No se resistió en absoluto. Tampoco se sacó los championes para realizar el coito. Quedó desnudo pero calzado. Me divertía mucho verlo así. Y tuvimos un buen momento de sexo –cosa no habitual. El influjo de los championes... jua, jua. Desde nuestra cama se ve el cielo. Apenas hubimos terminado de hacer el amor se oscureció de golpe y cayó una fuerte lluvia que amenazaba con durar bastante rato. Max propuso hacer tortas fritas. Como ninguno de los dos tenía idea de cómo hacerlas tomé el teléfono y llamé a mi abuela. Desafortunadamente atendió mamá y me reprochó larvadamente, como es su estilo, que estuviese desaparecida. Me preguntó qué pensaba hacer para mi cumpleaños, que se acercaba–le dije que lo ignoraba- y finalmente condescendió a pasarme con abuela. Por supuesto que abuela aprovechó la oportunidad para reprocharme lo mismo que mamá pero de forma mucho menos larvada –los años le confieren la autoridad necesaria para atacar directamente y sin temor a represalias. Bueno, al final obtuve la receta y salimos, sin paraguas –queríamos mojarnos con la lluvia cálida- a comprar los ingredientes necesarios. La lluvia entraba por los cinco sentidos, olía a lluvia también. Era una tarde perfecta para hacer tortas fritas. En la vuelta de los mandados respiramos el aroma de la grasa frita saliendo de varias casas. Yo no alcanzo a descubrir si las tortas fritas verdaderamente me gustan o me hunden en el asco más espantoso y por eso me atraen. Me parece que al resto de la gente le tiene que pasar lo mismo. Nos pasamos el resto de la tarde amasando. Quedaron bastante bien, sobre todo tomando en cuenta que era la primera vez que las hacíamos y que no somos lo que se dice cocineros, ni mucho menos. Lo que no sé por qué salió una cantidad enorme. Y las freímos todas, cada una de ellas. Cuando terminamos de freír ya estaba oscuro –es cierto que el tiempo no ayudaba, porque el cielo estaba cubierto y cargado. Llovía menos que más temprano, pero seguía goteando. Entonces empezamos a comer las tortas fritas, como quien dice de cena. Yo creo que el olor a grasa frita en casa duró unos tres días. La humedad y la falta de ventilación –a menudo olvidamos ventilar el apartamento-  colaboraron para que las amigas grasientas siguiesen presentes más allá de su desaparición física. En invierno los olores fuertes pueden llegar a quedar mucho tiempo acá dentro –como ha sucedido con los guisos que cocinaron en casa amigos nuestros en varias ocasiones. Esta vez, como otras veces también, la fragancia de la grasa se abrazó al bouquet de la marihuana. Yo había llamado a Yonatan. Por suerte lo encontré, tenía faso y encaró venir a traerme el pedido que le hice a pesar de la lluvia. (Max había regalado lo que pegamos días atrás a un amigo que estaba pasando por un momento difícil.) Supongo que al Yoni lo movían segundas intenciones, porque hemos curtido en más de una oportunidad – curtido cama se entiende. Más allá de la presencia de Max yo no quería nada con él –a pesar de que el Yoni es un crack para la chanchadita, como le dice. Alguien me dijo que tiene una enfermedad de transmisión sexual. Capaz que es mentira, pero no he querido saber más ni arriesgarme. Por otra parte es una lástima. Bueno, lo cierto es que vino y trajo un yuyo riquísimo. Se comió unas tortas para no despreciar pero con cara de asco, diciendo que somos horribles como cocineros y que habían quedado todas apelmazadas y chorreando grasa descabelladamente. Tenía razón. Igual al cabo de un par de porros nos bajamos la fuente entre los tres. Después de comerse la última torta frita el Yoni se fue. No tenía pinta de enfermo, pero yo que sé. Apenas quedamos solos Max y yo nos dormimos al toque. El domingo Max iba a visitar a sus padres. Se me dio por acompañarlo, a pesar de que sus progenitores no me caen demasiado bien, ni yo a ellos. Detesto las familias en general, algunas me desagradan más que otras –en especial las más cercanas a mí. Madame Rosa –como llamo a la madre de Max cuando hablo con mis amigas- había cocinado añolotis. Ella sí que sabe cocinar. Y además la comida le queda siempre igual. Los añolotis, por ejemplo, tienen el mismo sabor cada vez que los hace, exactamente