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viernes, 17 de abril de 2015

Ercole Lissardi - MASTURBACIÓN E IMAGINACIÓN -

El relato El Silfo, de Crébillon h., publicado en 1730, es significativo en tanto que, probablemente, sea el primer texto que, al menos en Occidente, explora el rol de la imaginación en la masturbación. Es curioso que Thomas Laqueur
lo ignore en su voluminoso Solitary sex. A cultural history of masturbation, de 2003. Pero al leer el libro de Laqueur, hace  ya una década, tuve claramente la impresión de que se interesaba bastante más en las ideologías que fundamentaron la satanización de la masturbación que en sus modos y sus maneras.


PREÁMBULOS

1. Madame de R. relata a Madame de S. en una carta los placeres supremos que ha descubierto en la soledad de su dormitorio. Una primera pregunta, por supuesto: ¿por qué el Sr. Crébillon se disfraza de mujer para relatar una fantasía masturbatoria? ¿por qué su narrador no es un hombre? Más adelante, al pasar, sin intención de hacerlo, el texto mismo responde a esta pregunta: “El corazón de una mujer huye pronto de la reflexión, está más dominado por el sentimiento que por la razón”. En otras palabras: la mujer es débil, en ella es más natural ceder al llamado de la sensualidad. Ciertas debilidades que pueden ser ridículas o indignas en un hombre son apenas naturales en una mujer. Así pues, hasta muy entrado el siglo XX, con este tipo de fundamentos (o sus variaciones: por ejemplo, que en la mujer es más fuerte el lado animal que en el hombre), por lo menos en el arte, los placeres de la mano son predominantemente femeninos.

2. Está claro que lo que Madame de R. hace a su amiga no es un relato de iniciación: no es que acaba de descubrir la masturbación, no está relatando sus placeres de infancia o adolescencia. La razón del relato, lo que ella quiere comunicar es otro, más sutil descubrimiento: el rol que puede jugar en la masturbación la imaginación: la posibilidad de entregarse final, aunque ilusoriamente, al objeto de deseo más perfecto imaginable. Lo que le cuenta a su amiga es cómo ha construido, en su imaginación, ese objeto perfecto, imposible en la realidad, que le da, por consiguiente, el goce perfecto. Crébillon h. no se limita a dar cuenta del acto masturbatorio, predica que ese acto puede conducir a la perfecta felicidad.

3. “Es cierto, dice la narradora antes de ir al grano, mis placeres son sueños, pero hay sueños cuya ilusión es para nosotros un goce real, que contribuye más a nuestra felicidad que esos placeres habituales que se repiten sin cesar y que nos pesan ya en medio del deseo de gustarlos”. En otras palabras: los coitos imaginarios pueden ser mejores que los coitos reales.

Pero además: “¿fue un sueño?”, se pregunta la narradora. “Si lo hubiera sido tendría que recordar haberme dormido, o despertar. Y los  sueños no tienen tanta continuidad. Y ¿cómo pude recordar tantos discursos? ¿Y cómo habría en mi sueño ideas que no recuerdo haber tenido nunca? No, no fue un sueño. Al contarlo no diré “me pareció”, ni “creí ver”. Diré: estuve, y vi”. Con lo que Crébillon sitúa a la imaginación en el lugar que es el suyo: a medio camino entre la realidad y el sueño.

Los incondicionales de la poesía francesa podrían, a esta altura, relacionar el texto de Crébillon (h) con La siesta de un fauno, de Mallarmé, más de un siglo posterior. Allí también el producto de una siesta es un goce sensual del que no se sabe si ha sido real u onírico. No imaginario, porque como se sabe los faunos no imaginan. La influencia me parece evidente.

RELATO DIALOGADO

4. Una cálida noche de verano, Madame de R. está en su dormitorio, ya en ropa de dormir, cuando una presencia irrumpe y le habla. El que irrumpe en la habitación de Madame es invisible (“impalpable”), por consiguiente es pura mirada. Pero además –y esta es la pieza clave en la construcción de ese objeto de deseo- sabe todo lo que la dama piensa, puede leerle los pensamientos. Lo que significa: que la dama “no sabría formar deseos” que este fulano “no satisfaga”, porque “conoce todos los caprichos y las debilidades” de la dama, y no habrá “ni la más ligera idea de tentación” que, por los cuidados del fulano “no se convierta en tentación violenta y rápidamente satisfecha”. El seductor invisible puede afirmar que “si los hombres tuvieran nuestra ciencia, no habría mujer que se les escapase”.

El objeto de deseo que Madame de R. se construye es impecable. “Al oír esas palabras, me mostré” dice Madame sobriamente –recordemos que ya está en camisa de dormir.

En este punto no puedo sino remitir a las páginas de mi La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet (Paidós) en que doy cuenta de la lectura que hace Jacques Lacan del mito de Don Juan en tanto amante perfecto. Su perfección es del mismo orden que la del silfo de Crébillon (h).

