Buscar este blog

viernes, 12 de agosto de 2016

Ana Grynbaum – El artista y sus caníbales – (sobre "La hora del lobo", de Ingmar Bergman)

La hora del lobo, de Ingmar Bergman, es el relato de la pasión del pintor Johan Borg, quien, cuando pretende aislarse del mundo para dedicarse exclusivamente al arte y a la vida conyugal, recorre las diversas estaciones
de la tragedia de ser el artista que está llamado a ser, hasta que ya no queda nada de su ser humano.

Max von Sydow y Liv Ullmann en "La hora del lobo",
de Ingmar Bergman, Suecia, 1968

La inexplicable desaparición de Johan, conjuntamente con los fantasmas que lo habitan, ante la mirada atónita de Alma, su mujer, es la conclusión del periplo del artista en la guerra con sus demonios, desde su llegada a la isla de Baltrum, casi siete años atrás. Lejos de perderse respecto de su deseo de crear, Johan se convierte de este modo en un artista consagrado.

El grupo de fantasmas que perturban a Johan con sus visitas está conformado por:
a) un niño, al que Johan termina asesinando, aunque, antes del desenlace, la lucha cuerpo a cuerpo sugiere un combate sexual,
b) una anciana con sombrero, que, cuando se lo saca, su rostro se descompone, poniendo en evidencia lo corruptible de la carne y la nada que se esconde bajo la apariencia,
c) el Barón von Merkens, decadente dueño de la isla y del castillo, cuya fortuna fue dilapidada,
d) Corinne, su esposa,
e) la anciana madre del Barón,
f) Ernst von Merkens, el hermano del Barón, siempre al borde de la catástrofe emocional,
g) el archivero Lindhorst,
h) el curador Heerbrand, y
i) Verónica Vogler, la mujer fatal, amante del artista y del Barón.

Naima Wifstrand 

A diferencia de Alma, todas las mujeres-fantasma se encuentran entre la edad madura y la vejez, y aunque bastante decrépitas algunas de ellas, son todas fuertes y voraces. También los hombres son voraces, pero de diferente manera. Los fantasmas son denominados por Johan “caníbales”. Él sabe que lo que ellos quieren es devorarlo, y que no se van a detener hasta que lo consigan, pues en ello consiste la razón de su existencia.

Pero ¿por qué estos espíritus ansían la carne del artista?, ¿qué es lo que ellos representan? Varias cosas, incluso contradictorias, al mismo tiempo. En primer lugar, son la inspiración del pintor. Johan ha plasmado sus figuras. Además, son los demonios con los que, en la absoluta soledad de la isla pedregosa, Johan dialoga. Por otra parte, según declaran, ellos son los máximos admiradores del artista, su público. Uno de sus principales cuadros es un retrato de Verónica y está exhibido en el dormitorio de Corinne. Es decir, estos personajes son los destinatarios de su arte y sus mecenas. Entre ellos se encuentran el archivista y el curador, titulares del discurso sobre el arte de Johan, de la crítica y de la eventual censura.

Los fantasmas invitan al artista con su esposa a cenar al castillo supuestamente para rendirle homenaje, pero no pierden la ocasión de ridiculizarlo. La contracara de la admiración que profesan hacia él la constituye el odio y el desprecio con que no se privan de atacarlo. ¿Es que el artista se cree un ser superior y, por su soberbia, merece castigo? ¿Es que ha ido demasiado lejos al pretender suplantar el mundo de los hombres por su mundo personal y privado? ¿Cuán solo cree que puede llegar a estar? Por más talento que tenga, peca de ingenuo. Al mundo lo lleva en el tuétano.

Los caníbales encarnan la envidia, los celos, todas las bajas pasiones humanas que conspiran contra la pureza del arte, así como las dudas que atormentan a los creadores. Acosado por el coro de sus demonios, el artista asume su defensa: “Me llamo a mí mismo ‘artista’ a falta de un mejor término. No hay nada evidente en mi trabajo creativo, salvo la compulsión por hacerlo. No fue mi intención, me han señalado como algo raro, un monstruo. Nunca quise tener ese puesto ni tampoco hago nada para seguir teniéndolo. Sin embargo, puedo algunas veces haber sentido la megalomanía. Pero creo que soy inmune. Necesito por un segundo recordarme la poca importancia del arte en el mundo humano para así relajarme nuevamente. Pero eso no significa que la compulsión no esté.” Dicho esto, lo aplauden como a un payaso.

La hora del lobo, según una dudosa leyenda, es ese momento en medio de la noche en que suceden la mayor parte de las muertes y la mayor parte de los nacimientos. Parece clara la relación con el ciclo de la vida, núcleo del mito de Dionisos, en el que se celebra la muerte y posterior renacimiento de la naturaleza, paradigma de la creación artística, que para hacer surgir un objeto nuevo debe destruir un estado anterior de cosas. Por más miedo que Johan le tenga a la noche –tanto que no puede conciliar el sueño hasta que no llega el día-, en tanto héroe trágico, no podrá sino ir al encuentro de su destino. Es decir, realizar su obra, más allá de cualquier obstáculo, superando toda censura, y al precio que sea.

En su segunda visita al castillo, Johan llegará hasta el cuerpo desnudo de Verónica Vogler, presentado como el de un cadáver, dispuesto para que él lo tome. Pero no podrá consumar el acto sexual, pues descubre que todos los demonios lo están observando, prontos para realizar su placer voyeur. Basta que levante la mirada para que en coro se rían de él. Entonces el artista, con la mujer desnuda al fondo, les habla a la cara: “Les agradezco que finalmente se haya transgredido el límite.”

Ingrid Thulin y Max von Sydow

La carta que había recibido Verónica auguraba: “pueden pasar las peores cosas, se pueden revelar sueños. El final está cerca. Se secarán los pozos y otros líquidos humedecerán sus entrañas.” La mutación se anuncia, el artista devendrá inmortal. La flauta mágica, interpretada en el teatro de marionetas del castillo, sobrevive a Mozart; La hora del lobo sobrevive a Bergman.

Pero ¿por qué Johan termina desapareciendo? Porque en la realización artística hay una dimensión de pérdida y de sacrificio que ni el éxito ni el dinero pueden contrarrestar. En última instancia, se trata de la pérdida de sí, la entrega absoluta de lo que el artista es en tanto ser humano a cambio de un pedacito de cosa que se pueda plasmar como arte, y que en todos los casos resulta objetable. El artista debe renunciar a sí mismo, de alguna manera, para que la obra sea posible. Es necesario que se vacíe para dar lugar a la creación. Para quien está lleno de sí mismo, el arte no tiene lugar. La desaparición de Johan expresa esta renuncia de sí al extremo.

Ingmar Bergman con sus actores durante el rodaje de "La hora del lobo"


No hay comentarios:

Publicar un comentario