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jueves, 24 de julio de 2014

Ercole Lissardi - ESTRATEGIAS DE LA ESCRITURA DE LA INTIMIDAD (II). Mi madre, de Georges Bataille

Un texto inacabado

     Escasa y mayormente inacabada, la obra literaria de Georges Bataille es, según Michel Foucault, la más importante en habla francesa del siglo XX (1). Avala semejante juicio la intensidad desgarradora que alcanza la escritura de Bataille para iluminar, en los límites expresivos del lenguaje, el más allá
que asoma en el delirio sexual de sus personajes. Cuando en el prólogo a El azul del cielo Bataille (2) se pregunta ¿Cómo perder el tiempo con textos a los que, manifiestamente, su autor no se ha visto obligado? lo que hace es señalar aquello que para él es el valor decisivo: la medida en que en la escritura está en juego todo para el autor. Su escritura cumple siempre ejemplarmente con este requisito.
     No sólo la obra literaria de Bataille, también su obra de pensamiento –no menos importante que la literaria: el mismísimo Martin Heidegger se dignó descender desde su solitario Olimpo para manifestar que Bataille es hoy la mejor cabeza pensante francesa (3)- se caracteriza por la abundancia de proyectos largamente trabajados y luego abandonados inconclusos. Esos proyectos inacabados hoy son reimpresos y estudiados como lo que realmente son, no las ruinas de una impotencia, sino los destellos enceguecedores de una mente poderosa, sólo capaz de habitar en los límites, en las zonas de riesgo abismal.
     Es una tarea ineludible, al considerar la obra de Bataille, asomarse a los muñones de sus textos abandonados para tratar de comprender en el cruce de qué imagen o de qué idea ya no le fue posible seguir adelante. En lo que sigue interrogo a Mi madre (1954-55), el último de sus proyectos literarios mayores – los anteriores fueron, en orden cronológico Historia del ojo (1928), El azul del cielo (escrito en 1935, editado en 1957),  Madame Edwarda (1941) y El abad C. (1950)-, intentando determinar por qué lo archivó cuando era uno de sus proyectos más ambiciosos, cuando había empleado en él una considerable cantidad de tiempo –a sabiendas de que sus plazos vitales estaban ya muy delimitados por su enfermedad- y cuando lo tenía ya en un alto nivel de acabamiento. Hasta donde yo sé, no existen estudios específicos de esta cuestión. El supuesto de lo que sigue es que la respuesta se encuentra analizando los borradores de Mi madre, publicados por primera vez en su totalidad en el Tomo IV de las Obras Completas de Bataille, editadas por Gallimard (4).
     Con todo, es necesario establecer un contexto general que explique las decisiones que podemos rastrear en esos borradores.