igual de exquisitos. Madame Rosa es una señora robótica. Digna madre de un genio. Lástima que el segundo hijo no le saliera tan perfecto, pero ese es otro tema. Lo que más me molesta de comer en su casa es que temo permanentemente cometer alguna falta de educación, particularmente en la mesa. La señora es de esas personas que se limpian los labios con la puntita de la servilleta dando un par de levísimos toques. Mira a los demás por encima del hombro, etc. Trato de no mirarla a los ojos para no verme en su expresión de cortés desprecio. Cuando no tengo más remedio que visitar su casa me la paso mirando hacia abajo, es agotador. Así fue como descubrí que los flamantes championes de Max se estaban rajando. ¡Rajándose! Increíble. Fue un momento atroz. No sabía si señalarle los pies a Max -quien seguramente no se había dado cuenta de nada- delante de la madre o no. Estaban presentes también el padre y el hermano, pero ellos no me inquietan. Si yo no decía nada, y ella notaba aquello sola, era capaz de llamarle la atención a Max y en ese caso yo sentiría una ridícula vergüenza ajena, como si fuese yo la rotosa. Porque de seguro consideraría el mal estado del calzado de su hijo como un signo de decadencia vinculado a la unión conmigo. Si yo no decía nada y dejaba pasar la cosa –siempre partiendo de la base que ella había visto cómo estaban los championes- después de irnos, con certeza se pondría a lamentar que su hijito, pobrecito, anduviese con una atorranta y con los championes rotos, para peor. De suceder así por lo menos yo no estaría allí para fumarme la escena, y difícilmente me enterase a posteriori. Ella no cuestiona jamás a su adorado bebé de casi treinta años de manera frontal. Tampoco es una mujer que carezca de estilo como para hacerme llegar un mensaje brujeril por vía indirecta. Pero yo solita me podía figurar perfectamente las cosas que debía decir de mí a mis espaldas. Si yo hacía mención al estado de los championes a lo mejor le evitaba a ella el descubrimiento y podía aclarar a tiempo que se trataba de una falla en la que ni Max ni yo teníamos responsabilidad. Además tendría oportunidad de mostrar mi afectación y preocupación por la prolijidad tanto en la indumentaria de Max como en la mía propia –cualidad ésta indispensable en una buena chica. Eso sí, me perdía la oportunidad de callarme la boca, que era lo más recomendable en caso de que nadie hubiese reparado en las rajaduras. Y eso era una posibilidad real. La mejor de todas. Sí, verdaderamente las visitas a la casa de sus padres me quemaban la cabeza, como puede verse en las líneas anteriores. Además habíamos fumado antes de salir y estaba re – loca. Creo que el hermano se dio cuenta de nuestro estado. Nos miraba una y otra vez con atención –él que es medio incapaz de concentrarse en nada: le han diagnosticado déficit atencional y lo han tenido a ritalina y antidepresivos desde los cinco años – ahora tiene como veinte. Quizá se lo fuera a comentar a la madre, es su alcahuete y envidia al hermano genial. Yo no quería, bajo ningún concepto, causarle problemas a Max. Él adoraba a su madre. En fin. Me callé la boca. Y todo salió bien. El bochorno me duró todo el rato de la visita, pero por suerte a media tarde estábamos saliendo del pulcro apartamento pocitense. Como el día seguía feo y caían chaparrones a cada rato no habíamos llevado la moto.  Justo cuando salimos no llovía. Teníamos la panza recontra llena de pasta. Mal que me pese debo reconocer que la que no es mi suegra cocina más que bien. Fuimos hasta casa caminando, rodando mejor dicho. En el camino le señalé a Max sus championes. Efectivamente él no era consciente de lo que estaba sucediendo allá en la planta baja. Entre sus ojos y el suelo hay una gran distancia. Nos detuvimos y Max apoyó los pies en un murito a fin de observarlos. Especialmente uno de ellos tenía ya a esa altura una profunda grieta. 
- ¡Qué raro! Nunca se me había roto un champión de marca de esta forma y a esta velocidad.  
- Es evidente que hubo una falla, extraña sin duda. 
- ¿Me los cambiarán si los llevo a la zapatería? 
- Tienen que cambiártelos, pero vamos mañana lunes, antes de que pasen más días. 
