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jueves, 5 de marzo de 2015

Ercole Lissardi - LA RUTA DEL CÓNSUL -

Uno de los varios objetivos de nuestras largas vacaciones en México era recorrer, en peregrinaje, la Ruta del Cónsul –o sea el errático itinerario que Geoffrey Firmin, excónsul británico en Cuernavaca, recorre en el aciago día
que finaliza con su muerte, y con su cadáver lanzado al fondo de un barranco al pie del Popocatépetl. No hicimos preparativo alguno para lograr ese objetivo. Nos parecía obvio que sería fácil dar con la ruta, que en realidad nos veríamos como unos tontos turistas siguiendo un camino hiperseñalizado, recién restaurado y adornado con chirimbolos pintorescos para darle más color local. Sería cuestión de pasar, por supuesto, por una taquilla y todo sería tal y como lo habíamos imaginado. ¿Acaso Huston al filmar la novela no había localizado las auténticas estaciones del Via Crucis del Cónsul?

Así pues, hartos ya del smog, de los embotellamientos y de los infinitos museos de la capital, encaramos, con renovado entusiasmo, el trayecto DF-Cuernavaca, 80 quilómetros de excelente autopista, que trepa el cerco de montañas para salir del hoyo del DF y luego desciende plácidamente hacia el valle de Cuernavaca. Tempranito nos apersonamos en la Terminal Tasqueña de autobuses, cargando en un par de mochilas lo necesario para dos días de estadía. Sorpresa: en Tasqueña (pero también después en la TAPO, cuando viajamos a Puebla) para abordar el autobús las medidas de seguridad son similares a las de los aeropuertos. Como no hay scanners para el equipaje hay que abrir los bolsos. Completamente. Y luego viene el detector de metales, en los bolsos y en el cuerpo. Y finalmente el cacheo. Cuando ya el autobús está pronto para partir… ¡sube un funcionario de seguridad con una pequeña cámara y toma imágenes de cada uno de los pasajeros! Por si después hay que reconocer los cuerpos  o identificar al autor del atentado, calculo… Ya a punto de ingresar en la autopista, el autobús se detiene y sube un último pasajero, que ocupa el único asiento que quedaba libre. Es un funcionario de seguridad que nos acompañará en el trayecto y que lleva en un pequeño bolso de mano su instrumento de trabajo.

Así están las cosas en México. En el DF aparentemente no hay inseguridad, nadie previene ni siquiera contra raterillos o arrebatadores: las zonas que conocimos estaban saturadas de policías. Pero el DF es como una burbuja, un mundo aparte. Al salir de la capital evidentemente cualquier cosa puede pasar. Y en los autobuses el modus operandi es como sigue: un sujeto armado obliga al chofer a detenerse en el punto en que sus cómplices esperan. Y a saber en qué desemboca la situación que se genere. Este México plagado de bandoleros y asesinos estaba perfectamente a tono con el que presenta la gran novela de Lowry, de la cual nada menos que José Revueltas acostumbraba decir, provocador: “Es la gran novela mexicana”.

Habíamos reservado habitaciones ¡inevitablemente! en un hotel llamado “Bajo el volcán”. Sólo haber encontrado que existía un hotel con semejante nombre había reforzado nuestra convicción de que la Ruta del Cónsul nos esperaba, ancha y abierta. Y cuando supimos que la dirección del hotel era Humboldt 19 no tuvimos dudas de que con sólo realizar el check-in estábamos pisando la Ruta… ¡porque la dirección de Lowry en Cuernavaca –atestiguada por la correspondencia de Aiken, que estuvo allí- era Humboldt 62! En la novela Lowry cambió el nombre de la calle Humboldt por Nicaragua. Las enormes letras broncíneas pesaban sobre la fachada rosada del hotel como si fuera uno a ingresar al mausoleo dedicado al Borracho Sublime. A un lado de las letras, en tamaño más modesto, un óvalo esmaltado afirmaba, desafiante, que ahí había vivido Malcolm Lowry. El empleado de turno en la recepción se mostró sorprendido  ante la pregunta por el nombre del hotel, y aseguró que no tenía idea de a qué pudiera referirse. El del siguiente turno nos explicó que el novelista inglés autor de la novela con ese nombre había vivido en el hotel. No sabíamos si Lowry efectivamente había vivido en algún momento en Humboldt 19, pero nos constaba –por la poca información que habíamos encontrado en la red sobre la Ruta- que Lowry se había inspirado en la construcción existente en los años treinta en Humboldt 19 para referirse a la bizarra casa que habitaba el Dr. Laruelle. Los bungalows al fondo del gran patio del hotel, en uno de los cuales fuimos alojados, se veían suficientemente viejos y bizarros como para haber inspirado a Lowry 80 años antes.