Erotismo y pornografía

     Un fantasma recorre la literatura del siglo XX: el fantasma de la pornografía. En la imposibilidad de negar la importancia decisiva de la sexualidad en la vida y, por consiguiente en el arte, a manera de dedo para tapar el sol, y con la intención de frenar un poco la escalada puritana para la que absolutamente todo lo que tenga que ver con lo sexual es pornografía y por consiguiente objeto de persecución policial, el establishment crítico-académico elabora hacia fines del siglo XIX la antinomia erotismo/pornografía (el primero, artístico, sugiere; la segunda, no artística, muestra), dupla conceptual que cumplirá diversas funciones: legitimará el sistema de inclusiones y exclusiones, entretenimiento favorito del intelectual institucional; permitirá al legislador establecer en qué caso debe intervenir la policía, y, last but not least, hoy en día, en el ambiguo reino de la permisividad en el que vivimos, servirá al marketing de la industria pornográfica como password para promocionar su mercadería (¡Tenemos la mejor pornografía de la red!).
     Desde que quedó establecida dicha antinomia y una vez que fue interiorizada hasta ser considerada natural y razonable (el arte está en sugerir, no en mostrar), comenzó a funcionar, así legitimada, la autocensura: el artista produce consciente de un gran agujero negro que debe bordear con mucho cuidado para no caer en la obscenidad: al autocensurarse lo que se pierde, lo que queda fuera es mucho de lo esencial en la vida psíquica.
     La revolución sexual de los sesentas vino a terminar de patear semejante tablero. Pero hasta ahí nomás, porque si por un lado la censura fue desapareciendo, al punto de que el concepto condenatorio pasó a servir al marketing, por otra parte para vastos sectores de los aparatchik crítico-académicos la antinomia sigue siendo legítima y operativa –un Baudrillard puede afirmar alegremente, maquillando un poco la antinomia, que la pornografía empieza donde terminan las metáforas (5).
     Hasta el cambio en los niveles de permisividad que introdujo la revolución sexual todo discurso que incurriera en los excesos de la mostración se definía como pornografía y debía circular clandestinamente y con seudónimo, o verse sujeto a procesos judiciales (Joyce, Miller, Nabokov) de imprevisibles consecuencias, en los que era inútil argumentar la legitimidad de una estética de lo obsceno, porque la cuestión no era filosófica sino técnica: se ven pendejos o no, se ve mucosa o no, se ve pezón o no, el pene está tumefacto o no, se usan o no tales y cuales palabras, y la penalización era siempre la parte más precisa de la ley.

Bataille y la censura

     Bataille, que tenía perfectamente clara la importancia para su literatura de instalarse en los dominios de lo obsceno (Hay horror en el ser: este horror es la animalidad repugnante cuya presencia descubro en el punto mismo en que la totalidad del ser se compone. Pero el horror experimentado no me aleja, el asco no me descorazona (...) puedo, al contrario tener sed de él; lejos de eludirlo puedo resueltamente abrevar de este horror que me hace abrazar más este asco convertido en mi delicia. Dispongo para eso de palabras sucias que avivan el sentimiento que tengo de tocar el secreto intolerable del ser. Esas palabras puedo pronunciarlas para gritar el secreto descubierto, para estar seguro de no conocerlo sólo yo: en ese momento no dudo más de abrazar la totalidad sin la cual no estaba sino fuera: gozo) (6), también tenía claro que vivía de su puesto de empleado público -bibliotecólogo en la Biblioteca Nacional-, condición que lo hacía especialmente vulnerable en el terreno de la conducta y las costumbres. Publicó Historia del ojo (1928) y Madame Edwarda (1941) con seudónimo y clandestinamente (la primera en una edición de 134 ejemplares, la segunda en edición de 50 ejemplares). Pero en la postguerra, después de Auschwitz y de Hiroshima, estaba claro que muchas cosas habían cambiado: en una modernidad que mostraba su cara más brutal, la legitimación de la represión sobre la sexualidad ya no tenía sobre qué sostenerse. Con todo, el cambio no fue radical sino gradual. Sólo en los setentas el establishment, asustado por las revueltas filoanarquistas de fines de los sesentas, optó por aflojar la represión –por lo menos en lo sexual, a manera de válvula de escape- declinando la pretensión punitiva del Estado hacia los que incurrieran en excesos de mostración en el contexto de su práctica artística.
     Cuando en 1950 Gallimard acepta la edición de El abad C. –primero de los grandes proyectos literarios que aparece con el nombre de Bataille- de lo que se trata es de un texto bastante amañado, que propone situaciones realmente pesadas pero que elude hábilmente llamar a las cosas por su nombre. Como dice en el propio texto: se trata de un relato escrito en el lenguaje formal de las charadas (7). Poco después, en 1951, en una emisión de radio, Bataille todavía rechaza ser el autor de Historia del ojo, pero en 1956, al reeditarse Madame Edwarda, sin renunciar al seudónimo, agrega al texto un prólogo extenso que firma con su nombre. Ese mismo año declara como testigo de la defensa en el juicio por pornografía contra Jean-Jacques Pauvert, editor de las obras de Sade. Precisamente en estos años de indecisión en cuanto al costo que implica en autenticidad y en libertad de expresión el asumir la autoría de sus ficciones eróticas, concretamente entre 1954 y 1955, es que Bataille trabaja en el proyecto Mi madre. Inevitablemente el texto muestra las huellas del dilema.

