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jueves, 17 de septiembre de 2015

Ana Grynbaum – Sodomizar al Rey –

(Ponencia leída en el ciclo Analistas en la Polis, reunión sobre Género y discursos abyectos, Montevideo, 17 de setiembre de 2015) 


Voy a empezar mi ponencia hablando de una obra de arte: la escultura de la austríaca Ines Doujak titulada “Not dressed for conquering” (No vamos vestidos para conquistar), que cobró fama mundial cuando, por la censura que cayó sobre ella, estuvo a punto de suspenderse la muestra colectiva de la que formaba parte. Esto sucedió el pasado mes de marzo, en la ciudad de Barcelona.


La exposición titulada “La bestia y el soberano”, tomando como referencia al último seminario de Jacques Derrida, tuvo finalmente lugar en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba), y terminó recién el 30 de agosto pasado. De hecho, su apertura al público se retrasó menos de una semana, pero tuvo como consecuencias la dimisión del director del museo –Bartomeu Marí- y el despido de los dos curadores españoles de la muestra –Valentín Roma y Paul B. Preciado-. Fue justamente a través de Preciado que tomé conocimiento de esta obra. (Actualmente Paul B. Preciado, nacida Beatriz Preciado, en Burgos, España, en 1970, filósofo y activista queer, es uno de los principales referentes queer en lengua española. Sus principales libros son: "Manifiesto Contra-sexual "(2002) y "Testo Yonqui" (2008).)

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En Not dressed for conquering se puede observar lo que se llama un trencito, en el cual un perro-lobo penetra a una india –parecida a Domitila Barrios, la líder obrera boliviana-, quien a su vez sodomiza a una figura muy similar al ex Rey de España, Juan Carlos I, de cuya boca sale un ramillete de flores. El grupo se asienta sobre unos cascos nazis, los cuales a su vez reposan sobre una resma de cartones atados como al descuido, colocados sobre una carretilla. También Domitila lleva casco, pero casco de minera.


A la vista saltan varias “inversiones” del orden tradicional de las cosas. Si la posición sexual considerada como “activa” connota “dominación”, aquí el animal domina al hombre, la hembra al macho, la india sindicalista al blanco capitalista, por añadidura monárquico –y reputado mujeriego en sus tiempos-. El reino vegetal se expresa en ese ramillete, que es como una eyaculación del grupo en su conjunto, pero en lugar de semen, a través de la boca del rey, se profiere un vómito. Que tampoco es precisamente un vómito, puesto que no se trata de materia deshecha sino que, como por arte de magia, surge un ramillete de flores, entero y fresco, cual ofrenda galante.

Lejos de constituir una representación naturalista, la obra propone una reflexión; el ramillete está en el lugar de la conclusión, a modo de producto de la operación intelectual. Es como si el conjunto entero apuntara hacia ese objeto que se eyecta: lo abyecto.

No estoy haciendo un mero juego de palabras. "Abiectus" en latín significa arrojar. Hay una corriente del arte contemporáneo llamada Arte Abyecto que se caracteriza por el empleo de secreciones corporales, como vómitos. El trencito del Rey Juan Carlos, en tanto arte contemporáneo, conceptual y político, pone lo abyecto en el centro del espectáculo. El recorrido que estamos invitados a realizar es: perro-india-rey-vómito. Luego podemos analizar el contexto: cascos nazis, cartones, carretilla. ¿A dónde serán transportados…?


Reflexionar sobre lo abyecto implica de por sí invertir el orden natural –o, mejor dicho, naturalizado- de los discursos. Lo abyecto, por definición, es lo sin discurso, lo rechazado respecto del mundo visible, lo expulsado de la esfera de lo existente –incluye el asco hacia los deyectos corporales, la materia en descomposición, el cadáver, etc.-. Vale la pena leer el libro, “Poderes del horror, ensayo sobre la abyección”, de Julia Kristeva, en el que su autora asume el desafío de poner en palabras esa dimensión del rechazo extremo, que es la expulsión de un vasto sector de la experiencia respecto del campo del discurso.

Cuando, en el marco del Movimiento Queer, Preciado habla de abyecto, se refiere a las sexualidades negadas por el discurso hegemónico. Entre ellas no sólo la de los no heterosexuales sino también las prácticas BDSM e incluso la sexualidad de los discapacitados.

Tal como señalé en mi libro “La cultura masoquista” respecto del BDSM, también en el terreno Queer la ironía y la paradoja son claves de lectura imprescindibles. El movimiento Queer nació de la operación –lingüística y política a un tiempo- de invertir el sentido peyorativo del término queer –raro, homosexual-. De la misma manera, hablar de sexualidades abyectas implica un apropiamiento del campo de lo despreciable para, en primer lugar, darle cabida en el discurso, y luego -casi como una consecuencia- dejar caer el sentido peyorativo y así elevar otras formas del cuerpo y el erotismo a la categoría de dignidad humana. El solo hecho de hablar de aquellas formas de la sexualidad que han sido consideradas abyectas cambia su estatuto, las transforma en objetos de discurso, y por tanto de consideración.

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En el trencito de Juan Carlos, la dimensión ficticia de las posiciones sexuales y políticas salta a la vista. El Queer enseña que identificarse con un género implica adherir a una ficción, tanto si se trata de los tradicionales (hombre/mujer), como alguno de los más nuevos (gay, lesbiana, trans, por mencionar algunos). Los géneros vinculados al sexo son creaciones argumentales que se sostienen mediante prácticas concretas en la vida cotidiana, por más naturalizadas que puedan estar.

