sábado, 12 de junio de 2021

ERCOLE LISSARDI - WETLANDS

Leí el libro de Charlotte Roche, de 2008, y vi la adaptación cinematográfica que hizo David Wnendt en 2013. 


Poster del film Wetlands

A efectos de facilitar su manejo publicitario el libro presenta un flaco nivel argumental: convaleciente en el hospital operada de hemorroides, Helen -18 añitos- intenta reconciliar a sus divorciados padres haciéndolos coincidir en torno a su lecto doloris, no lo logra y decide no regresar a su hogar. Manejándose con estos tópicos el reseñista de turno puede cumplir con su tarea sin asustar al lector. 

En realidad el nivel significativo del texto es otro: sola y aburrida en su cama de hospital Helen repasa, prolija y sistemáticamente -revelando así la vocación transgresora de su escritura-, las relaciones que mantiene con su propio cuerpo. Odia la higiene y para perfumarse detrás de la oreja utiliza su esmegma, se come las costritas de sus lastimaduras y sus mocos, no cree en las infecciones en los baños públicos y para demostrar que tiene razón limpia con su vulva la taza del inodoro en el baño público más repugnante que encuentra, para ganarse unos días más de convalecencia en el hospital -reanudado la esperanza de reunir a sus padres- se penetra el ano con la barra del freno de las ruedas de la camilla, reabriendo la herida y forzando una nueva intervención quirúrgica -de urgencia esta vez debido a la torrencial pérdida de sangre-, finalmente, y para no ir más lejos, Helen recuerda cómo el primer día después de cumplidos los dieciocho, de manera de ya no necesitar la autorización de sus padres, se hizo esterilizar -respondiendo así a la eterna cantilena de su madre cuando quiere obligarla a hacer algo que ella rechaza: “Ya vas a ver cuando tengas hijos…”

El libro está muy bien escrito. No se crea que el recurso abundante al lenguaje escatológico hace de alguna manera más fácil la escritura. Llana y directo, divertido si se tiene el estómago suficiente, Wetlands está escrito con notoria maestría. En el estilo me recuerda a Candy de Terry Southern. También me la recuerda en esto: ambas novelitas presentan zonas hasta entonces inexploradas. Confieso que lo primero que pensé al leer Wetlands fue que me hubiera sido útil conocer en mi adolescencia una confesión tan cruda de realidades y fantasmas de la intimidad femenina, seguramente me hubiera ayudado a liberarme de las imágenes de prístina pureza que nuestras coetáneas se creían obligadas a endilgarnos.

La adaptación de Wnendt paga tributo al medio: el espectador de cine quiere sobre todo que le cuenten una historia. Por consiguiente, al adaptar, los flacos huesos argumentales que propone el libro son retomados y trabajados hasta que el padre, la madre, el guapo enfermero y la amiga íntima tienen también sus historias para contar. Lo cual no quiere decir que se olviden los adaptadores del verdadero nivel en el que el libro funciona: el nivel de repugnancia en el film es suficiente como para sostener una defensa de la honestidad de su adaptación. Por lo demás el director es capaz de una escritura fílmica tan llana y directa, tan chispeante y divertida como la del original literario. 


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