Dialéctica de la corrupción

     Mi madre tiene dos partes. Cada una nos relata una relación triangular. En la primera, Pierre, adolescente, es corrompido –léase: iniciado en las formas más “viciosas” y, por consiguiente en la lógica de Bataille, más angustiadas de la sexualidad- por Héléne, su madre, que sólo retrocede ante el coito, instancia que deja en manos de su amiga y amante Réa. En la segunda, Pierre, partida su madre para un largo viaje, vive una intensa relación amorosa con Hansi, otra amante de su madre, a la que comparte con Loulou, amante masoquista de Hansi. La relación amorosa entre Pierre y Hansi está de antemano condenada por el ambiente de “vicios” y “excesos” en que viven. Efectivamente, cuando retorna Héléne, retoma su dominio sobre Pierre y el incesto se consuma. Héléne se suicida, Réa entra en un convento, Hansi normaliza su vida casándose y teniendo hijos.
     Mi madre es, pues, la historia de un incesto. Pese a la intensidad febril del relato, a la aparente inexistencia de distancia entre el narrador y su materia, a la insistencia con que subraya que está narrando sus recuerdos de hechos sucedidos décadas atrás, en Mi madre no hay nada autobiográfico. Se trata de una ficción, de un artificio cuidadosamente elaborado para alcanzar un impacto máximo. El grado más elevado de elaboración se encuentra en la sutil y rigurosa dialéctica con que, en cada una de las partes, escalada de revelaciones mediante, se alcanza la mayor “abyección” a partir de situaciones de aparente “normalidad”, en un itinerario que es básicamente de exacerbación de los placeres sexuales, pero más profundamente de decepción y derrota.
     En la primera parte, al morir su padre, a quien cree un borracho y un violento que le hace la vida imposible a su santa madre, Pierre cree que ahora sí podrá disfrutar en paz de su edipo. Pero su madre pronto lo pone al tanto de los secretos de la familia: ella es la borracha, ella es la que vive una sexualidad desenfrenada, ella es la que ha torturado a su padre. Luego su madre lo inicia en la masturbación poniéndolo frente a la colección de fotografías “sucias” de su padre. Le hace saber que en realidad ella prefiere a las mujeres. Goza junto con él –a cuatro manos- de Réa, su amiga y amante, a la que cede, finalmente, la instancia de la cópula. Le relata cómo fue concebido mediante violación. Le revela el origen masturbatorio de su desenfreno sexual. Etc, etc. Cada escalón implica un nivel mayor de “exceso”, “corrupción” y “angustia”.
     De la misma manera, en la segunda parte, a partir de la situación primigenia en la cual se produce un limpio y auténtico enamoramiento entre Pierre y Hansi, lo que se desencadena es una serie de revelaciones que nos van poniendo al tanto de la verdadera naturaleza de la relación de Hansi con Héléne y con Loulou, su amante masoquista.
     Así pues, al ser dejado de lado, Mi madre estaba completamente desarrollado como estructura de relato, con cada momento de la progresión suficientemente elaborado como para resultar la historia perfectamente comprensible en todas sus dimensiones. Se trata de más de cien páginas, que seguramente implicaron meses de trabajo. La pregunta es ¿cómo llegó Bataille al momento de abandonar definitivamente el proyecto?
   

