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miércoles, 5 de abril de 2017

Ana Grynbaum - Las momias de Guanajuato -

Sinceramente aconsejo a los espíritus sensibles abstenerse de avanzar por esta nota. Porque, una cosa es saber acerca de la corruptibilidad de la carne y otra cosa, muy diferente, es verla.

En un lenguaje similar al de los sueños, subir la pendiente escarpada que lleva,en Guanajuato, desde el centro de la ciudad hasta el recinto de los muertos, puede ser equivalente a descender al inframundo para ir a su encuentro. El Museo de las momias queda exactamente junto al cementerio.


El elemento terrorífico esencial de la momia es que se trata de un muerto que -de alguna manera- sobrevive; una violación flagrante a la ley elemental de la corrupción de la materia. La paradoja central en los cadáveres humanos momificados radica en que, siendo mero pedazo de materia inerte, no dejan de ser profundamente, esencialmente, humanos. Humanos en aquello que constituye la experiencia límite de la vida: la muerte. Las momias nos interpelan en nuestro miedo a la muerte, a que haya o no haya algo después y qué características tenga. Y también respecto del destino de esos seres que fueron para nosotros importantes y de quienes la muerte, con su hachazo siempre violento, nos ha separado.



Las momias cuentan con la particularidad de que en ellas no hay distancia entre el referente real y su representación. En este sentido tienen un plus respecto de las más morbosas imágenes del arte cristiano, e incluso de las esculturas de los museos de cera. Las momias reúnen en sí a la imagen y a la cosa; son la cosa misma, y también la representan. Encarnan, realmente, lo sobrenatural; consisten en una materialización de lo imposible, una imagen de lo irrepresentable. Por eso resulta tan difícil y tan duro simplemente contemplarlas.


Las Tías, como llaman los lugareños a sus momias, tienen la peculiaridad de haber surgido en forma espontánea, debido a las condiciones del suelo en que fueron sepultados los cuerpos. Por ello, el museo de Guanajuato ofrece una interjección, curiosa e inquietante, entre naturaleza y cultura. La cultura interviene construyendo el museo -marco, vitrina o frasco- de esa inesperada producción de la naturaleza. Aun orgullosa y redituablemente exhibidas, esas momias no son fruto del trabajo humano.




A diferencia de otros cuerpos humanos que fueron propositivamente momificados, como por ejemplo los egipcios, los guanajuatenses no fueron elegidos para esa forma de inmortalidad. No hubo voluntad de destinar a las Tías un viaje especial por la ultratumba, nadie les preparó el equipaje. Al último de los viajes ellas lo enfrentaron solas y con lo que llevaban puesto. Si persistieron al paso del tiempo fue por motivos azarosos, que la ciencia puede explicar sin deshacer el misterio.

Todas las momias poseen el carácter privilegiado de que, a pesar de haber muerto, continúan ocupando un lugar en el mundo de los vivos, pero las Tías no sólo se conservaron sino que además ascendieron. En tanto piezas de museo, y por sus peculiares características, piezas únicas, superaron el estatus que tenían en vida. Habiendo sido ciudadanos del común, la momificación los convirtió en personajes relevantes. El museo es su mausoleo.



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Si bien toda momificación desafía el normal y natural proceso de corrupción de la materia, las momias naturales resultan mucho más siniestras que las artificiales. Las Tías superan en su capacidad de horrorizar a las discretas habitantes de los sarcófagos egipcios, tan estilizadas ellas, y mucho más todavía a personajes como Jeremy Bentham –el del panóptico-, británico en vida y tras la muerte también, que permanece sentadito, bien disciplinado,en su ropero del University College de Londres, mientras no lo llevan a las reuniones.



Se podrá argumentar que las Tías no son ni las únicas ni las mejores de las momias naturales. Los Niños de Llullaillaco, sacrificados por los Incas y preservados en el hielo de los Andes, están tan enteros, con sus prendas, cabellos y hasta juguetitos, que podrían pasar por muertos frescos. Pero, justamente, al no estar ni completamente vestidas ni enteras las de Guanajuato muestran aquello que es para nosotros, seres humanos vivos, -casi- imposible de ver, y en ello consiste su excepcionalidad terrorífica.



Estas momias de Guanajuato son el resultado de una bizarra acción –o aberración- de la naturaleza. La heterogeneidad en el proceso de momificación de los cuerpos muestra una diversidad de estados y formas de la corrupción de la materia orgánica verdaderamente excepcional.




Pero las Tías están exhibidas no sólo en la crudeza de su condición, sino con algún agregado creativo. Son actores en una obra macabra. Estas momias se muestran posando de lo que fueron, y, sobre todo, de lo que fueron dejando de ser.


Es posible reconocer en las momias de Guanajuato esa tradición artística típicamente mexicana de representar escenas con calaveras, convirtiendo así a los restos humanos en personajes que se mueven como si estuvieran vivos. Esa operación permite que los muertos tengan una existencia propia, por lo demás: demasiado parecida a la nuestra. Al parecérsenos tanto nos prometen que, después de la muerte, nosotros también seguiremos existiendo, casi igual que cuando estábamos vivos. El tratamiento de los muertos en el arte mexicano atraviesa el morbo para llegar a otro plano, en cuyo pasaje el humor -antídoto poderoso- interviene de forma privilegiada.


