viernes, 21 de octubre de 2016

Ercole Lissardi - ONETTI, UN PIONERO -

Hasta donde yo sé el primer texto en la literatura uruguaya que elabora un diálogo con la pornografía es El infierno tan temido (1962) de Juan Carlos Onetti. 

 Foto de Jesse Fernández, 1971

El desafío que se plantea Onetti en este texto consiste en ir más allá de lo permitido pero sin romper las reglas del juego. Y lo logra haciendo un uso calculador y taimado, como veremos del recurso estilístico que normalmente asegura la respetabilidad de un texto: la elipsis -que deja "lo que sigue" librado a la imaginación del lector. En efecto: como se recordará el elemento central del relato son las fotos obscenas que Gracia le envía a Risso, en las que se la ve teniendo sexo con amantes ocasionales. Onetti, que en el resto del relato, como es su manera, es morosamente minucioso, no nos describe el contenido de esas fotos, pero no haciéndolo nos obliga -precisamente porque son el elemento central del relato, sin el cual no se comprenden las reacciones de Risso, que son el contenido del relato-, nos obliga, decía, a imaginarlas muy concretamente, nos guste o no, so pena de que el relato no funcione.

Ahora bien: no es que nos invite a llenar los lapsus represivos -como era la práctica habitual por entonces- con algún vago estereotipo más o menos sexoso: nos obliga a recalentar nuestra imaginación obscena porque si no lo hacemos aquello que nos cuenta simplemente no tendrá sentido. Es más: nos obliga a producir una verdadera escalada de obscenidades para que tenga sentido la escalada de reacciones de Risso ante cada nueva fotografía -reacciones estas que sí nos son detalladas minuciosamente.

¿Nos deja pues librados a lo que, identificándonos de manera inevitable con Gracia, seamos capaces de imaginar como puesta en imagen de lo obsceno? No. Calculador y taimado, como decíamos, le da una mano a nuestra imaginación suministrando pinceladas ínfimas, marginales, dispersas, casi subliminales, apenas lo imprescindible para gatillar nuestra imaginación.

"Foto parda, escasa de luz, en la que el odio y la sordidez se acrecentaban en los márgenes sombríos". "El hombre estaba de espaldas (...) la mujer sin cabeza clavaba ostentosamente los talones en un borde de diván, aguardaba la impaciencia del hombre oscuro". "Sola, empujando con su blancura las sombras de una habitación mal iluminada, con la cabeza dolorosamente echada hacia atrás, hacia la cámara, cubiertos a medias los hombros por el negro pelo suelo, robusta y cuadrúpeda". "Trajinaba sudorosa por la siempre sórdida y calurosa habitación de hotel, midiendo distancias y luces, corrigiendo la posición del cuerpo envarado del hombre". "Caras adelagazadas por el deseo, estupidizadas por el viejo sueño masculino de la posesión (...) con una dura sonrisa, con una avergonzada insolencia". "La yegua -en cueros y alzada". "La suciedad del mundo, la torpe y errónea visión fotográfica, las sátiras del amor". 

Pornografía de los años cincuenta 

 ¿A qué remiten estos indicios, diseminados a lo largo del relato, que Onetti nos da para que imaginemos el contenido de las fotos que Gracia se saca mientras tiene sexo con sus amantes ocasionales? La visión impía de las miserias de la desnudez, la luz plana e implacable de los flashes, los encuadres azarosos, remiten sin duda, como único modelo icónico disponible, a las fotografías amateurs, torpes y crudas que producía el protonegocio pornográfico de aquel tiempo. Onetti pretende que imaginemos las fotos que envía Gracia a partir de ese modelo. Ojee el lector el capítulo dedicado a los cincuentas de la Colección Rotenberg de fotografía pornográfica, que editó Taschen hace un par de años, y tendrá una idea bastante precisa de lo que el texto de Onetti pretendía de la imaginación de su lector. En El infierno tan temido la degradación de la pureza originaria (Gracia creyó las palabras bonitas, los absolutos que le propuso Risso) sólo puede terminar en el resumidero de la más obscena de las imágenes del amor que Onetti conoce: la de la pornografía sórdida, sin maquillajes de su época.

En resumen: si no cumplimos con la tarea que se nos ha asignado de saturar de obscenidad -a partir del modelo pornográfico- nuestro acto de lectura, entonces El infierno tan temido sencillamente no funciona, es letra muerta. El corazón del texto lo ponemos nosotros, o el acto de comunicación artística no tiene lugar. De más está subrayar la conexión entre esta erótica de la obscenidad, más virtual que objetivada en el texto, construida con la complicidad activa del lector, y la dialéctica entre inocencia y corrupción, entre pureza y degradación que recorre la totalidad de la obra de Onetti. 

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