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sábado, 27 de junio de 2015

Ercole Lissardi - EL DESNUDO MASCULINO -

El libro de Taschen The male nude, primera edición año 2000, con selección y prólogo de David Leddick (¡ejem!), contiene quinientas setenta y seis fotografías de desnudos masculinos realizadas entre 1854 y 1997. Material
suficiente como para empezar a reflexionar sobre un tema no exento de complejidades.

Robert Mapplethorpe: Charles Bowman/Torso, 1980

Señala el prologuista que recién en 1968, en la Galería Marcuse Pfeifer de Nueva York, se presentó por primera vez –un siglo y pico después de la invención de la fotografía- una exposición pública de fotografías de desnudos masculinos. Cuenta que casi unánimemente los periodistas culturales se abstuvieron de comentar el evento. El ensayista René Ricard, espíritu sutil, muy cercano al grupo de Warhol, comentó en esos días el significativo silencio de esta manera: “¿Acaso los genitales masculinos no tienen un cierto… aspecto decorativo, como un accesorio colocado para resultar divertido?”. La ambigua puntada de Ricard da en el blanco, huele a verdad: los hombres no quieren que sus penes resulten divertidos. Lo mejor es mantenerlos ocultos.

Es evidente que en el desnudo masculino los genitales son el punctum –al decir de Barthes- a partir del cual se organiza la lectura de la imagen. Ahora bien, en tanto erótica –y ¿qué otra cosa más que erótica podría ser?- el desnudo masculino es, o intenta ser, la representación del (de un) Deseo. Para el ciudadano macho del común es comprensiblemente perturbador percibir (padecer) la fuerza deseante que, a partir de su punctum, puede comunicarle un desnudo masculino. Mejor mantenerse a distancia. Por consiguiente, el buen orden de las cosas quiere que la mirada de Deseo sobre un cuerpo masculino sólo pueda provenir de un homosexual o de una mujer.

Obra de artistas homosexuales machos es la casi totalidad, si no la totalidad –no puedo ser definitivo en esto por falta de información- de las fotografías recopiladas en el libro de Taschen. Lo curioso es que casi no hay obra de artistas mujeres. En el arco temporal que cubre el libro (1854-1997), sólo hay obra de tres artistas mujeres (Nan Goldin, Dinora Niccolini, Harriet Leibowitz), producción, en todos los casos posterior a 1975. Y no es porque en la selección haya operado algún tipo de segregación. Esa escasez refleja la realidad. Aun hoy en día –Internet lo muestra, por supuesto-, la producción fotográfica de desnudos masculinos realizados por artistas mujeres, si bien comienza a florecer, es todavía rara.

La pregunta de por qué semejante rareza admite, por supuesto, una respuesta sencilla, la misma que vale para la escasez de presencia femenina en otros, en varios ámbitos de la cultura: la prepotencia masculina apropiándose de todos los discursos como condición para el sometimiento y la explotación de la mujer. Aunque no es esta la única explicación propuesta. En la Encyclopedia of Twentieth-Century Photography, editada por Lynne Warren, mamotreto de casi dos mil páginas, se afirma –sin perder el tiempo en demostraciones- que “sexualmente los hombres tienden a ser mucho más sensibles a los estímulos visuales que las mujeres”.  Hay muchas más cosas en el Cielo que en la Tierra, Horacio –podríamos recordarle a la señora o señorita Warren.

Pero volvamos a las imágenes recopiladas por Taschen y a nuestro tema del punctum barthesiano. La expresión del Deseo en el desnudo masculino, decíamos –desarrollando la intuitiva puntada de Ricard-, se estructura en torno a un punctum que sería ese “adorno” ineludible que son los genitales masculinos. Si esto es así habría una primera gran clasificación de los desnudos masculinos: están aquellos que encaran y aquellos que ignoran la genitalia. A la vez, entre los que encaran, yo diría que hay dos grupos: están los que encaran a conciencia,  decididos a hacer algo –gráficamente, se entiende- con ese punctum, y los que simplemente subrayan, visualmente, que está ahí, que ese es el punctum, mostrándolo en su natural trivialidad, pero que no van más lejos, quizá porque estéticamente los intimida, porque comprenden que no es nada fácil hacer algo –gráficamente, se entiende- con la genitalia masculina para convertirla en un centro activo, irradiador, organizador de la imagen.

Finalmente, entre los que encaran a conciencia hay dos actitudes o estrategias: los que encaran mostrando, trabajando desde la plena visibilidad, y los que encaran al punctum pero para que ejerza su influencia desde el eclipse. Robert Mapplethorpe, el Maestro neoyorkino, es excelente en ambas estrategias, y las imágenes que aquí se reproducen, lo demuestran.

Charles Bowman/Torso, 1980 y Derrick Cross, 1985 eclipsan el punctum, una porque el filo, el borde del cuadro lo secciona, lo excluye, la otra porque el cuerpo desnudo mismo lo oculta. En ambas el punctum en tanto no-visible irradia sobre lo visible. Está oculto de manera exhibicionista, al borde mismo de la irrupción en lo visible.

Robert Mapplethorpe: Derrick Cross, 1985 

Robert Mapplethorpe. Man in Polyester Suit, 1980 

En Man in Polyester Suit, 1980 y en Thomas, 1986, por el contrario, el punctum ocupa el centro de la composición, aunque en una ostenta escandalosamente el primer plano y en la otra ocupa un plano alejado, precisamente para que las líneas de fuerza de la composición converjan en él. En Polyester el punctum se presenta como una especie de animal tubular y grotesco que emerge de entre la formalidad de la indumentaria urbana. En Thomas el punctum se presenta como una especie de pila o reactor desde el que se genera la energía con la que el cuerpo poderoso hará estallar la forma rígida que lo atrapa. Si en algún contexto tiene sentido la expresión fisiognomía genital, ese contexto es la obra de Mapplethorpe.

Robert Mapplethorpe: Thomas, 1986


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