Decisión y crisis

     Bataille conservó -y han sido editados en las Obras Completas- los manuscritos de Mi madre tal y cual estaban al abandonar el proyecto (8). Había completado una primera escritura, de principio a fin, y luego había avanzado hasta casi completar una segunda escritura. El conjunto de los manuscritos editados comprende: el de esta segunda escritura y, desde donde esta fue abandonada hasta el final, el de la primera escritura. Y además numerosas notas en hojas sueltas destinadas a suplantar o modificar pasajes del texto.
     De la simple lectura de los manuscritos se concluye claramente que la primera escritura de Mi madre, en cuanto a lenguaje era mucho más audaz que la segunda. Es lo que Michel Surya en su biografía de Bataille constata, al pasar, en una nota al pie de página  (9) cuando señala que Bataille duda entre una versión “decente” (¿editable?) y una versión más cruda (¿destinada a la clandestinidad?). Aunque se equivoca, como veremos, cuando agrega que el estado en que quedó el texto no indica que haya habido una decisión al dilema.
    Lo que muestran los manuscritos es que al comenzar la segunda escritura Bataille decidió autocensurarse. Decidió, sin abandonar lo esencial del  relato, depurarlo: no entrar en el detalle de las situaciones más fuertes, no emplear palabras prohibidas, eliminar lo más evidente entre lo que pudiera dar lugar a un encontronazo con la censura y, eventualmente, a un proceso por pornografía. Sin duda que deseaba continuar, utilizando los mismos métodos, lo que había comenzado con El abad C.: publicar su literatura con su nombre. Sin embargo no pudo sostener esta decisión hasta reescribir completamente el texto. Fue capaz de reescribir completa la primera parte y casi toda la segunda parte de la tremebunda historia eludiendo las palabras prohibidas y salteándose los pasajes decisivos, acudiendo al lenguaje formal de las charadas, como dice en El abad C., pero hubo un punto en el que no pudo seguir adelante. Ese punto es el momento en el que el triángulo erótico de Pierre, Hansi y Loulou comienza a concretarse. ¿Por qué no pudo? Creo que se puede arriesgar una respuesta a esta pregunta si se explora cuidadosamente el lugar de la crisis.

Besar o lamer

     Pero antes veamos un ejemplo de a qué tipo de violencia estaba Bataille sometiendo a su texto al reescribirlo. En la primera parte, la primera vez que salen juntos Pierre, Héléne y Réa, hay un momento en la versión ya corregida en que, en medio de la borrachera, Réa –narra Pierre- se inclinó hacia mí. Me hizo una proposición tan obscena que en el embrollo de reacciones en que estábamos, no pude retener la carcajada de risa.
-Repítelo, me dijo mi madre.
-Acércate, le dijo Réa, yo te lo voy a repetir.
