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viernes, 4 de septiembre de 2015

Ana Grynbaum - El autor como performer -

En nuestra sociedad del espectáculo no basta con producir objetos de arte para convertirse en artista. No es tan simple como que zapatero es quien confecciona zapatos y panadero quien hace el pan. El autor se ha vuelto un
performer que necesita, además de producir su arte, fabricar una imagen de sí que le permita colocar sus pancitos y sus zapatitos en el mercado.

A primera vista es posible distinguir dos grandes figuras del artista como performer, que parecen estar en las antípodas. Ellas son: el artista glamoroso y el artista ascético. El ascético, se presenta como un humilde servidor en la corte de la Gran Causa del Arte, donde el glamoroso, se las da de príncipe. El glamoroso es dueño de sí mismo, de la misma manera que el ascético no es dueño de nada. Por más que uno oficie desde el brillo y el otro desde la opacidad, por más que el ascético pretenda llegar al hueso y el glamoroso se cubra de plumas, ambos son performers y el éxito o el fracaso de su actuación depende, en última instancia, del público. Como en el tute, se puede perder o ganar tanto yendo a más como yendo a menos.

A continuación me ocuparé del artista ascético, tomando como ejemplo el protagonista de “Un artista del hambre”, de Franz Kafka.

El ayunador Papuss en su urna de cristal 


UN ARTISTA DEL HAMBRE


El protagonista de “Un artista del hambre” es un ayunador profesional. Estos ayunadores tuvieron su auge entre fines del siglo XIX y principios del XX. Como Reiner Stach señala, en su monumental obra sobre Kafka, durante la Primera Guerra Mundial el hambre asoló de tal manera Europa que su espectáculo se volvió obsceno y la exhibición de estos artistas se redujo hasta desaparecer. La existencia del protagonista de este cuento está atravesada por esa decadencia.

El ayunador de Kafka pasará de ser el único protagonista del espectáculo a constituir un espectáculo lateral en un circo. Pero, en cualquiera de estas circunstancias, el sentido de su performance está cifrado en el hecho de tener espectadores. Por eso, cuando ya nadie le presta su mirada, el artista llega a su fin. Y puesto que el ser humano del artista estaba completamente jugado a su rol performático, junto con el artista perece también el hombre.

Pero, antes de lanzar su último suspiro, -como corresponde- lanzará su última verdad. Pide perdón por haber querido que admiraran su ayuno, que para él no constituía ningún esfuerzo, ningún trabajo. Confiesa que estaba obligado a ayunar porque no podía hacer otra cosa.

Si el relato se cortara allí, nos quedaríamos con una súper poética metáfora de la vocación artística. Pero el relato sigue: el ayunador no comía porque no podía encontrar comida que le gustara. Son sus últimas palabras, sin embargo: ”en sus ojos rotos aún se podía vislumbrar el convencimiento fuerte y orgulloso de seguir ayunando.” Y aún falta el último platillo: una joven pantera lo sustituye en la jaula.


JAULA-ESTUCHE 


La jaula es el lugar de encierro de las bestias, pero también de los ejemplares exóticos, preciados y temidos. De hecho, los ayunadores profesionales se exhibían dentro de jaulas o estuches de cristal, como alhajas.

El artista del hambre se ha sostenido en su arte, como todo artista, aunque dicho arte lo confinara entre barrotes y lo empujara a una existencia no deseable para el común de los mortales.

Pero, si tal como lo hacía Kafka, la producción artística es concebida cual suerte de descenso a los infiernos, el artista resulta peligroso, no puede andar suelto… R. Stach cita las siguientes palabras de Kafka para Max Brod:
Escribir es una dulce y maravillosa recompensa, pero ¿de qué? En la noche se me volvió claro, tan claro como un instructivo visual para niños, que es la recompensa por servir al diablo. Este descenso a los poderes oscuros, este des-esposarse de los espíritus atados por naturaleza, estos dudosos abrazos y cualquier otra cosa que pueda tener lugar abajo, que es desconocida para los que están arriba, escribiendo sus historias a la luz del sol. Quizá haya otras formas de escribir, pero yo conozco sólo ésta; por la noche, cuando el miedo me impide dormir, yo conozco sólo esta forma. 


¿HAMBRE DE QUÉ?


El ayunador de Kafka, en tanto artista ascético, no es tan humilde como pretende. Antes bien, todo lo contrario. El rechazo sistemático de los alimentos que consumen los hombres vulgares le permite situarse más allá de la necesidad, en un plano súper-humano -por encima de la endeble naturaleza humana-. En su jaula tan sólo hay un reloj, símbolo de su deseo de victoria sobre el tiempo, de su aspiración a la inmortalidad. Pero el éxito sólo se lo puede brindar la mirada del público, por lo que no puede dejar de depender de sus congéneres. Por eso, cuando consigue entregarse ilimitadamente a su pasión por la no ingestión de comida, pero ya no hay quien lo vea y ni siquiera se lleva la cuenta de sus días de ayuno, de nada le sirve su capacidad de no comer. El verdadero límite de su arte es la ausencia o presencia de espectadores.

La mirada del público es el verdadero alimento del ayunador, el único que satisface su hambre. En esa mirada el artista se realiza a sí mismo, pues la imagen que dicha mirada le devuelve permite que se convierta en “el espectador más satisfecho de su ayuno”.

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Ahora bien, que la performance de un autor implique una elaborada ficción –más elaborada cuanto más pulida quede la superficie del rostro que ofrece- no significa que cada quien pueda elegir caprichosamente su disfraz. Ni todas las personas logran brillar, ni es para cualquiera llegar hasta el fondo del ascetismo. La relación entre la cara y la máscara no es para nada sencilla. ¿Cómo cuánto se puede inferir, a partir del maquillaje, lo que hay detrás…? Depende. No es infrecuente que la máscara absorba su soporte. (Al respecto escribí algo en mi entrada del 24 de octubre de 2014, “Posar de lo que uno es”.)

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Las citas de “Un artista del hambre” corresponden a la edición de cuentos completos de Kafka de Valdemar, Madrid, 2009.

La cita de Reiner Stach corresponde a una carta de Kafka a Max Brod, de 1922, y se encuentra en “Kafka. The years of insight”, Princeton University Press, 2015, pp. 471-472.

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