El lunes de mañana, mientras yo dormía, fue Max a la zapatería con los aparatos averiados. Le pidieron disculpas y le ofrecieron cambiárselos sin chistar. Entraba al apartamento con su nuevo par de zapatones en una bolsa cuando yo salía del baño. Eran idénticos a los anteriores. Se los puso y se fue a trabajar. Yo me puse a fumar en espera de que saliese el sol, pues estaba nublado. Miré un programa en la tele acerca de la caza de leones marinos. Encontré que tienen una vida muy divertida, sobre todo para mirarlos por televisión. Después vino otro programa acerca de la fauna en la Antártida. Por suerte cuando éste terminaba apareció Max. 
- ¿Qué vamos a comer? 
- Ensalada de frankfurters y queso. 
Procedí a elaborar el complejo almuerzo, que fue lo primero que me vino a la mente a partir de la pregunta de Max –y lo único comestible que había en casa. Después de comer Max se fue a encontrar con la madre: la acompañaba al médico –ignoro por qué, pero siempre la acompaña cuando tiene que ir al médico. Incluso si va simplemente por su chequeo general anual, como en esa oportunidad. Por otra parte no es de verla muy seguido. Pensé que tal vez la soledad me ayudase a concentrarme en la tarea que tenía para la próxima reunión del taller: esquematizar, utilizando en ningún caso más de una página, el eje diegético de una novela que nos interese. Sí, así nomás. Hace tiempo que no leo una novela. Años atrás leía mucho. Por entonces trataba de darme una pátina de lustre cultural. Ahora en casa no hay ni un sólo libro. Pasé tres horas fumando y recordando novelas. También podían ser novelas cortas o relatos, cosa que facilitaba la tarea. Un minuto antes que Max abriese la puerta me decidí por una, no porque me resultase muy interesante sino que la recordaba bastante bien. Me puse a hacer un resumen, más o menos completo, de las cosas que pasaban. Lo que no recordaba lo inventé. Creo que me quedó bien. Espero que sea eso lo que quiere mi tallerista, y rezo porque después no nos haga reescribir la historia mejorándola, por ejemplo. De todos modos no creo que él haya leído esa obra tan intrascendente que escogí para trabajar, así que estoy a salvo. Max había vuelto a casa, volvió a salir luego y regresó otra vez, finalmente se acostó. Cuando terminé el deber estaba dormido hacía rato. Escribiendo perdí la noción del tiempo. Me había pasado la tarde y la noche fumando un cigarrillo tras otro -amén del porro y el mate- mientras pensaba y escribía. Estuvo divertido, vertiginoso... Fue como tener un parque rodó todo para mí. Esa experiencia de escritura es como un antecedente de ésta, ahora, aunque sean bien distintas. Aquella noche estaba lanzada velozmente en la escritura por puro placer, so pretexto de no querer despedirme de la vigilia si antes no tenía la labor terminada. Hacía mucho calor, avanzada la noche le entré a la cerveza. No sé cuánto tomé. Terminé mareada. Me arrastré hasta la cama, pero me acosté con la conciencia satisfecha: mi trabajo estaba hecho. El martes dormí hasta las dos de la tarde. Cuando desperté me sentí rara, me venía levantando bastante temprano –demasiado temprano para alguien que no tiene prácticamente nada que hacer. Me dolía la cabeza por la resaca de tabaco y no tenía ganas de nada: ya había hecho todo lo que tenía que hacer. Aunque no vayan a creer que estaba mal, al contrario, me sentía rebosante de autocomplacencia. Max no estaba. Fui hasta el bar de acá a la vuelta y pedí sandwiches calientes con mozzarella. Los acompañé del refresco marrón efervescente. Tenía la vaga esperanza de encontrarme con Max en el bar, ambos caemos seguido por ahí. Pero no. Agregué dos aspirinas a la dieta. Volví a casa y dormí una siestita de recuperación. Después me levanté. Di una vuelta por la rambla, pero Max tampoco estaba allí, oh misterio. Retorné al hogar. Me senté sobre la alfombra. Releí mi esquema para el taller. Me resultaba imposible establecer cuánto se acercaba el esquema al texto original, pero me la jugué a que mi literato no lo conociese -y acerté. Pese a su gran cultura no conocía la novelita que yo había elegido, puesto que él no pierde tiempo leyendo ese tipo de literatura menor. Ajusté en un par de puntos el esqueleto que había elaborado. Quedé totalmente satisfecha, epifánica. He asistido a varios talleres de índole muy diversa a lo largo de mi cuarto de siglo de vida. Éste lo empecé porque una vez leí una novela del escritor que lo dirige. La novela me quedó grabada en la memoria por la fuerza de sus