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viernes, 26 de febrero de 2016

Ercole Lissardi - ACERCA DE “EL MUERTO”, DE GEORGES BATAILLE -

“El muerto” y “Julie” son textos de ficción, inéditos en vida de Bataille, fechables en 1943 y 1944 respectivamente.

Georges Bataille, joven

Fueron publicados por primera vez en 1967 (“El muerto” en J.J. Pauvert) y 1971 (“Julie”, en el Tomo IV de las Obras Completas, en Gallimard). En español debutaron en 2009 en El cuenco de plata, traducidos por Silvio Mattoni.

En tanto ficciones ambos textos se continúan, aunque el producido en segundo lugar ocupa el primer lugar en el orden de la ficción. Parece como si escrito “El muerto” Bataille hubiera llegado a la conclusión de que ese texto necesitaba una introducción, un relato que aportara antecedentes.

Es de hacer notar que originalmente los personajes de “El muerto” se llamaban igual que los de “Julie”, o sea, Julie y Henri, y que recién en una revisión de 1950 Bataille los cambia a Marie y Edouard.

Que el cambio de nombres en la versión de 1950 (única que ha sobrevivido, habiéndose perdido los manuscritos originales) afectara sólo a “El muerto” parece indicar que para entonces Bataille había abandonado la idea de reunir ambos textos.

Probablemente de los días de esa revisión es también un proyecto de prólogo para “El muerto”, en el que no se hace mención alguna al texto “Julie”.

EXPLICACIÓN DE UN PROYECTO FRACASADO

En “El muerto” una mujer (Julie/Marie, J/M) al presenciar la muerte de su amante (Henri/Edouard, H/E) ingresa en lo que podríamos llamar un delirio erotómano, que finalmente resulta en su suicidio.

En lo que sigue resumo el texto con el que Bataille pensó agregar antecedentes a esos hechos.

Tiene dos partes. En la primera H/E, enfermo, envía a su hermana a traer a su lado a su amante, J/M, de la que sabe que tiene un nuevo amante. Un error de una letra en el telegrama en el que su hermana le informa lo actuado hace que H/E piense que no volverá a ver a J/M. Como consecuencia se dispara en el pecho –aunque no acierta al corazón. De J/M sabemos, en el interín, que es bailarina de strip-tease, propensa a la obscenidad si no a la abyección, y muy borracha.

Al otro día, cuando J/M llega junto a H/E y lo encuentra así gravemente herido, se queda a su lado para curarlo, aunque sólo soporta la situación ingiriendo alcohol sin medida.

Así termina la primera de las dos partes de “Julie”. Este texto ha aportado un motivo para la muerte con que se abre “El muerto”, y también ciertas características de J/M que pueden explicar el delirio en el que cae.

Pero a Bataille no le alcanza con esta contextualización. Piensa que es necesario también comprender la naturaleza del vínculo que los une, especialmente desde el punto de vista de H/E, ya que es el supuesto fin de ese vínculo lo que lo lleva al suicidio. La segunda parte de “Julie” se abre, pues, con un extenso monólogo de H/E que explicita su relación con J/M. Finalmente esta segunda parte se cierra con J/M desnudándose y masturbándose para H/E, que se debilita más y más.

El contexto de los hechos de “El muerto” parece haberse completado ahora suficientemente, no obstante lo cual Bataille, al revisar el material seis años después descarta el nuevo texto, dejando sólo "El muerto” para una posible edición, misma que no se concretará en vida del autor.

¿Por qué descarta ese relato de apertura, en tantos aspectos tan batailleano, tan significativo en términos de su concepción del erotismo, y del deseo en particular, como veremos?

Quizá comprendió que con todo un lastre de explicaciones y de antecedentes el texto de “El muerto” perdía el impacto poético, su potencia en tanto imago, que fue lo que lo lanzó a la existencia. Quizá comprendió, además, que todo ese paquete de precisiones lo obligaba a reescribir el delirio erotómano de J/M de manera mucho más específica, acercándose más a la interioridad de su personaje femenino. Y esta profundización lo llevaría a su vez a revisar la primera parte, en la que el personaje masculino parecerá ahora insuficientemente trabajado.

Todo el asunto terminaría en un texto bastante más extenso, cercano a la nouvelle –forma favorita de Bataille-, pero en el que aquel impacto poético original en su cruda desnudez (muerte, delirio, abyección, suicidio) quedaría por completo diluido. Además, esta historia de los amantes que ruedan cuesta abajo en la abyección ¿no la tenía ya escrita en “El azul del cielo”?

Edición de El cuenco de plata de ficciones inéditas
 de Bataille, 2009

EL DESEO SEGÚN BATAILLE

Estimo que el mayor interés de esta breve suite ficcional de Bataille está en ciertas explicitaciones y precisiones que hace respecto de la noción de “deseo”.