Mi madre se inclinó hacia Réa. La misma risa pueril nos cosquilleó tan excesivamente, la proposición obscena de Réa era de una incongruencia tan loca... etc etc (10). La escena continúa sin que se nos revele el contenido de la tal proposición.
     Más adelante, ya solo, Pierre reflexiona acerca de la proposición –que, como veremos, no por muy incongruente y obscena es menos importante para comprender el universo espiritual en al que su madre lo viene arrastrando. Bataille, consciente de que su personaje no puede reflexionar acerca de algo que su lector no sabe qué es, abre un poco la puerta, aunque advirtiendo que no con las mismas palabras que Réa había utilizado. Dice Pierre: Yo me repetía complacido: “el trasero de Réa”, que ella había, en el lenguaje de las calles, ofrecido a mi joven virilidad. Esta parte de Réa que yo quería ver y de la cual, invitado por ella, quería yo abusar... etc etc (11).
     A esta altura el amable lector ha deducido que Réa le ha propuesto a Pierre un coito anal. No es el caso. Consciente de la dificultad para descifrar su texto, Bataille da un paso más adelante. Continúa Pierre: Yo la bendecía por el risible regalo que ella me haría cuando, en lugar de la frente pura de mi madre ella ofrecería lo que era demente ofrecer a mi beso. En el colmo del delirio y la fiebre murmuraba:
-Quiero de ti el placer innombrable que tú me ofreces nombrándolo... etc (12).
     Aquí el lector ya no puede tener dudas. La proposición de Réa –llevada a su lenguaje de la calle- no pudo sino haber sido esta: “Besame el culo”. Conclusión que parece confirmarse más adelante en la afiebrada reflexión de Pierre cuando se refiere al innombrable beso que me había propuesto (13), y a cómo siente que se abre al deseo del repugnante, risible beso (14). ¿Sería, pues, esa exactamente la fórmula “innombrable” que Bataille tenía en mente?
    La supervivencia de la totalidad de los borradores de Mi madre permite saber cuáles eran los términos de la proposición que originalmente Bataille tenía en mente. En efecto en el manuscrito de la primera escritura en este pasaje se lee una nota que dice: Pierre, que se masturba, eyacula. Mientras suelta el chorro se repite las palabras que Réa le ha murmurado al oído: “Pasarás tu lengua por el agujero de mi culo” (15). Cuando se conoce el sentido trascendente de la abyección en la erótica batailleana, se aprecia en toda su magnitud la violencia de la fórmula que Réa le propone a Pierre para debutar en los misterios del amor.
     Por supuesto, siempre habrá mentes obtusas que, tomándose en serio la fórmula cínica de Borges, que decía apreciar a las dictaduras porque desarrollan la ironía y la metáfora, argumentarán que retorciéndole así el cuello a su texto, anegándolo en firuletes hipócritas, Bataille alcanzaba una formulación más exquisitamente literaria.

