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viernes, 21 de agosto de 2015

Ana Grynbaum - La falsa autora -

Morvern Callar –protagonista de la película homónima- no comete plagio, directamente se apropia del manuscrito de un muerto, inscribe su nombre en el lugar del nombre del autor y pone el libro a circular en el mercado editorial.
Se apropia de la obra literalmente y a lo bestia. Nadie se entera de que el libro no es suyo, ni siquiera se enteran de que el autor ha muerto. Aclaremos de entrada que la muerte del autor aquí no es ninguna patraña estructuralista, no hay metáfora, Morvern no se mueve en el terreno de las sutilezas lingüísticas.

De este modo, muy freudianamente –aunque la protagonista no tenga ni idea- ella incorpora dentro de sí no sólo al ser querido muerto, sino también sus productos. Un duelo perfecto, como quien dice un crimen perfecto. Y altamente productivo. Porque en ese movimiento de apropiación ella se transforma, pasando a protagonizar una existencia conforme con sus deseos.

Paradójicamente, mediante el robo –no hablaremos de atentado a la propiedad intelectual porque ningún abogado habrá de intervenir- ella consigue la autoría de su propia vida. Para eso necesitaba solamente dinero y tiempo libre. No se vaya a creer que pretendía usurpar el lugar del Autor; para nada, ella es una simple muchacha de pueblo. Sólo quiere pasarla bien: sol, sexo, drogas, música. Y, sobre todo, abandonar su insípido y esclavo puesto de trabajo en un supermercado acomodando vegetales.

Tras volver a ver la película, más de una década después de la primera vez, la misma escena conquista mi interés por encima del conjunto -excelente- del film. Haré el rodeo mínimo indispensable para llegar hasta ella.

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Morvern vive en un pueblito de Escocia junto con su pareja: un joven escritor. Al comenzar la película el escritor ya se ha suicidado, su cuerpo desangrado atraviesa el apartamento que fuera su hogar. Morvern no sabe qué hacer con el muerto ni con su vida. Irá encontrando una forma propia de lidiar con la catastrófica situación y rehacerse, una forma muuuy peculiar.

En la penumbra del apartamento, la pantalla de la computadora invita: “Read me” –suerte de referencia carrolliana: eat me, drink me-. Morvern obedece. Allí está la despedida del muerto junto con la novela que ha terminado de escribir. Declara: “it is for you”. Y ella aceptará el regalo, pero no de la manera en que él habría pensado que lo haría.

Samantha Morton como Morvern Callar

El escritor ha dejado una lista de editoriales a las cuales ofrecer el libro; si no acepta la primera, habrá que probar suerte con la segunda, la tercera… Morvern envía el texto a la primera editorial de la lista y con los ahorros que su pareja le ha dejado se va de vacaciones al sur de España. Pero justo antes de partir la llaman de la editorial, muy interesados en su material.

Morvern no está dispuesta a sacrificar sus vacaciones. Los editores –un hombre y una mujer, más bien jóvenes y muy cool- viajan a entrevistarse con ella en España. La cita tendrá lugar casi en la playa, con un mar paradisíaco al fondo. Allí sucede la escena que me importa, y me hace reír cada vez que la recuerdo.

Tras destacar la “distintiva voz femenina” del texto que van a publicar a cambio de una enorme cantidad de dinero, pese a ser la opera prima de una joven, la pareja de editores le pregunta al prodigio de las letras por su entorno. Morvern responde:
          Hago libros porque es mucho lo que me brinda. Es mucho mejor que despertarse en las mañanas frías pensando que te faltan treinta y nueve años para jubilarte. Cuando escribís, podes parar de trabajar cuando quieras, mirar por la ventana, fumar un cigarrillo, prepararte una taza de café, darte una ducha…

Morvern no tiene ninguna relación con la escritura. Acerca del libro “de su autoría” parece no tener ni la menor idea, no haber leído una sola línea. Forzada a componer su personaje de autora, apela a la imaginación y todo lo que puede visualizar son cuestiones absolutamente exteriores y ajenas al acto de escribir. Las ventajas de ser un escritor que se le ocurren son el exacto reverso de su padecimiento como empleada de supermercado. El artista tiene la libertad que a ella le falta. Pero, asumiendo ese lugar que la desaparición física del verdadero escritor le deja, Morvern va a poder disfrutar de los beneficios “materiales” de ser un autor reconocido y bien remunerado. Para ella eso es más que suficiente, puesto que no es una artista. Lo que hace es cobrar su herencia y disfrutarla lo mejor que pueda.

Quizá Morvern respondió de esa manera porque pensaba que, mientras ella se rompía el culo laburando, el tipo se la pasaba rascándose. Y es posible que se hubiera rascado en abundante, pero, entre rascada y rascada, escribió un libro. El único libro que Morvern podrá usufructuar, pues ella es incapaz de hacer literatura.

Cabe destacar que a los editores el speech de Morvern no les sorprende en lo más mínimo. ¿Será que esperan de los escritores que representen un papel exótico, que no digan más que frivolidades, como si, al modo de un oráculo, en su ambigüedad se refirieran a cosas que están más allá del horizonte del común de los mortales, o como si bastara con tocar lo que fuera con su varita mágica de Autor para convertirlo en algo interesante?

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¿Qué diría la crítica acerca de la femenina voz del autor de la novela? ¿Cómo relacionarían la alienada existencia de la empleada del sector frutas y verduras con los contenidos del libro? Ese capítulo, que –al menos en la película- no está, podría llegar a ser muuuy divertido.

¿Perdería sustancia la obra del escritor muerto al serle atribuida a la joven inculta? La respuesta no podría tenerla sino el lector de la obra, pero éste, en el planteo de la película, tampoco sabrá la verdad. ¿Afectará esa ausencia el placer de su lectura? Al espectador no lo molesta el hecho de que la película gire en torno a un libro del que nada se sabe y a una falsa autora que habrá de cambiar su propia existencia en base al usufructo de unos derechos de propiedad intelectual que pone a su cuenta.

Seguiré con la cuestión del autor en próximas entregas (si dios quiere).

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Morvern Callar, film dirigido por Lynne Ramsay, Reino Unido, 2002. La película está basada en la novela, homónima, de Alan Warner.

Respecto a la incorporación de los seres queridos muertos como forma del duelo, cf. S. Freud, Duelo y melancolía.

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