El deseo es, por supuesto, el motor de los hechos narrados en ambos fragmentos, aquello que provoca la peripecia y la lleva a su fin. J/M y H/E viven el vínculo deseante como un infierno de angustia y abyección en el cual cualquier resbalón puede conducir a la catástrofe. Efectivamente la posibilidad de haber perdido a su objeto de deseo lleva a H/E al suicidio. A su vez haber perdido para siempre a su objeto de deseo lleva a J/M al delirio y a la muerte. En tanto mera diégesis la suite nos dice: librado a su natural voracidad el deseo es un vínculo letal.

Pero más allá de la ficción en sí, hay momentos en que Bataille se esfuerza por explicitar el concepto de deseo.

--En la primera parte de “Julie” H/E, desesperando en la espera de su amante, tiene un acceso de lucidez. “Julie no es nada –se dice-. El objeto de mi espera es la muerte”. Y luego: “La espera revela la vanidad de su objeto. Quien espera a la larga es provisto de una verdad odiosa: si espera es porque él es la espera. El hombre es una espera. De no se sabe qué, que no vendrá”. Y concluye: “La presencia de Julie sería un bálsamo. Que aliviaría la herida, por el momento… La herida seguiría siendo mortal. La espera es sin objeto, pero la muerte llega”.

Es decir: la mujer, en tanto objeto de deseo, es sólo una ilusión que disimula el verdadero objeto de deseo, que es la muerte.

--En la segunda parte de “Julie” Bataille retoma esta explicación del vínculo deseante centrándose en esa ilusión que es el deseo de la mujer. “El hombre –dice- interroga el vacío”. “Interroga, extraviado, la noche”. Hasta que un día “la respuesta es mujer”. Accede así a “una muy extraña verdad”.

A lo largo de cuatro intensas páginas Bataille monologa, intentando describir en que forma padece el hombre el deseo súbitamente desatado por la mujer –no por la mujer en general, se entiende, sino por esa mujer concreta e irremplazable. Extrapolo in extenso:

“Todo ha cambiado. Hay para mí algo cuya presencia cruelmente me hace falta (…) Encuentro apresado en ella todo el valor del mundo. Ella atrae hacia sí misma la angustia y las preguntas que me planteaba ese mundo y el valor que tenía para mí (…) Todo el azar de los seres se ha jugado en uno solo de ellos (…) ¡Ya no estoy solo!”.

Así el hombre conoce “la esperanza divina de un deslumbramiento y una fiebre más grandes”. Le parece que “más allá de la carne mezclada y de una encantadora confusión de labios nacía una aurora, una luz, un deslumbramiento nuevo”.

“Mi vida se levantaba hasta el punto más alto de la convulsión, percibiendo finalmente el más allá, el exceso, el desgarramiento”. “(Ella) me proponía aquello en verdad para lo cual no tenía la fuerza necesaria. Lo que me proponía lo hacía sin querer, como si hubiese sido el mundo mismo que transfigura una ausencia sin límites”. El deseo conoce así el primer acorde de la fatalidad: “como tal se ofrecía a mi posesión. Como tal se proponía aniquilarme”.

El deseo de la mujer, ilusorio, como decía antes, lo es en tanto se propone como medio para responder a las preguntas que provocan la angustia.

Esta explicación clara, casi pedagógica no puede ser considerada balbuceo ni aproximación. La alcanza cuando tiene ya 47 años de edad, en plena madurez intelectual. Para entonces lejos han quedado las vistosas fantasías psicoanalíticas de “Historia del ojo”, y ya se ha adentrado, desde los primeros borradores de “El azul del cielo” (1935) y “Madame Edwarda” (1941) en los abismos que puede llegar a generar la interacción deseante entre el hombre y la mujer.

--Finalmente, en el “Proyecto de un prefacio para El muerto”, seguramente escrito en 1950, en ocasión de la revisión del texto, Bataille retoma conceptos fijados en la primera parte de “Julie” según los cuales el deseo (la espera) de la mujer disimula el deseo (la espera) de la muerte.

Aquí la formulación es tan radical como autolaudatoria. “¿Nadie habrá valorado antes que yo todo el goce de la muerte? (…) El secreto de la muerte es el excesivo goce de la carne. Gozar de una mujer es gozar, en la transparencia, de su muerte, de su deshonra, de sus crímenes. La dulzura femenina es el falso pretexto, es la máscara de la muerte. El amor desmedido no es más que la mesura de la hipocresía (…) Más que a la mujer que abro al exceso de un desorden angustiante, invoco a la muerte. ¿Nadie la habrá llamado nunca sino en silencio? (…) Se negó a que en su tumba se escribieran las palabras: alcanzo al fin la FELICIDAD EXTREMA”.

Veremos en una próxima entrada en qué medida esta concepción del deseo está presente en la que estaba destinada a ser la obra maestra de Bataille: “Mi madre”.

Bataille ya cerca de la felicidad extrema

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