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jueves, 17 de julio de 2014

Ana Grynbaum - Y el diablo… ¿tampoco existe? -

Recién ahora, meses después de la edición, caigo en la cuenta de cómo influyó la novela El Maestro y Margarita –de Mijaíl Bulgákov- en mi relato Un escritor acabado.

Hasta casi cincuenta años después de la muerte de su autor, El Maestro y Margarita permaneció inédita a causa de la censura que pendía sobre ella. Incluso la auto censura amenazó su existencia: Bulgákov quemó la primera versión de la novela en 1930. Y con ese acto descubrió que “los manuscritos no arden”. El libro fue re-escrito y su autor trabajó en él hasta su muerte, en 1940.

Hoy en día, El Maestro y Margarita es considerada una de las mejores obras literarias de la Unión Soviética… El régimen cayó, Bulgákov sigue existiendo. Es que los escritores que verdaderamente tienen lo qué  decir y encuentran la forma para hacerlo, a pesar de todos los poderes temporales y sus molestias, son como los huevos: cuanto más se los cuece, más duros quedan.

Bulgákov, condenado al desconocimiento y otras penurias, llevó al propio diablo a Moscú y lo sentó en un banco de plaza entre dos literatos del establishment soviético. El diablo aparece justo cuando Berlioz –jefe de redacción de una revista literaria oficialista y director de una de las principales asociaciones de literatos- le está explicando al joven Desamparado cómo debe rehacer el poema que escribió contra Cristo, puesto que su Cristo tiene demasiada vida. El experimentado literato le explica lo que todos por entonces debían saber: Dios no existe, Cristo no existe y todo lo que no colabore con la legitimación del régimen soviético tampoco. En eso el diablo aparece, caracterizado como un extranjero y se mete en la conversación.

Entonces sucede una de esas cosas que sólo la literatura puede producir. El diablo les pregunta a los burócratas de la cultura:
- Y el diablo... ¿tampoco existe? 
Tras lo cual, habiendo anunciado la decapitación de Berlioz, sólo resta proceder a la ejecución, a la vista de todos los ciudadanos presentes y también del joven poeta Desesperado. El escritor resbalará y un tranvía lo atropellará, separándole la cabeza del cuerpo.

Decapitar no es dar la muerte de cualquier manera. A los tiranos se les corta la cabeza. Se trata de arrancarles el poder del que abusaron, en forma ejemplarizante. Aquel que se pretendía omnipotente cae de golpe en la impotencia.

Pero Bulgákov no se da por satisfecho con decapitar al capo de los escritores burócratas. Su cabeza quedará rodando por el pavimento. Y esa cabeza sigue rodando por las calles moscovitas aún hoy: a la letra viva no la consume el fuego. El movimiento de esa cabeza produce la caída de otras cabezas, como por ejemplo la imposibilidad de escribir para Zeballos, mi escritor acabado.

Zeballos, literato oficialista y pusilánime, se ve enfrentado al peor infierno que un escritor puede temer: el infierno de no poder escribir. Como ha señalado David Le Breton, para un artista el peor de los riesgos es no arriesgarse. De hecho, no ponerse en juego, no correr el riesgo de exponerse, implica la anulación de su condición de artista. Y el artista que no puede producir su arte es como el Rey Lear cuando deja de ser rey: se reduce a una nada insoportable.

La caída de la cabeza de Berlioz juega un rol equivalente a la imposibilidad de Zeballos para seguir escribiendo. Ambos caen en la impotencia. Un escritor que repite lo que el orden instituido le dicta, está liquidado. Séneca el joven lo dijo: “Hablar bien es decir lo que uno piensa”. Y este decir verdadero se convierte en acto: tiene consecuencias imprevisibles, que lo prolongan en el tiempo.

Bonus track:
https://www.youtube.com/watch?v=AZ1tcS8mm-o


La archifamosa canción de los Rolling Stones, Sympathy for the devil (1968), 
está inspirada en el diablo de El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. 


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