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viernes, 28 de agosto de 2015

Ercole Lissardi - DE LA VIDA BURGUESA -

No fue sino hasta que le puse por título La educación burguesa a una de mis historias (ver El centro del mundo, Planeta, 2013), utilizando así por primera vez en mis ficciones una referencia explícita a la burguesía, que me di cuenta
de hasta qué punto el universo de lo burgués es importante en lo que hago.


Recuerdo que cuando ese título se me ocurrió –saliendo aparentemente de la nada, como todo lo que se me ocurre al escribir-, o más exactamente cuando alguien me preguntó por el sentido del título, sólo pude aducir para justificarlo la dimensión política de mi literatura, como si tomar como referente a la burguesía implicara necesariamente poner en juego lo político, la lucha de clases. Resabios de la tópica marxista de la que mamé de muchacho. Creo que mi literatura es política, pero no en el sentido restrictivo del término.

Hoy, cuando por el mero paso del tiempo y de los libros, tengo una mirada si no más objetiva por lo menos más distante de mi quehacer literario, me doy cuenta de que la referencia a la burguesía emergió por primera vez explícitamente en ese título, pero implícitamente estaba presente en buena parte de lo que he escrito.

Para ser más preciso: ¿qué tipo de burguesía es mi referente? No la gran burguesía, sino la pequeña burguesía. La burguesía que no ha alcanzado posiciones de opulencia o de poder social, pero que sí ha alcanzado niveles de estabilidad económica suficientes como para elaborar una conciencia de la superioridad de sus privilegios respecto de la vasta mayoría del común de los mortales, y como para elaborar un mundo, tomando prestadas las migajas del banquete gran burgués, un mundo cuyas reglas y rutinas son antes que nada las del disfrute y la reproducción de sus privilegios.

Este mundo estable, seguro de sí y perfectamente regulado es el marco ideal cuando de lo que se trata es de mostrar que el Deseo es una fuerza que, una vez parida en el misterio y en la exasperación, ya no se la puede controlar. O sí se la puede domesticar pero a condición de adaptarla al marco burgués y de adaptarse el marco burgués a ella –hipocresía mediante. Que es lo que sucede en La educación burguesa. La educación burguesa es acerca de cuál es el costo de fabricar un matrimonio perfectamente burgués.

Ulisa (HUM, 2008), por su parte, es acerca del carácter sagrado del matrimonio burgués, acerca de cómo debe mantenérselo al margen de las voluptuosidades a que conduce el Deseo. Ilustra la máxima según la cual no se debe tratar a la esposa como se trata a una prostituta. Es, pues, también acerca de la hipocresía que es connatural al espíritu burgués. Para el burgués las apariencias lo son todo. Todo es posible para el burgués, pero de noche, cuando nadie lo ve.

La vida burguesa es un marco de referencia aparentemente rígido, o que se presenta como rígido, pero que en realidad es plástico y flexible en extremo. En una ficción con burgueses los hay que son aún inocentes, no saben que las reglas están para romperlas si es que se sabe hacerlo con discreción, sin escándalo, y hay personajes que saben, que son sabios, que se manejan como pez en el agua en la hipocresía burguesa. Hay personajes que se entregan al vértigo del Deseo pisoteando las reglas del juego y sufriendo las consecuencias, y hay quienes saben, como el protagonista de Ulisa, mantener separados los tantos.

De entre mis novelas publicadas quizá Interludio, interlunio sea la más radical en la crítica de la sensibilidad burguesa, en mostrar los límites extremos a que puede llegar la hipocresía burguesa. Se puede ser capaz de delectarse en el consumo de las más exquisitas expresiones artísticas que pueda producir el alma humana y a la vez ser incapaz de reconocer como ser humano al prójimo y de compadecerse por su sufrimiento. Interludio, interludio quiere concientizar recurriendo a la exageración de lo que se quiere demostrar, como sucede en La metamorfosis, de Kafka, o en Los pájaros, de Hitchcock.

No hay transgresión sin marco de referencia respecto del cual se transgrede. La delincuencia necesita de las leyes. La blasfemia necesita de la religión. El Deseo, transgresor por naturaleza, necesita de la moral burguesa, que ha hecho de la hipocresía su sine qua non.

Buñuel se ocupó de la burguesía en tres obras maestras: El ángel exterminador, El diario de una recamarera y El discreto encanto de la burguesía. En las dos primeras el burgués es un ser malvado y corrupto, pese a las apariencias está a un paso siempre de caer en la degradación y en la animalidad. Lo curioso es que luego de diagnósticos tan drásticos, en la tercera de la serie, Buñuel ofrece del burgués un retrato si no simpatizante, por lo menos compasivo –le ha encontrado, al fin y al cabo, un “discreto encanto”, como dice el título. Los burgueses en esta versión son unos farsantes y unos pícaros que fingen superioridad y señorío, y que son inaceptablemente molestados por la irrupción de la real realidad cada vez que intentan entregarse a sus señoriales placeres.

En lo que me concierne, no tengo sobre el burgués una mirada antropológica como la que tiene Buñuel. Me conformo con dar de su mundo detalles característicos suficientes como para que el lector reconozca el marco de referencia contra el cual voy a hacer jugar los desvaríos del Deseo. En mis libros la burguesía es un figurante, en las películas de Buñuel es el protagonista.

Fascinantes y enigmáticas son las “puntuaciones” que utiliza Buñuel a lo largo de El discreto encanto de la burguesía. Son escenas breves y desconectadas del conjunto de la ficción. En ellas los seis burgueses caminan apurados por una carretera sin tránsito alguno y en una zona despoblada. Su gesto es el habitual, mundano y arrogante, de darse importancia, su atuendo es formal y urbano. Sus pasos, nítidamente sonando sobre el asfalto, resuenan en la nada. ¿A dónde van? ¿De dónde vienen? ¿Dónde está su vehículo? Nada sabemos, sólo que caminan apurados por una carretera por la que nadie circula. Se apuran como si estuvieran llegando tarde a un compromiso, a un espectáculo de ópera, o a un vernissage. Me recuerdan a los burgueses de El ángel exterminador, que por alguna razón incomprensible no pueden salir de la sala de su anfitrión, aunque las puertas están abiertas. Pobrecitos los burgueses, tan pagados de sí, tan colgados de la nada, tan innecesariamente perturbados por los absurdos de este mundo.


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