El lugar de la crisis

     Lo cierto que es Bataille no pudo mucho más con la tarea de “adecentar” su texto. Ya cerca de la zona de crisis en que abandonará el texto observamos, no sin sorpresa, que incurre incluso en la vieja estrategia de sustituir palabras prohibidas (“sagradas” para él) por otras aceptables. Claro que no incurre en cualquier substitución: es incapaz -por integridad intelectual y porque la confusión de sentidos sería catastrófica en su texto- de poner “hacer el amor” en lugar de “coger”. ¿Qué hace entonces? En vez de “coger” pone “soñar” (rêver), y nos asegura –ya un tanto lastimosamente- que sus personajes se complacen en el “lenguaje equívoco” (16).
     No hay otra manera de decirlo: durante la escritura, o más exactamente de la reescritura de Mi madre, Bataille padece una crisis de lenguaje. La libertad absoluta con que se había expresado en sus textos clandestinos comparece aquí a manera de mala conciencia para sabotear su intento de escribir un texto absolutamente excesivo de manera perfectamente pasteurizada. Imposible para él. El abad C., con sus ambigüedades y deslizamientos del punto de vista narrativo, todavía podía soportar semejantes amañamientos de lenguaje (no sin sufrir por ello), pero en un relato tan franco y directo como el de Mi madre ya era imposible. La hipocresía llorona de la que sería capaz un par de años después Nabokov con su Lolita, era imposible para Bataille: a determinada altura del absurdo prefirió el silencio.
     Pero seguimos sin responder a la pregunta de por qué esa crisis de lenguaje sucede donde sucede y no en otro punto cualquiera del texto. La crisis se produce cuando el enamoramiento de Pierre y Hansi comienza a verse desbordado por el deseo de voluptuosidad y exceso. Loulou, camarera voluntaria y amante masoquista de Hansi, está ahí, demasiado cerca, tentadora. Pierre tiene sueños orgiásticos. Aquí se detiene Bataille. ¿Con qué debía seguir? Con el tramo final del relato: la presencia epistolar de la madre corruptora saboteando la relación de Pierre con Hansi; el sentimiento de derrota anticipada, de que regresando la madre no sabrán negarse a su imperativo de corrupción; el acuerdo de Pierre y Hansi para “divertirse” con Loulou (pero deteniéndonos a tiempo (17), pide Hansi sin demasiada convicción); la diversión llevada hasta la abyección; y luego el regreso de la madre y el final con incesto. Nada menos. Bataille debe de haber pensado que hacer que el lector sobrevuele semejantes abismos de pasión en alas del lenguaje formal de las charadas sólo podía conducir a una especie de texto esquizofrénico, irritante hasta la puteada –que es lo que efectivamente sucede al leer ciertos pasajes de la primera parte de Mi madre o al leer El abad C.
     Pongámoslo así: en El abad C. se trataba del Deseo contra la Fe, en la primera parte de Mi madre se trataba nada menos que del Incesto (¡madre e hijo, rabiando de deseo, sustituyen el coito por una terrible... mirada!) (18), en ambos casos la enjundia temática legitimaba de alguna manera el alambicado escamoteo. Pero en esta segunda parte de Mi madre no se trataba más que de tres bellos jóvenes ávidos de corromperse. ¿Cómo someter sus juegos de placer a semejante represión expresiva? ¿Cómo legitimar semejante parti pris estilístico?
     Harto de la gimnasia hipócrita Bataille cambia su decisión. Decide escribir el texto como debe ser escrito y después preocuparse de cómo editarlo. Sigue entonces adelante con la reescritura pero cambiando el signo, acentuando aún más la audacia de la primera escritura. Es así que ese tramo final del relato es el más cargado de intercalado y de notas para agregados, unos y otros caracterizados por la violencia expresiva que contrasta con la alambicada reticencia de lenguaje con que se (y nos) había estado torturando.
     Pero esta explosión de intercalados y agregados marca el final de la energía y de la paciencia de que disponía Bataille para Mi madre. No llega a redactar ese tramo final con esta nueva tónica. Menos aún le da como para retomar el texto desde el principio para una tercera escritura, que hubiera debido ser audaz como ninguna. Atraído por quién sabe qué otro proyecto –y la mente voraz y explosiva de Bataille siempre tenía algo más en el horizonte- encarpeta los manuscritos y las notas, y los olvida. La crisis de lenguaje pudo más que el proyecto al que dedicó tanto tiempo y esfuerzo. Unos meses después Bataille comienza el pulido de El azul del cielo, un texto que dormía en sus cajones desde hacía veinte años -mucho menos transgresor a nivel de lenguaje que Mi madre, por cierto- y que publicará con su nombre un par de años después, en 1957.

