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viernes, 10 de julio de 2015

Ana Grynbaum – Las perversiones de San Antonio –

Atraída por el tema del desierto recalé en San Antonio y sus tentaciones. El texto original de San Atanasio, Vida de San Antonio, permite calibrar hasta qué punto el arte, que sigue inspirándose en la leyenda del precursor de los
monjes eremitas cristianos, se aparta de la santidad para centrarse en la tentación. Entre la multitud de representaciones existentes tomo aquí el libro de Flaubert y los cuadros de Dalí y Diego Rivera. En estas tres versiones de la leyenda, la entrega al deseo, y el goce que se extrae de ello, tienen un lugar central, y el objeto del deseo brilla opacando cualquier restricción moral. Considero más acertado hablar de las perversiones que de las tentaciones de San Antonio, puesto que la intención pedagógica original de la hagiografía cristiana es deliberadamente corrompida, alterada, trastocada por estas obras de arte.


ANTONIO SEGÚN FLAUBERT: el glamour de la cultura 


“La tentación de San Antonio” de Flaubert es un extraño híbrido entre novela y obra de teatro, ensayo teológico y ficción, historia de las creencias religiosas y filosofía. Su Antonio no puede de ninguna manera leerse como un personaje naturalista movido por una psicología humana. Tanto el desierto como el eremita no constituyen más que el marco desde el cual Flaubert se arroja sobre todas las perversiones y herejías que su poderosa imaginación, con el auxilio de su gran erudición, puede concebir. Como una pintura de El Bosco -quien, por supuesto, también pintó “Las tentaciones”-, con lujo de detalles, sin pausa y sin prisa, dando espacio al goce, desfilan los siete pecados capitales, todas las herejías de la Historia y todas las religiones de todos los tiempos y lugares del mundo. Y hasta el mismo Diablo, en persona y sin disfraz, lleva a San Antonio sobre su propio cuerpo, volando, en un viaje, lógicamente interminable, por lo infinito del universo. El Antonio de Flaubert encarna al hombre que sabe, y le gusta saber, que goza en un largo alucinar, rebosante de cultura.

¿Se resiste el santo? No, tácitamente se entrega a cada una de aquellas representaciones. Sólo se baja del escenario cuando la historia ya no da para más. Es decir, el nexo, el pasaje, entre unas escenas y otras está constituido por las tribulaciones de Antonio o su invocación a Jesús. Sus resistencias no son más que un recurso literario empleado para lanzar el relato hacia delante. El Santo oficia de soporte al espectáculo de las figuras de la historia universal de las creencias religiosas y de las figuras del deseo del hombre. Sugiriendo que lo que se cree y lo que se desea, incluso con temor, están íntimamente relacionados.

La sucesión de vivencias alucinatorias de Antonio culmina con la fusión del Sol y Jesús –“Y justo en el centro mismo del disco solar, resplandece el rostro de Jesucristo”-, unión entre una de las deidades más antiguas y la figura central del cristianismo, suerte de ouroboros donde cabeza y cola se encuentran para cerrar el círculo.

Luego se corre el telón y que cada uno saque sus propias conclusiones. Por ejemplo, del infernal despliegue de las creencias humanas se desprende que todas y cada una de ellas, acumuladas a través de la Historia, conforman nuestra cultura. Que las más antiguas no se perdieron, sino que fueron condensándose en la gran masa polimorfa del universo cultural. Que cada forma de religiosidad abraza los goces que pretende controlar, se impregna de ellos. Las imágenes que causan el deseo, y ofrecen algún tipo de satisfacción, existen porque el ser humano es capaz de concebirlas. Y si pueblan la imaginación no es menor su poder sobre la realidad.


ANTONIO SEGÚN DALÍ: hacia la inmensidad 



“La tentación de San Antonio” (1946) es uno de los cuadros que inauguran la etapa de influencia de la física cuántica en la producción de Dalí. Según él mismo declarara, después de la bomba atómica, su padre dejó de ser Freud para pasar a ser Heisenberg. De todos modos, el cuadro no deja de estar imbuido del onirismo de su fase inspirada en el psicoanálisis.  

En el cuadro, la mirada pasa en primer lugar por el hombrecillo escuálido, con aureola de santo y cruz en mano, que parece tambalearse a su pesar, para centrarse luego en el espectacular grupo de monumentos y templos áureos, habitados por mujeres turgentes, en una suerte de procesión que trasciende la escena. Esa estructura, montada sobre elefantes y un caballo de estilizados miembros, parece a punto de levantar vuelo. Las patas de los animales son como tensores que sostienen la carpa de un circo. En cuanto se suelten, el aparato iniciará su viaje por el universo.

La mayor parte del cuadro está ocupada por ese cielo complejo, surcado por lujosos objetos culturales, que pueden despertar la codicia, así como los cuerpos femeninos llaman a la lujuria. Hay algo exagerado e irrisorio en esos objetos voladores, como si, desde cierto ángulo, la suntuosidad que se desprende de ellos fuera un mero circo. Sin embargo, la imagen conserva la aridez del paisaje desértico y el Santo mantiene sus atributos –aureola, cruz-, en un contrapunto estructural con la máquina circense que se eleva por los aires. El Santo marca el lugar desde donde se contempla la escena celestial: la desnuda y vulnerable humanidad.