imágenes. Leerla era como mirar una película, no daba trabajo. Cuando vi el anuncio publicitario en el suplemento cultural reconocí al autor y sentí que me haría bien meterme en su taller literario. Porque los talleres los hago principalmente para sentirme bien. Por supuesto que también me importa aprender cosas, desarrollar mis potencialidades o generarlas. El año pasado asistí a un taller de percusión, fui hasta resignarme ante la evidencia de que no tengo oído. Para el teatro andaba bien, pero no me gusta estudiar papeles de memoria y me embola ensayar todos los días. Quedó poco margen de maniobra. No me quemé. A mí me gusta todo tipo de cosas, y soy lo bastante inteligente como para lograr buenos desempeños en campos muy diversos. Sólo que no me apasiono de verdad por nada. Un verano se me antojó hacer algo totalmente diferente a cuanto había hecho en mi vida, algo re – loco. Me anoté en la parroquia de la zona para hacer un curso de modelado de animalitos en miga de pan coloreada. Dudé entre ese taller y el de tarjetas españolas. Pero me quedé con los bichitos. A la semana ya no lo soporté, no me agradó el ambiente, eran casi todas mujeres mayores y muy aburridas. Después me puse a tomar clases de flamenco. Pero eso lo hice porque quería seducir al profesor del instituto que quedaba cerca de donde yo vivía con mi familia. Después el profe me dejó de interesar y me copé con el baile. Me excitaba mucho moverme mientras sentía la transpiración chorrear por mi cuerpo. También durante algunos períodos he concurrido a la Cinemateca. En el cine es más fácil encontrar novios ocasionales que en los talleres, donde la población suele ser mayoritariamente femenina. Pero me fui de tema. Perdón. Lo cierto es que no sé qué fue de Max por el resto de ese día, no recuerdo si después me enteré. Recién al día siguiente me encontré con él. Me despertó el ruido de sus championes, estaba preparando café. Me levanté y desayunamos juntos. De repente vi que uno de sus championes estaba empezando a romperse igualito que los anteriores, resquebrajándose como si fuera de cartón. Le pedí a Max que me mostrara el otro pie. Lo mismo, un poco menos pronunciado. Zapatos que se rajan a la primera de cambios. Yo nunca había visto una cosa así. Volvimos a la zapatería. Nuevamente qué extraño, mil disculpas, nunca nos había pasado; ¿por qué no lleva otro modelo u otra marca por las dudas? Por las dudas llevamos otra marca. También era una de las que representa la empresa vecina –es que importan y venden unas cuántas marcas importantes de artículos deportivos. Estos championes eran blancos, pero tan aparatosos y pomposos como los negros. Parecían invencibles. Max salió con ellos puestos. De camino al apartamento hicimos compras. Me pintaron ganas de hacer ensalada de escarola y aceitunas con huevo y sardina. Después una siestita y me fui al taller. Nuestro maestro nos dio una lista de libros que hay que leer. Max me acompañó a comprarlos. A la mayoría los tuvimos que encargar por internet. Pasaron unos cuantos días pegajosos en los que me dediqué tanto a leer que ya ni pensaba en coger. No recuerdo en qué andaba Max por ese tiempo, puesto que yo pasaba metida en casa leyendo, fumando y haciéndome la paja –para decir toda la verdad. En noviembre cumplo años. Había decidido celebrarlo con una pequeña reunión en el apartamento, con los amigos. Como era sábado acepté ir a comer con mi familia a mediodía. Max fue conmigo. De repente me encontré con la sonrisita burlona de Natalia, mi hermanita –una de las cosas más odiosas del mundo para mí. La yegua había tomado nota de algo en Max que le daba materia para mofarse de él –y de mí indirecta y eficazmente. Mamá y Natalia suelen hacer sobremesa en las reuniones familiares, comentando y criticando lo dicho y lo hecho por los que se van primero. Y yo soy de irme apenas termina la comida. Rodri, el imbécil novio de Nati desde hace siete años las acompaña gesticulando afirmativamente con la cabeza digan lo que digan. Mi padre no se mete, es de esos tipos que prefieren no hablar. Abuela no les sigue la corriente, incluso suele decirles que Máximo es un buen muchacho, lo sé. Nadie entiende bien por qué dice eso, puesto que el problema para ellas no es Max sino yo, pero cuando ella les sale al cruce cambian de tema. Mi abuela manda, con firmeza y serenidad. Mis padres saben arreglar los festejos de forma pragmática. Habían pedido sandwiches y compraron refrescos para acompañarlos. Nos fuimos temprano, supuestamente porque quería