Dejamos las mochilas y salimos de inmediato a la calle en busca de Humboldt 62, el hogar del Genio en Cuernavaca, que según una nota de prensa de un par de décadas atrás, había sido salvada de la demolición gracias a los buenos oficios de un grupo de escritores mexicanos, la Fundación Malcolm Lowry, con Hernán Lara Zavala a la cabeza, decididos a preservar la memoria de Lowry. El 62 estaba a sólo un par de cuadras de distancia. Pero lo que en ese número de puerta había era una construcción precaria, a manera de taller, en la que se realizaba algún tipo de trabajos de hojalatería. Decepción. Dead end. Cul-de-sac. Ni pensar en ponernos a preguntar en la zona. No encontraríamos más que la impavidez habitual del mexicano de a pie. Era ya más de mediodía. Teníamos hambre. Fin del primer intento.

Revisamos los pocos datos que hay en Internet. Encontramos el blog de un lowriano que se quejaba amargamente de que el Hotel Casino de la Selva ya no existe, que la cantina El Farolito nunca estuvo en Cuernavaca sino que estaba en Oaxaca, que en Cuernavaca ya es imposible ver el volcán debido al smog que desborda desde el DF, que las calles de Cuernavaca que menciona Lowry ya sólo son ríos de autos ruidosos y contaminantes, que de la Ruta del Cónsul sobreviven el Palacio de Cortés y el Jardín Borda porque son monumentos históricos gerenciados por el gobierno de Morelos. El deprimido blogger, que había gastado las suelas de sus zapatos buscando las huellas del  Cónsul, de alguna manera nos consoló de nuestro pequeño  fracaso. Y nos liberó de la tarea. Nos permitió disfrutar de lo que hay para disfrutar en Cuernavaca, que no es poca cosa después de la ordalía que es el DF.

En el Palacio de Cortés
En el mercado... 
... de la ciudad de las albercas 
Con todo, cada vez que entrábamos a una librería le preguntábamos al encargado si podía darnos alguna indicación, algún lugar para visitar relativo a la presencia de Lowry en Cuernavaca. El método del rastrilleo finalmente dio resultado con la encargada de la librería del Jardín Borda. Nos dijo que en La Casona Spencer se realizaban reuniones en memoria de Lowry. Para premiarla por su colaboración, que quizá nos salvaría del fracaso total, le compramos libretas Leuchtturm 1917, el tipo de esnobería carísima que nunca necesitamos para escribir lo que llevamos escrito.

La Casona Spencer está enfrente de la Catedral de Cuernavaca. Estaba cerrada. Un conserje o encargado de mantenimiento nos atiende. Actualmente La Casona no tiene actividad. Efectivamente una vez por año hay una actividad referida a Lowry en La Casona. No, el señor Director no vive en Cuernavaca, pero el próximo martes va a venir por aquí. ¿El próximo martes? Nosotros sólo estamos aquí en Cuernavaca jueves y viernes. Muchas gracias. Ahora sí, fin del asunto Lowry. Llegamos hasta donde podíamos llegar. Teníamos los boletos comprados y en unas tres horas salía nuestro autobús.