5. Sigue, a continuación, una breve discusión acerca de las mujeres y la virtud. A retener: las angustias que padecen las mujeres virtuosas, la afirmación de que a los hombres les gustan las mujeres virtuosas debido a un refinamiento del gusto que les lleva a desear que sean sus seducciones las que aniquilen algo que tanto esfuerzo lleva construir, y la seguridad de que no hay mujer que no tenga una debilidad, misma que depende de y refleja las características de su personalidad, y que por más que se la disimule su amante siempre termina por descubrirla y explotarla.

Baste lo dicho para dar una primera cuenta de la sabiduría del objeto de deseo que Madame se construye.

6. Pasamos, naturalmente al tira y afloje, del que el silfo, porque tal cosa se ha declarado el fulano, prevé el final favorable a sus intereses: “Para evitarlo, le explica, tendría usted que decirme seriamente que deje de verla, y para eso tendría que desear que así sea, pero usted no desea que así sea. Porque usted es curiosa y no podría jamás impedirse conocer el fin de esta aventura”.

El deseo, como decía Casanova, es una forma especial de la curiosidad. Una vez que esta curiosidad pica no hay manera de fugarse, habrá que ir hasta el final.

7. Sobreviene aquí otro amable anticlímax en el que el silfo relata a Madame sus aventuras de seducción, en un estilo que no puede sino recordar a Don Juan en la famosa lista de sus conquistas -claro está que en las versiones favorables de un Molière (anterior a Crébillon h.) o un Mozart (posterior). A retener, una vez más: que cuando el personaje de Crébillon h. construye su objeto lo hace con un sorprendente parecido con la operación que Lacan describe como construcción del mito de Don Juan.

NEGOCIACIÓN FINAL

8.  A esta altura de las cosas, para ceder a los caprichos de su constructo, a Madame sólo le falta conocer las condiciones concretas de su rendición. Esta negociación final le permite al autor abundar en ironías acerca de la fidelidad y la infidelidad.

Ejemplo: preguntado el silfo por qué no son fieles a las bellas sílfides y buscan a las humanas, responde: “Actuamos un poco como ustedes los humanos cuando están casados. Buscamos mujeres para que nos saquen del letargo, como las sílfides buscan hombres que las liberen del aburrimiento que les causamos. Son cosas acordadas entre nosotros, nos dejamos llevar por nuestras inclinaciones sin celos y sin malos humores”.

Ejemplo: el silfo demuestra a Madame que si el precio de gozar ad aeternum de los fabulosos favores del silfo es la interdicción absoluta de serle infiel, Madame opta por la libertad de ser inconstante. Opta por la curiosidad y no por las perfectas eternidades. Irónicamente asegura que las mujeres son tan generosas que son inconstantes para dar al amante la posibilidad de romper el vínculo que en realidad ya lo aburre: “Ella lo provee de un pretexto encargándose del crimen” dice.

Ejemplo: “La mejor manera de impedir que una mujer sea inconstante es no darle tiempo para encapricharse, pero semejante medicina sería demasiado fatigante para un ser humano. Sólo los silfos son capaces de saber emplear cada instante”. A buen entendedor, pocas palabras.

Y así siguiendo hasta…

FINAL

9. …hasta que el silfo dice: “Terminemos con la cháchara”. Entonces “una luz extraordinaria llenó mi habitación y vi a los pies de mi cama al más bello hombre que sea posible imaginar, de rasgos majestuosos y de la apostura más galante y más noble”. Fascinada Madame comprueba que su constructo es, además, “palpable”. “No sé a qué hubieran llegado mi entrega y sus intensidades si mi recamarera en ese momento no nos hubiera interrumpido, con lo que mi silfo desapareció sin remedio”.

CONSIDERACIONES

Sola en su habitación una mujer imagina un amante perfecto. El amante perfecto es ante todo el que conoce las inclinaciones y las debilidades más íntimas de la mujer, y que por consiguiente comprende mejor que nadie la naturaleza de las relaciones entre hombres y mujeres –en otras palabras: entre esposos, esposas y amantes. Para Crébillon (h), para la sociedad francesa en que vivió, quizá para todas las sociedades la cifra erótica básica es el tres. La mujer se entrega en cuerpo y alma al amante perfecto que ha construido. Es la ventaja de la masturbación para el autor: sólo en la imaginación es posible el amante perfecto, aquel que todo lo sabe, aquel cuya belleza es insuperable y aquel cuyo ímpetu es inagotable.

Crébillon (h), un moralista, sin duda, ha querido pintar un retrato de las hipocresías de la moral sexual de su tiempo, pero la construcción del amante perfecto a través de la cual lleva a cabo su propósito, es además uno de los primeros textos en los que es expuesta la imaginación erótica en tanto herramienta de los placeres masturbatorios.

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Conocí El silfo por la breve referencia que hace Pascal Quignard en El sexo y el espanto (Cuadernos de Litoral, Córdoba, 2000, pág. 144). Allí termina diciendo: “El silfo está entre los libros más desconcertantes que hayan sido escritos sobre los hombres”. No suscribo en absoluto semejante exageración.

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