dormir una siesta antes que llegaran mis amigos. La verdad es que no los aguanto mucho rato. Supongo que es mutuo, nadie protestó cuando me levanté y comencé a despedirme; cierto es que mis visitas suelen ser breves. Mamá repitió varias veces cuánto se alegraba de verme tan bien. No sé por qué ese cumplido me sonaba a flagrante eufemismo. Ya estaba a punto de salir cuando me di media vuelta y tras el: me alegro tanto de verte tan bien le encajé: ¿estás usando lentes de contacto nuevos? Lo peor es que no se inmutó. Sabe reír con urbanidad ante las palabras destinadas a herirla, las convierte en chistes, las minimiza. Ya estaba en la vereda cuando me alcanzó la estridente voz mandona de mi querida hermanita. Me ordenaba detenerme, venía corriendo hacia mí con un paquete en la mano. Era mi regalo de cumpleaños. Me lo habían entregado no bien hube llegado, pero por algún inexplicable motivo no lo abrí. Es más, lo dejé “olvidado” en un rincón. Tal vez algo me advertía que no debía desenvolver aquello, que se trataba de una celada, una caja de Pandora cuyos payasos macabros caerían sobre mí al saltar la tapa.
- Son championes, te van a venir bien, no te los dejes. 
La moto estaba en el taller, así que entramos a caminar sin explicitar si volveríamos caminando o cómo, pero rumbeando hacia nuestro hogar. Maquinalmente miré hacia los pies de Max: sus championes estaban descosido por los costados. Eso era lo que había estado mirando mi hermana con expresión viperina. Me cayó la ficha. Los zapatos se habían descosido y daban la impresión de calzado de linyera. Por supuesto que Max nuevamente no se había dado cuenta de nada. Él no es de andar mirando dónde pisa. No hizo un solo comentario cuando le hice ver la falla. Caminamos un poco más y de golpe paró un amarillo y negro que pasaba por ahí. Max no abrió la boca en el resto del camino a casa. Apenas abrimos la puerta del apartamento me imploró que abriera la caja. Había allí un par de championes rosados número treinta y siete. También pertenecían a una de la marcas de al lado de casa. No dudé que los había elegido la yegua de Natalia -más tarde tuve ocasión de corroborarlo, como verán. Me quedaron perfectos. Dudé si usarlos o no por el color de nenita, pero Max me pidió que lo hiciese. Max quería seguir la evolución de estos championes. Estaba tan ansioso que parecía como si le fuese la vida en ello. Así que anduve durante dos semanas o más para arriba y para abajo calzada en rosa para darle a los zapatos la oportunidad de demostrar su calidad. Los pies me transpiraban porque hacía demasiado calor para andar con zapato cerrado, pero resultaba tan importante para Max que lo hiciera: cuando no los tenía puestos me pedía que me los volviese a poner. Pasaba casi todo el tiempo pegado a mí, atento a mis pies como nunca lo había estado respecto de ningún otra parte de mi cuerpo. Transcurrían los días y nada de lo que esperábamos pasó. Los championes seguían en perfecto estado. A pesar de la tortura que me significaba andar con unos zapatos calurosos y demasiado deportivos para poder combinar con los vestiditos que gusto llevar en verano, por añadidura de un color que no uso desde los cinco años, aquellos días tuvieron vastas recompensas para mí. Con Max hicimos de todo, fue súper divertido. Escalamos las canteras del Parque Rodó, caminamos kilómetros por la ciudad, bolicheamos por acá y por allá, hasta fuimos a bailar –claro que Max permaneció parado cerca de mí mientras yo bailaba, puesto que él no baila. Dado que en ese tiempo hicimos el amor con bastante frecuencia llegué a pensar que mis championes nuevos lo excitaban y de ahí el pedido. Creo que estaba fumando demasiada marihuana. Aunque quizá mi idea no estaba errada del todo. Aquellos días fueron cansadores también. El pobre Max llevaba sus championes cada vez más rotos al tiempo que los míos resistían incólumes. Al cabo de un par de semanas Max empezó a estar nuevamente preocupado y reconcentrado en sus pensamientos. Nuevamente lejos. A mediados de diciembre le anuncié muy decidida que no iba a ponerme más aquellas panteras rosa. Me contestó que no me preocupara porque ya no necesitaba que las usara y me agradeció la amabilidad que había tenido en calzarlas especialmente para él durante tantos calurosos días. La cuestión de los championes no quedó por ahí, lejos de eso. Una mañana de la segunda quincena de diciembre, apenas despertada, me dijo: 
- Es preciso que averigües con tu familia dónde y cuándo compraron tus championes rosados. 