Ahora, que no las tengo delante, las Tías se me antojan parecidas a las Hortensias de Felisberto, esas muñecas de tamaño natural y calefacción central que hacían de mujeres, recreando a los maniquíes que en las vidrieras del London-París alimentaban la imaginación de los paseantes. También las Tías, desde sus vitrinas, forman escenas. Escenas que, para su mayor repercusión, se desplazan, cual fantasmas, a través del vidrio, hacia el escenario de la mente de quien las visita.



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La primera noticia que tuve de las momias me llegó siendo muy pequeña, con los Titanes en el ring. Los acordes sensacionalistas que acompañaban la entrada en escena de la Momia Negra y la Momia blanca me inmovilizaban en una mezcla inolvidable de miedo y fascinación.


Las Tías carecen de ese vendaje rotoso con que se arropan generalmente las momias, no tienen esos blancos símbolos del hospital y los tormentos de la carne que la medicina dispone para las rupturas de nuestro cuerpo. Estas momias están más desnudas de lo que nadie, muerto o vivo, puede estar.



La desnudez de las Tías se da en diferentes niveles. Algunas conservan algo de ropa, más o menos sana, e incluso zapatos. Algunas tienen todavía algo de carne, con mayor o menor superficie de pellejo; otras sólo el hueso, en algunos casos semipodrido. Como si los grados de descomposición presentaran diferentes niveles de desnudez, diversos estadios de verdad de la materia.


Los vestigios de ropa y calzado que han permanecido conforman una segunda piel, algo más resistente que la primera, poniendo de relieve la insuficiencia de la vestimenta como envoltorio, así como la insuficiencia de la piel y de la carne para revestir nuestros huesos, y la propia fragilidad de nuestra osamenta.


Los restos de vestido contribuyen a la percepción de lo siniestro, en el sentido que subrayó Freud en su archi-citado artículo. Lo siniestro es lo terrorífico en el ámbito de lo familiar. Y si estas momias pueden llamarse tías es porque, algunas, llevan la misma indumentaria de los parientes en las viejas fotos de familia.


Pero hay un motivo más profundo para que estas momias nos resulten familiares y es que su vulnerabilidad deja al descubierto la materia que nos conforma a todos, sin importar las diferencias, y el destino de corrupción que nos aguarda. Porque las Tías, auténticas y casuales, muestran, sin voluntad propia, diversos grados y formas de corrupción de la materia humana –materia humana en su nivel no metafórico-. Y dentro de la visión del horror de la carne consumida, algunos órganos, como los sexuales, resultan especialmente horrorosos, por todo lo que su turgencia viva simboliza para nuestro deseo.

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Las Tías presentan una gestualidad apabullante, una elocuencia infernal. No hizo falta que leyera el cartel para saber que la mujer que fue enterrada viva corrió tal suerte. Su historia no es literatura fantástica. El gesto de su rostro, que quisiera poder esconderse tras el brazo levantado, es tan rotundo como inútil. Ella quedó congelada en la mímica de darse cuenta que había sido enterrada aún con vida. Y que la vida que le quedaba no era otra cosa que esperar inmóvil la muerte. La desesperación moldeó su figura con la fuerza bruta de los hechos.



¿Hasta qué punto esos diversos gestos que reconocemos en la postura y el rostro, incompleto, de esas momias responde a un movimiento del alma o resulta un mero producto de la erosión de las cosas?

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Lo que deseamos de nuestros muertos es que descansen en paz. Y también que nos dejen en paz, que su recuerdo no nos persiga.

Es posible que buena parte del culto a los muertos consista en el deseo de que el muerto se vaya llevándose también sus cositas, su voluntad y las pretensiones que ha tenido respecto de nosotros. Porque, como Canetti enseñó, entre las hordas de seres invisibles que coaccionan a los vivos, la de los muertos es la más poderosa.

Pero las momias no sólo siguen existiendo post mortem, a diferencia de los otros muertos, su existencia no es meramente virtual sino tangible, innegable.

Las Tías no descansan en paz, no las dejamos, su drama se renueva con cada visita. Ellas se han vuelto fantoches al servicio de nuestra curiosidad, en mayor o menor medida morbosa o cultural. Ir a visitarlas implica, en algún nivel, profanar su tumba. De ahí la turbia sensación que nos acompaña a la salida.


Es que al recorrer el museo nos involucramos en el espectáculo obsceno de lo que debería permanecer oculto, por respeto a los muertos, al sentido común, al buen gusto, etc. No se sale del museo de las momias igual que como se entró. Acaso corramos una suerte parecida a la de los que acompañaban a Champollion, tal vez alguna maldición haya prendido en nosotros.

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En el mejor de los casos las momias tienen valor de memento mori, o recordatorio de la inminencia de la muerte, y, por ende, llamado a gozar de la vida. En tanto objeto, constituyen una especie de metáfora de lo que, por hallarse en el centro de nosotros mismos, es inaccesible a la experiencia directa: la muerte que corromperá nuestra carne desde el propio interior del cuerpo.

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Acaso este escrito constituya una forma de conjuro. Previsiblemente, mis supersticiones más inconfesadas asomaron las orejas a lo largo del texto.

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Todas las fotos son mías, excepto la que estoy yo, que fue tomada por Lissardi. 

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