La máquina de exceder

          ¿Cuál es el contenido de esa explosión de intercalados y agregados finales de Mi madre? Si ya la primera redacción era audaz hasta la exasperación (la orgía comienza cuando Loulou se arrodilla frente a su ama, Hansi, trayendo en una mano una fusta y en la otra un gran consolador, y pidiendo su “recompensa”) (19) los agregados van más lejos. En uno se agrega a la pequeña orgía una gran dimensión escatológica (20). En otro Loulou, para excitar a Pierre, imagina en voz alta los servicios que Héléne, en plan “puta blanca”, consuma sobre los aborígenes en las callejuelas oscuras de El Cairo (21). En otro, preliminar del incesto, Héléne cae en éxtasis frente a la verga erecta de su hijo (22).
     ¿Qué pasó por la mente de Bataille una vez redactados estos agregados? Debe de haberse imaginado el conjunto de la novelita, escrita con esta libertad de imaginación y de lenguaje, y debe de haber temblado: realmente era demasiado. ¿Qué hacer? ¿Editar clandestinamente, con seudónimo otra vez? ¿Cuánto tardaría en correr la voz de quién era el verdadero autor? Bataille nunca fue, en vida, realmente famoso, pero a esa altura de su vida y de su obra era lo bastante conocido como para que, a nivel de élite, no hubiera la menor duda respecto de quién era el autor. ¿Qué consecuencias tendría esa autoría en años en que el pensamiento retrógrado peleaba, en los tribunales, sus últimas batallas contra la desregulación de los discursos sexuales?
     Nada más lejos de mi ánimo que reprocharle a Bataille una especie de cobardía, de paso atrás. La radicalidad de su obra édita bastaba ya, en el momento de la decisión de abandonar Mi madre, para echar luz sobre zonas oscuras e inexploradas de la sexualidad humana. Como literato y como pensador Bataille corrige y profundiza los descubrimientos de Freud en relación con las conductas sexuales. No sin razón anotaba, preparando el proyecto Divinus deus –que incluiría obras como Madame Edwarda y Mi madre en una unidad superior-, tratándose a sí mismo en tercera persona, como si estuviera pensando en firmar un prólogo con seudónimo: Al releer Madame Edwarda el texto lo sorprendió; le pareció que jamás nadie había escrito algo tan grave; vio en ese texto la respuesta a la literatura de todos los tiempos (23). Es necesario tener presente  que cuando Bataille abandona Mi madre se estaba ocupando ya de otro proyecto formidable: la escritura de lo que sería El erotismo, que publicaría en 1957. Bataille –escribe Alexandrian en su Historia de la literatura erótica- es el primer filósofo que consagró un libro al erotismo –esa palabra estuvo hasta entonces desterrada de los estudios filosóficos, o tomada en sentido peyorativo-, mientras los demás teorizaban acerca del amor, como Sénancour, o del sexo, como Freud (24). Es más que probable que Bataille, metódico como era, consciente de su enfermedad y del recortado plazo vital que tenía por delante, más que abandonar un proyecto, haya optado entre Mi madre y El erotismo, dos proyectos que le demandarían enormes gastos de energía (Mi madre                no sólo implicaba la reescritura total, sino además enfrentar las posibles consecuencias legales de su publicación).
     Cerró seguramente la carpeta de Mi madre con resignación, prometiéndose volver a ella en cuanto le fuera posible, pero con la íntima convicción de que no sería él quien volviera a abrir esa carpeta, con la amargura del que observa, lúcido e impotente, cómo se diluye el mejor, el más encendido de los sueños.


Montevideo y 2004.


Notas:

(1) Georges Bataille, Oeuvres Complètes, Gallimard. Tome I, Introduction.
(2) Ibid, Tome III, p. 381.
(3) Citado en Michel Surya Bataille, la mort à l’oeuvre, Séguier, 1987.
(4) Aunque en este artículo no me ocupo para nada de la cuestión de las influencias no puedo dejar de dar un par de referencias. Por un lado el breve texto de Jarry El amor absoluto, texto casi secreto que tuvo una primera edición de 50 ejemplares en 1899 y la segunda edición recién en 1952, un par de años antes de que Bataille comenzara Mi madre, y que tiene el mismo encare misticizante para el incesto de madre e hijo. Por otro lado es fácil reconocer en la escena en que el hijo encuentra fotos pornográficas en el escritorio del padre recientemente fallecido la escena correspondiente en El hombre sin atributos, de Musil, que por entonces comenzaba a ser conocida en traducción francesa.
(5) Jean Baudrillard Contraseñas, Anagrama, 2000, p. 35 y ss.
(6) Citado en Surya, op. cit., p. 435.
(7) OC, Tome III, p. 339.
(8) OC, Tome IV.
(9) Surya, op. cit., nota 12, pág. 425.
(10) Ibid, p. 214.
(11) Ibid, p. 217.
(12) Ibid, p 218.
(13) Ibid, p 218.
(14) Ibid, p. 219.
(15) Ibid, p 402.
(16) Ibid, p. 251.
(17) Ibid, p. 264.
(18) Ibid, p. 228, 235, 236, 238. La abundancia de referencias da una idea de la importancia que Bataille atribuyó al hallazgo de esta substitución.
(19) Ibid, p. 268.
(20) Ibid, p. 267, nota.
(21) Ibid, p. 273.
(22) Ibid, p. 276.
(23) Ibid, p. 387.
(24) Alexandrian Histoire de la littérature érotique, Seghers, 1989.

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