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viernes, 17 de junio de 2016

Ercole Lissardi - DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE LA PORNOGRAFÍA -

Acerca del uso del término:


Constato muy a menudo la utilización del término “pornografía” para cualquier representación de la sexualidad humana en la que se presente directamente la
actividad genital. No se trata de una utilización despectiva ni con fines de estigmatización, sino de una utilización puramente taxativa: si se presenta directamente la actividad genital, es pornografía. Algo que se pretende tan sin discusión como que dos y dos son cuatro.


Subyace a esta utilización una mentalidad dizque pragmática: cortemos por lo sano, al pan, pan y al vino, vino, y evitemos las discusiones bizantinas. Es pornografía y punto. Aparte agréguele usted la adjetivación que más le guste.

Se opone a esta utilización del término en primer lugar el sentido común: un término que se le puede aplicar a objetos muy diferentes no tiene ninguna utilidad.

Lo que en realidad subyace a esta utilización del término es una mezcla de incomprensión y de pereza. Pereza para hacer el esfuerzo de análisis, abstracción y síntesis que implica comprender. Porque la presencia explícita de lo genital en una representación de la sexualidad puede tener variadas razones, y cada una de ellas exige un término que le sea adecuado. Esta multiplicidad, esta variedad, esta riqueza terminológica y lo que implica en tanto precisión y profundidad en la comunicación es la razón misma de ser del lenguaje.

Las representaciones de la sexualidad cuya único –repito: único- objetivo es mostrar la actividad sexual son lo que debemos llamar pornografía. Si existe otro objetivo, por tenue que sea, entonces no es pornografía. Nadie sabe mejor esto que el consumidor de pornografía, que rechaza cualquier aditamento que le impida acceder sin más a lo que le interesa.

Es importante notar que esta definición precisa del término rechaza otra utilización habitual: aquella según la cual la pornografía –tal y como la definimos: o sea como exhibición explícita de la sexualidad humana sin más objetivo que la mera exhibición- se produce siempre con la intención de su comercialización. No es así. Internet, con su legión de ciudadanos dispuestos a exhibir gratuitamente su sexualidad, demuestra –para desgracia de la industria de la pornografía- que la pornografía, para serlo, se basta con la mera exhibición explicita sin más objetivo que la exhibición misma, aunque nadie gane dinero produciéndola.

Por último, mi definición precisa y restrictiva del término rechaza otra definición habitual: aquella según la cual la pornografía, o sea la mera exposición de la sexualidad, se caracteriza por su finalidad de excitar a quien la consume. Es cierto, pero no es una característica definitoria, porque en todas las formas del consumo –incluso aquellas que no implican comercialización- la finalidad es la satisfacción del consumidor.

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La lección moral de la pornografía:


Para el observador concienzudo de la conducta humana nada hay que no encierre una enseñanza. La pornografía no es excepción. Aun a propósito de esa actividad dedicada a exhibir la sexualidad humana nomás por exhibirla, es posible elaborar una reflexión que comporta una enseñanza moral, o sea, que nos sirve para vivir mejor.

La dama del armiño, Leonardo da Vinci 

La pornografía, en tanto fenómeno masivo que permea todos los niveles de nuestra cotidianidad, nos enseña que, contrariamente  lo que nos han venido enseñando el arte y la cultura de Occidente, artes esencialmente del rostro y de la mirada en tanto “espejos del alma”, nada debemos esperar de los rostros y las miradas que se nos ofrezcan a la vista. Pueden estar expresando tales y cuales valores, o directamente los contrarios.

No hay especificidad facial, ni modo de mirar por peculiar que sea, que en los infinitos archivos de la pornósfera no puedan ser encontrados entregándose con total fruición a las faenas de la orogenitalidad. No hay rasgos fisionómicos, por más codificados que estén en tanto representación de la espiritualidad, la dignidad y/o la nobleza que en esos archivos tan numerosos como las arenas del desierto no puedan ser encontrados entregándose a las formas más pasmosas de la animalidad. En la masa insondable de los que se esfuerzan por exhibirse sin restricciones a cambio de un estipendio no hay ideales fisionómicos objetivos o subjetivos de belleza, integridad, señorío, o lo que sea, que en estos archivos demoníacos no se los pueda encontrar utilizados de las maneras más caprichosas: bañados con semen o con orina, o lamiendo orificios anales.

Esta es la elevadísima lección moral que la pornografía proporciona a quienes se detienen a meditarla mientras la consumen –mientras digo porque este tipo de verdades sólo se hacen evidentes en lo más intenso de la experiencia: que no hay estereotipo humano idealizado que no reviste en los infinitos archivos de la pornografía. Asumido esto, se comprende que nada debe esperarse de sólido, honesto o íntegro a partir del aspecto exterior de una persona. Y puesto que –como sabemos, o debiéramos saber- las palabras no han sido inventadas sino para agregar confusión a los empeños de los humanos, no queda sino confiar en el criterio del Buen Señor cuando nos dice que a los humanos, como a los árboles, se los conoce por sus frutos.

Se me dirá que para el rechazo del aspecto exterior como criterio de valor no hace falta darse un baño de pornografía. Eso es cierto para los espíritus sublimes, pero no lo es tanto para el común de los mortales, que en estos tiempos que corren viven sumergidos en la cultura pornográfica.

Si algún sistema de representaciones había de liberar al arte y a la cultura de Occidente de la tiranía del rostro humano –que siempre se pretendió portador legítimo de significados trascendentes- ese sistema es la pornografía. Su desfile infinito, necesariamente exhaustivo de fisionomías, aniquila cualquier pretensión de trascendencia de cualesquiera apariencias de la fisionomía humana. Mejor sería que para evitar nostalgias engañosas de aquí en más todos lleváramos máscaras neutras o nos hiciéramos la misma cirugía estética para tener todos la misma cara.

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