ANTONIO SEGÚN DIEGO RIVERA: sexo entre rábanos 



Si la fusión cultural es característica predominante en Rivera, y si sus murales histórico-antropológicos son admirables, el cuadro “Las tentaciones de San Antonio” (1947, un año posterior al de Dalí) es sencillamente genial. Inspirado en las mandrágoras pero también en la celebración oaxaqueña de la Noche de los rábanos, la escena ya no sucede en el cielo, ni entre el cielo y la tierra, sino en el subsuelo. Su contexto es la tierra, la naturaleza vegetal, la cultura indígena y también –fusión mediante- Dioniso. 

A decir verdad, este es mi Antonio favorito. Y también el más perverso o distorsionador respecto de la leyenda. Aquí no sólo se pierde el desierto, sino que la misma santidad de Antonio cae por fuera del cuadro; y más aún: el propio Antonio, en tanto ser humano, ha mutado, se ha metamorfoseado, para encontrar la naturaleza de su deseo, ya no en el reino animal –la tan mentada animalidad del hombre-, sino bajo la forma de vegetales subterráneos.

Se trata de una escena de sexo grupal. El diablo se reconoce por sus cuernos, tridente y –sobre todo- por el gran falo que porta, pero sobre el cual también va montado. La mujer está en una posición sumisa, baja la cabeza, no tiene donde esconder el cuerpo –se encuentran en las profundidades de la tierra-. La figura de la izquierda guarda un parecido con Diego Rivera. A diferencia del demonio, presenta un sexo humano. E incluso en reposo, lo que subraya su lugar en el margen de la escena sexual. Sugiere que su participación en la escena es como la del soñante en sus sueños: alguna parte de sí está en los personajes, otra en el ojo que los mira. Por el ángulo superior derecho se aproxima otra figura, más descolorida, menos humana, que vaya usted a saber qué viene a buscar…

Está claro que la tentación dio lugar a la realización del deseo, pero… ¿Y Antonio…? ¿Dónde está…? ¿Será el de la izquierda, el que se parece a Rivera y ocupa el mismo ángulo que el Antonio de Dalí…? Tal vez sea este personaje que goza mirando, con un brazo levantado para taparse la cara, a fin de quedar a solas con el espectáculo de su deseo, resguardado ante nuestra mirada sobre el cuadro que lo incluye.

EL SUJETO DESEANTE ENCUENTRA SUS OBJETOS 


En las tres versiones de Antonio y sus tentaciones aquí comentadas, la fantasía ocupa una posición central en tanto escenario de un encuentro particular entre el sujeto y los objetos de su deseo. Más allá de que la fantasía pueda dar lugar –o no- a determinadas acciones en el mundo real, hay una dimensión del deseo humano que se realiza en la propia fantasía. Esto está graficado en los tres Antonios referidos.

El Antonio de Flaubert conoce las verdades paganas hasta el límite de lo posible para un burgués decimonónico culto. En este perseguir el conocimiento, e irlo alcanzando, radica su mayor goce.

El Antonio de Dalí mantiene a raya, al tiempo que sostiene, su deseo del lujo. Si el artefacto fantástico no sale volando, va a caer sobre el hombrecito, arrasando con su santidad. Pero por el momento, se encuentra suspendido, a medio camino entre la tierra y el cielo. Y también produce un suspenso dramático: ¿qué va a pasar…? ¿volará o caerá? Y si cae ¿qué será del pobre Antonio? El lujo da alas, pero también puede aplastar.

El carácter sexual del Antonio de Rivera salta a la vista. Su objeto deseado no puede ser más carnal, más terrenal. El elemento cristiano del cuadro, si se lo mira desde las herejías perseguidas por la Santa Inquisición, está en la figura del íncubo, encarnado en el rábano falóforo. El íncubo: ese famoso demonio que, adoptando la forma de un hombre, copula con las mujeres, en el espacio de un sueño del que no es posible despertar.


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- Vale la pena googlear “Noche de rábanos en Oaxaca” para ver las increíbles esculturas en rábanos que se realizan para concurso, exhibición y venta, desde hace más de un siglo, en la ciudad mexicana de Oaxaca, cada 23 de diciembre.

- Obra completa de Diego Rivera: http://www.diego-rivera-foundation.org/

- Obras de Dalí: http://www.salvador-dali.org/cataleg_raonat/?lang=es

- La mencionada declaración de Dalí se encuentra en el “Manifiesto de la antimateria”, 1958.

- Vida de San Antonio Abad por San Atanasio: http://www.documentacatholicaomnia.eu/03d/0295-0373,_Athanasius,_Vida_de_San_Antonio_Abad,_ES.pdf

- Sobre la Santa Inquisición y sus persecuciones: http://www.blasoneshispanos.com/EspirituEdadMedia/05-La_Santa_Inquisici%C3%B3n/La%20Santa_Inquisicion.htm


La lectura que hago de la fantasía como medio para un particular encuentro del sujeto con el objeto de su deseo, se basa en la fórmula de la fantasía, o del fantasma –según las traducciones-, de Jacques Lacan.


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