- Si no hay más remedio. 
- Necesitaría que los llamaras por teléfono. 
- Cuando hable con ellos les pregunto. 
- ¿Podrías ser tan amable de telefonear ahora, por ejemplo? 
Max es un tipo que no me exige prácticamente nada. Me vi moralmente obligada a satisfacer su pedido, aunque no tuviese ningún deseo de hablar con mi familia y no entendiese la urgencia de mi amigo. Max estaba completamente pendiente de la conversación que yo iba a tener. Recuerdo que me llevó tres cuartos de hora lograr comunicarme con mamá. Atendía la abuela y colgaba porque no oía, dejaba mal colgado el teléfono. Y Max ahí frente a mí como un buda delgado. Por suerte finalmente atendieron, si pasaban cinco minutos más así Max había decidido llevarme hasta la casa de ellos para una entrevista personal. ¡Válgame Dios! Al final atendió Natalia.  
- ¿Qué te pasa? ¿Te quedaron grandes o no te gusta el color? Mirá que la idea fue mía. Yo fui a elegirlos con mamá y la abuela. Salieron una punta de guita. 
- Sí Natalia. Sucede que a Max le han gustado tanto que me quiere regalar otro par. 
- Ah. Sugerile que él también se compre unos, no lleva sus championes en muy buen estado... 
- Agradezco profundamente tu preocupación. ¿Podrías decirme de una vez a dónde tenemos que dirigirnos?
Me pasó la dirección de un comercio en el corazón de Carrasco. Habían ido a comprarlos el día anterior a mi cumpleaños. Apenas corté salimos en la moto hacia el lugar indicado. Estaba muy lindo el día, el paseo me hizo sentir sencillamente feliz. Atravesar el aire azul de Carrasco me puso contenta. Es una zona de la ciudad a la cual nunca vamos, no tenemos nada que hacer ahí. Ni Max ni yo conocemos las calles, dimos vueltas y más vueltas, yo iba deliciosamente ausente en el asiento de atrás de la moto. Después de un largo rodeo llegamos a destino. Entramos en el coqueto local donde mi hermanita, mamá y la abuela estuvieron para comprar mi obsequio de cumpleaños. El modelito de calzado en su tono rosa apareció en seguida, mostrándose elegante en su tarimita acrílica. Max preguntó el precio de un montón de cosas, manoseó unos cuantos pares de championes, los estrujó, los olió, recogió datos acerca de su procedencia, se puso a leer la letra chica en las etiquetas y la información de las cajas. Iba de acá para allá como un implacable inspector. La empleadita que nos atendió llegó a bostezar al tiempo que mascaba su chicle con olor a banana. Folclórico. En determinado momento mi amigo colgó los botines. Tengo un excelente oído- a menudo me trae problemas- mientras salíamos escuché al turrón de la vendedora comentar a nuestras espaldas: ya sabía yo, siempre es igual, el que pregunta mucho no compra nada. Si hubiese estado con algún otro amigo más atrevido lo hubiese hecho volver atrás para obligarla a desdecirse. Dos por tres hago ese tipo de cosas, sólo para ejercer mi poder, pero en esta ocasión no abrí la boca. Después de la visita al local de artículos deportivos fuimos a tomar helado a la tradicional heladería de la zona. Luego nos sentamos un rato en la rambla a tomar el sol. 
- Y bien Max, ¿qué pasa con los championes? 
- Evidentemente la mercadería que venden aquí no es la misma que la de la zapatería del centro. 
- Aquella zapatería es parte de una cadena de comercios que apunta a un público popular, digamos. 
- Sí pero la marca se supone que es la misma. 
- ¿Se trata de mercadería adulterada? 
- Positivo, las diferencias en el producto son pequeñas, pero observables. 
- ¿Los precios son diferentes también? 
- Sí, pero para ser truchos los championes que venden en la zapatería del centro son demasiado caros. No pueden cobrar mil pesos por un calzado que se autodestruye en tan poco tiempo. 
- Bueno, así suceden las cosas. El capitalismo... 
- Todo el capitalismo que quieras, esto es joda. Una descomunal joda. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario