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sábado, 26 de marzo de 2016

Ercole Lissardi - FICCIÓN Y POLÍTICA EN LA LITERATURA URUGUAYA -

Luego de décadas de intenso desarrollo, la ficción de crítica política y/o ideológica y/o social prácticamente ha desaparecido en el Uruguay desde que la izquierda accedió a las principales instancias del gobierno, hace ya quince
años. No desapareció porque desde las alturas del poder político se implementaran prohibiciones, advertencias o amenazas –esto no es el Caribe-, sino porque a ningún escritor sensible y sensato, y los escritores uruguayos lo son por demás, se le ocurre ponerse en contra, o denunciar, a los diversos lobbies que manejan el reparto de los dineros y las prebendas que permite el magro presupuesto que el gobierno de izquierda le concede a la cultura.


Pueden ustedes creerme que se trata de un tema de sensibilidad y sensatez, porque de lo contrario tendrían ustedes que llegar a la conclusión de que nuestros ficcionadores creen simplemente que en este país ya no hay más nada que criticar, que felizmente hemos llegado, no aun a una sociedad sin clases –a la que ya ni aspira nuestra izquierda-, pero sí a una sociedad en la que ya no hay nada que criticar, en la que, mediante audaces golpes de timón, ya todo ha sido encarrilado -¡vamos bien!- de la mejor manera. Bueno… se me dirá: no todo, porque una sociedad que no es capaz de criticarse presenta, en eso mismo, el más preocupante de los síntomas.

Pero ¡no temamos! ¡No todo está perdido! ¡No todavía! Como dice en el Talmud: basta que exista un solo hombre justo para que el mundo merezca haber sido creado. (Eso sí que es optimismo…). Y hace un par de años, publicada por una misteriosa editorial –quizá financiada desde algún centro de poder extranjero- vio la luz entre nosotros, sin pena ni gloria, una verdadera joyita de la literatura política. Pasó su publicación casi perfectamente ignorada por los comentaristas y reseñadores que no vieron razón alguna para contaminarse cumpliendo con su deber de dar cuenta de la aparición de un libro tan inteligente y a la vez, tan rabioso.

Cuando se acabe –porque todo se acaba- el tiempo de la izquierda en el gobierno, y se pregunte quiénes desde la ficción se atrevieron a desafiar a las unanimidades silenciosas, va a haber muy pocas respuestas. Una de ellas, sospecho que la más relevante, va a ser: Ana Grynbaum, autora de la recopilación  de relatos más o menos breves “Un escritor acabado”.

El texto que da título a la compilación cuenta precisamente la historia de un escritor famoso por el filo crítico de sus ficciones. Cuando el partido con el que comulga llega al gobierno –evento saludado como una verdadera revolución- este autor, defensor de los derechos del populus, se queda sin tema: los derechos del soberano han sido restaurados o están en vías de restaurarse, ya no hay qué criticar.

Varada su escritura, incapaz por completo de escribir nada, astuto como es, sin necesidad de acudir al psicoanalista, el hombre deduce que lo que le viene faltando es la dulce melcocha del dolor –preferentemente ajeno. La escritura nace de las napas profundas del dolor. Sin sufrimiento, concluye, no hay escritura. El sufría por la injusticia social. Ya no la hay, o se está en vías de erradicarla. Por consiguiente, no puede escribir.

Podría Grynbaum haberlo dejado reventar de resecamiento mental frente a la página en blanco, y nadie le hubiera reprochado la impiedad –no yo, al menos. Pero el saber y la compasión, en los bien dotados, van de la mano. Le concede pues a su personaje una curiosa sobrevida. Le permite descubrir que no sólo el sufrimiento por la suerte de los pobres conduce al reino de la escritura: en realidad, cualquier otro sufrimiento tiene efectos similares. Comprendido esto el hombre procede a buscarse una amante que lo arruine económicamente y que lo ponga a sufrir con sus calculadas, sádicas ausencias. Santo remedio. Instantáneamente el escritor recupera su creatividad. Mana la escritura como el maná del cielo allá en el Génesis. El torrente de escritura se lo lleva por delante mientras roe con delectación el hueso de su nuevo sufrimiento.

Un happy end brechtiano, digamos. La crítica de Grynbaum, como vemos, es agridulce. Viene mezclada con compasión. En vez de liberarnos definitivamente de este parásito cultural ¡lo recicla! Le enseña cómo, in extremis, redimirse.

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Es dolorosamente cierto que en nuestra sociedad –tan poco numerosa que otrora todos nos conocíamos y hasta podíamos contarnos para asegurarnos que no faltara alguno- hoy ya no nos reconocemos, porque las brechas entre las clases y subclases sociales son cada vez más anchas, y cuando nos contamos resulta que falta gente. Hay desaparecidos. En particular, durante la nefasta dictadura militar hubo desaparecidos. Hasta hoy se indagan los modos de esas desapariciones y se sigue exigiendo justicia. También es cierto que esos no son nuestros únicos desaparecidos. Están los que se exiliaron para no caer en las peores formas de desaparición, y que nunca volvieron. Están los que dejaron de verse porque se fueron en busca de mejores horizontes. “¿Qué sabés de Fulano, que hace tiempo que no lo veo?”. “El hijo se fue para Australia y se lo llevó”. También están los que salieron de circulación, desaparecieron tragados por las superpobladas cárceles que nos ponen a salvo de tantos malvados. Están los desaparecidos porque no aguantaron la presión de una sociedad sin oportunidades, sin horizontes, sin posibilidades excepto para los fuertes. A estos desaparecidos se los tiene empastillados o tarados a fuerza de terapias de shock, y guardados en el altillo para evitar la vergüenza de las familias. Desaparecidas están las percantas que se llevó y que se sigue llevando la trata de blancas internacional. En fin, desaparecidos es lo que sobra entre nosotros. No en vano, y no sin esfuerzos de desaparición, desde hace medio siglo la única población en el mundo que no crece en absoluto es la nuestra.

Grynbaum le da a este tema tan sensible de los desaparecidos, el único tratamiento ficcionalmente justo en la perspectiva de la literatura crítica. El fulano de su relato “Desaparecido” simplemente desaparece en el aire, tan en el aire como el celebérrimo gato de Cheshire, aunque sin testigos. Desaparece de un lugar cerrado cuya única puerta está a la vista de su pareja. Es, digamos, la desaparición perfecta, tal y como podemos hablar del crimen perfecto, sólo que el enigma del crimen perfecto siempre termina siendo resuelto, mientras que la desaparición en el aire del fulano del cuento de Grynbaum no tiene verdad ni solución alguna. Permanece prístina, inoxidable, incontaminada, sin hipótesis razonables posibles. Todas las desapariciones en que abunda el paisito se condensan en una sola, perfecta, redondita, sin explicación ni motivo posible, que está ahí para permitirnos pensar la esencia del desaparecer en estado puro, sin los atenuantes de desaparecer por uno o por otro motivo.

¿Qué es lo que queda de un desaparecido cuando no hay un rollo político o social del que aferrarse para vestir su ausencia? No queda nada. Queda lo que, poco o nada, el fulano en cuestión era antes de desaparecer. Pero sobre todo no queda la posibilidad de sustituirlo por otro que sería héroe, mito, demonio o lo que se prefiera.

Este es el tratamiento radicalmente despojado de toda connotación –exceptuado el gato de Cheshire- que Grynbaum le da al significante más pesado, más asfixiante –“desaparecido”- que hemos producido, desde lo mediático y desde el discurso oficial, en los interminables tiempos de la post-dictadura. El resultado es, por supuesto, un relato apabullantemente desolador, un paseo por la luna, sin objetivo, ni resultado, ni final previsible alguno. Burlonamente crítica ante la reducción política del mar de las desapariciones a un solo tipo de desapariciones –las que produjo la dictadura-, Grynbaum parece decirnos: de desaparecidos en esta sociedad estamos hasta la coronilla, pero lo que es desaparecer en serio, lo que es desaparecido en serio, sin redención posible alguna, aquí lo tienen, es esto.

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De “La casa sin sol” lo menos que puede decirse es que se trata de literatura de crítica social en el más alto nivel. El asunto es el más trivial, el más trillado para los montevideanos: el estado lamentable, en particular en lo edilicio, de muchos de los centros de enseñanza secundaria pública.

Aquel cuyo final aquí se narra, llamado La casa sin sol porque tiene una sola puerta, la de entrada, y ninguna ventana, un buen día se derrumba, se viene debajo de puro viejo y de falto de mantenimiento. Pero Grynbaum no utiliza esta situación verdaderamente extrema para hundirnos en los abismos del patetismo y de la tragedia. En realidad todos los estudiantes y los funcionarios, docentes y no docentes, consiguen salir de edificio justito antes de que termine de colapsar.

Lo que nos afecta profundamente en el relato de Grynbaum no es lo que nos cuenta, que ya es bastante terrible, sino el modo en que nos lo cuenta. Lo que en realidad tiene para decirnos no es lo que nos dice sino el modo en que nos lo dice. En efecto, el texto está compuesto como un gran coral, o como un gran mosaico, en el que no hay narrador exterior alguno, en el que las unidades mínimas se suman para hacer emerger la imagen global. Cada breve párrafo o pasaje consiste en lo que narra o reflexiona alguno de los numerosos protagonistas, siempre identificable (en tanto alumno, profesor o funcionario) sólo a través de lo que dice, sumándose todas las voces para dar cuenta no sólo de cómo sucedió el insuceso, sino, más allá, de cuál era la naturaleza de la comunidad que día tras día habitaba aquel oscuro tugurio educativo.

“La casa sin sol” es un texto luminoso, inspirado en el sentido más puro de la palabra, auténtica poesía libertaria que consigue revelar, en la última trinchera de la sociedad que son a menudo estas instituciones, la fuerza radical, humana, la solidaridad de la que es posible esperar, más que de las ideítas erráticas en cuanto a educación de los señoritos del gobierno de turno, el verdadero cambio. Es el texto que es incapaz siquiera de concebir como posible el escritor acabado del relato de apertura.

La autora

El volumen de cuentos “Un escritor acabado” es la demostración de la profundidad y la sutileza de que es capaz la ficción de crítica social cuando es producida desde la más auténtica libertad de espíritu. Grynbaum encuentra siempre el ángulo inesperado desde el cual su tema, por más trillado que esté, por más cargado que esté de patetismo retórico, retoma toda su fuerza para revelarnos su verdad verdadera. Una escritura de esta índole incomoda, perturba el conveniente matrimonio entre los lugares comunes y la ideología. No por nada el volumen fue rechazado por varias de las más prestigiosas editoriales independientes.

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