Hicimos las últimas compras (guayaberas para mí y para Marcelo, que guapo como es, con la suya color crema y con su sombrero de Guanajuato al tono, parece un verdadero dandy caribeño) y regresamos al hotel a preparar la salida y el regreso al DF. De pronto se me hizo la luz. ¿Por qué es tan difícil rastrear la presencia de Lowry en Cuernavaca si fue, indiscutiblemente, uno de los más grandes escritores del siglo XX? ¿Por qué Cuernavaca no se florea con las huellas de Lowry? Muy sencillo: porque México, la cultura oficial mexicana, no tiene la menor intención de rendirle a Lowry homenaje o tributo alguno. No sólo porque, y ese es el tema de Bajo el volcán, para Lowry México era el Infierno, tan literalmente como se pueda entenderlo. Sobre todo porque cuando Lowry fue expulsado de México –en tanto borracho e insolvente- el burócrata de Migraciones actuante, para su eterna desgracia, fue Fernando Benítez, quien andando el tiempo y lo que fuera necesario, llegó a ser uno de los próceres de la cultura estatal mexicana. ¿Iba Cuernavaca a cantar loas a un gringo borracho que habló pestes de México y que fue justamente expulsado de nuestra amada patria por uno de los mejores hijos de México? ¡Ni madres! El nacionalismo mexicano, tronante y obtuso, en su natural expresión. ¿Cómo alguien que conoce sobradamente a México, como yo, podía imaginar en Cuernavaca un alegre carnaval lowriano? Náusea me vino cuando comprendí mi insondable tontería.

En la tierra de Zapata...

...la revolución traicionada

Es la hora. Subimos al taxi y el taxi arranca en la dirección contraria a la que conocimos el día antes buscando el número de puerta 62. Entonces la vi, con el rabillo del ojo apenas. La vi y me quedó la mente en blanco por la sorpresa. Tardé segundos en reaccionar. Vi en una pared, debajo de un número, la palabra “antes”. Y luego, otro número. ¡Había sido cambiada la numeración original de la calle Humboldt! O sea que la casa de Lowry no estaba a la izquierda del hotel sino a la derecha, dos o tres cuadras, cuando mucho. Pero el taxi ya se alejaba en dirección al centro, a la Terminal de Autobuses. Le expliqué a Ana lo que había visto y comprendido. Sugirió que regresáramos, porque el tiempo nos daba como para echar una ojeada y llegar en hora a la terminal. Pero no, no quise. Estaba cansado de darle vueltas al tema Lowry. Una casa vieja. Abandonada probablemente. Inaccesible seguramente. No valía la pena. Seguramente ella pensó, sintió igual. Nuestros cerebros estaban ya configurados para regresar al DF. El cansancio de nuestra loca vacación mexicana comenzaba a depositarse sobre nuestros hombros. Creo que sólo hubiéramos hecho ese esfuerzo adicional si se nos aseguraba que ahí seguía viviendo Lowry, felizmente llegado a los 106 años de su edad. Y aun así, quién sabe… pasados los cien años ya nadie tiene nada interesante que decir. Good bye. De todas maneras sentí impotencia, rabia, una puntita de desesperación por un rato. Después me olvidé del asunto. Otra vez las medidas de seguridad en la terminal. Después el viaje de regreso, anocheciendo. Dormité. Como siempre, me puse a imaginar las peores cosas posibles. De pronto un pistolero, arma en mano, vocifera. Mi hijo está en el autobús, a mi lado. Tengo que hacer algo. Pienso en lanzarme sobre el malandrín, con un poco de suerte no llegará a apuntarme con el arma, su disparo no me tocará, caeré sobre él y con el peso de mi cuerpo lo aplastaré contra el piso del pasillo, o quizá, con un poco de suerte, y conmigo encima, caerá contra el brazo de un sillón y se partirá el espinazo.

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