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viernes, 29 de mayo de 2015

Ercole Lissardi - EL SÍNDROME DEL CELIBATO -

Soy lector de The Guardian, on line por supuesto. Desde hace un tiempo vengo leyendo artículos, basados en estudios e investigaciones por demás serios, que advierten acerca del progresivo desinterés en la actividad sexual que se observa en las nuevas generaciones. Ejemplos: “¿Por qué los jóvenes
en Japón han dejado de tener sexo?” (23.10.13), “¿Por qué la Generación Y está teniendo menos sexo?” (18.3.14), “¿Por qué no quiero tener sexo?” (13.5.15).

El piso del tema está en este último artículo, que se centra en el dato duro según el cual –el estudio estadístico es de 1993- el uno por ciento de la población es asexual, o sea que no experimenta ningún deseo ni atracción sexual y, por consiguiente, no tiene ni quiere ningún tipo de relación sexual. Más allá de este dato básico los artículos en general exploran la tendencia creciente a prescindir de la actividad sexual, y por consiguiente de la formación de pareja y de la procreación, analizando los factores que en nuestras sociedades están dando impulso a la tendencia: competitividad laboral, adicción a la tecnología, etc. Las cifras que se aportan son, efectivamente, preocupantes.

Invito a la lectura de estas interesantes piezas periodísticas y aporto un par de reflexiones sobre aspectos que estos artículos no tienen en cuenta.

La descarga orgásmica es inevitable. Se puede intentar ignorarla, pero la sensualidad presiona y termina por conseguir una vía. Quiero decir: que si estos ñatitos encuentran incómodo o innecesario coger está claro que por lo menos se hacen la paja. Podemos ir deduciendo que el autoerotismo dejará –si ya no ha dejado- de ser un fenómeno marginal producto de circunstancias eventuales o etarias y pasará a ser uno de los modos estructurales de la sexualidad humana. Aparte del libro, por demás decepcionante, de Thomas Laqueur, casi no existen estudios serios sobre la masturbación.


Mirando las cosas con cierta distancia y con no poca objetividad es posible coincidir en que la interacción sexual entre humanos no es algo en sí demasiado motivante. La obtención de la famosa cosquilla implica una inversión de todo tipo, misma que no puede sorprender que muchos encuentren excesiva. Zonas básicamente excretoras de la anatomía son puestas en actividad frenética, tiempo es invertido en ello, y actividad marginal de tipo emocional a menudo es inevitable. Hay maneras más higiénicas y enriquecedoras de pasar el tiempo.  Si, excluida la urgencia por procrear, los seres humanos han puesto tanto empeño en la cuestión debe de haber otra fuente para el impulso necesario. La hay, o la hubo. Es o era el Deseo. Un misterioso impulso de posesión que nos ciega en la convicción de que si, entre otras cosas, no nos cogemos a ese otro, nada tiene sentido en el mundo. Lo que verdaderamente está sucediendo no es un desinterés en la actividad sexual, es –si los números y las tendencias reseñadas son ciertos- la desaparición de esa fuerza misteriosa, un agotamiento podríamos llamarlo así, del Deseo. La verdadera pregunta sería, pues: ¿Por qué ya no experimentamos Deseo? ¿Por qué ya no nos parece que ese otro posee esa cosa misteriosa sin la cual el mundo no tiene sentido? ¿Estamos tan vacíos, tan yermos que no somos capaces experimentar o de provocar Deseo? ¿Estamos todos tan idénticamente formateados por los universos de que nos provee la tecnología que ya no encontramos en el otro una diferencia que pueda encendernos? ¿Somos tan idénticos que desear al otro es desearnos a nosotros mismos, cosa por supuesto mucho más cómoda, higiénica y sin riesgos? ¿El autismo erótico es la última escala del viaje del Deseo? ¿Somos al fin nuestra Penélope, nuestra Beatrice, nuestra Julieta, cómodamente enconchados por fin en nuestra mismidad?

No hay asexualidad ni hay renuncia a la actividad sexual, lo que hay es síntomas del agotamiento o la imposibilidad del Deseo.

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