La corriente Queer se rebela contra cierta forma de la inclusión social que busca volver a las personas funcionales al sistema. Los Queer no aspiran a tener los mismos derechos que los hombres o los heterosexuales -como el derecho al matrimonio y a la adopción- sino que se proponen “cuestionar la norma e inventar otras formas de relación social.”

La rebeldía Queer se vehiculiza a través de una militancia política que toma al arte como una de sus vías prínceps. En el trencito de Juan Carlos nada es natural. Por el contrario, lo que se pone de relieve es el carácter artificial de la producción de subjetividades. Se subraya el hecho de que la forma en que cada quien está en el mundo es modelada por su pertenencia a una clase social, una etnia, un género, etc.

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Preciado acusa a la sociedad actual de “farmacopornográfica”. Para zafar de este régimen de dominio, propone, por una parte, superar la ingesta de drogas por prescripción médica normalizadora, cambiándola por una libre elección de drogas a consumir, de acuerdo con los efectos que cada quien quiera experimentar. Preciado ha optado por la testosterona, que le da una sensación de “transgresión, casi una orgía hormonal”.

En cambio, a la píldora anticonceptiva la considera como “un mecanismo de control por vía oral, una ingestión; de ahí que la anorexia y la bulimia sean los males actuales, porque la relación que tenemos con el poder es una relación de oralidad y ¿qué hacemos con las tecnologías de poder? Nos las tragamos."

Si bien Preciado no adhiere, en lo personal, al cambio de sexo por vía quirúrgica, propone este tipo de experimentación con drogas, que a él lo coloca en un lugar “in between” respecto de lo supuestamente masculino y femenino. La idea no es ir de hombre a mujer –o viceversa- sino transitar una deriva. Uno de sus argumentos a favor de esta opción consiste en la reversibilidad que daría el uso de drogas, a diferencia de la transformación más permanente consecuencia de una operación quirúrgica.

Para no tragarnos la pastilla, cabe hacer algunas precisiones. En la reunión pasada de Analistas en la polis se habló del consumo de drogas prescriptas. Quiero recordar ahora que no todos los cuerpos reaccionan de la misma manera a los mismos fármacos y que los efectos que las drogas puedan tener muchas veces no son previsibles, ni reversibles. Quizá las fantasías terroríficas que despiertan las intervenciones quirúrgicas, con su cortar, abrir, destripar el cuerpo, nos prevengan de ese tipo de tratamiento mejor que las pastillas, acostumbrados como estamos a consumir fármacos cual caramelos.

En cuanto al par dialéctico tragar/vomitar, referido a ciertas formas anquilosadas del ejercicio del poder, encuentra una solución en la obra de Doujak, a través de ese vómito convertido en el paradigma del objeto bello: el ramillete de flores.

Por otra parte, con respecto a la sociedad farmacopornográfica, Preciado propone superar la pornografía industrial orientada al gusto wasp por una pornografía artesanal, e incluso casera –hoy en día cada quien puede realizar su propia pornografía- que incluya los cuerpos que la industria descarta por no ser –supuestamente- deseables, y las prácticas no vinculadas a erección, penetración, eyaculación, etc.

Según Preciado “El  movimiento postporno es el proceso de devenir sujeto de aquellos cuerpos que hasta ahora solo habían podido ser objetos abyectos de la representación pornográfica: las mujeres, las minorías sexuales, los cuerpos no-blancos, los transexuales, intersexuales y transgénero, los cuerpos deformes o discapacitados.”

Habrá que ver dentro de unos años qué va a pasar, porque la industria parece estar nutriéndose ávida y progresivamente de las prácticas y los cuerpos antes considerados “abyectos”…

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En su rebeldía frente al orden hegemónico, Preciado se considera disidente del sistema sexo-género: “Lo que me interesa es una especie de disidencia crítica de género (…) un uso crítico de las tecnologías de gestión del cuerpo y de la sexualidad.”

El término disidente no está elegido al azar. En nuestra cultura, tiene fuertes connotaciones. Disidentes son denominados quienes caen en desgracia en los regímenes totalitarios. El psicoanálisis también tiene su historia de “disidentes”, desde los psicoanalistas que dejaban de contar con el reconocimiento de Sigmund Freud en adelante.

En el discurso queer “disidente” es un término emparentado con “abyecto” y también con “queer”. El disidente es alguien que, por perturbar cierto orden de cosas, resulta excluido. Reconocerse como disidente implica una operación similar a la de reconocerse como queer, el sentido de lo abyecto es subvertido. A partir de esta operación, ser diferente puede ser vivido como una opción libre y honrosa.

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Es posible pensar que el deyecto que sale de la boca del rey sugiera que la inversión de roles, al liberarlo, hace feliz a Juan Carlos. El rey florece, puesto que ha renunciado al trono. Al abdicar perdió la inviolabilidad inherente al cargo. Ahora puede relajarse y gozar

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Podemos darle un like a la escultura de Doujak, pero difícilmente podamos decir que nos parezca bonita, sutil, delicada o sublime. La pieza está construida, deliberadamente, para producir en nosotros una reacción. Espera del público una respuesta. Estamos en el terreno de la política.


En tal sentido, cabe subrayar el rol performático que cumplió Not dressed for conquering. Si bien la obra estuvo materialmente situada dentro de las instalaciones del museo, su público no se redujo al que estuvo presente en el espacio físico del museo, ni a los que manifestaron en la calle a favor de la apertura de la muestra, sino –y especialmente- a la sociedad global, al público planetario, que, a través de los medios, se sumó a opinar y pudo juzgar la obra con sus propios ojos.

El escándalo en el campo del arte es la vía que los situacionistas enseñaron para propagar una acción política. El escándalo se convierte en propaganda. En otros términos: “producción de visibilidad”.

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Quiero compartir ahora, muy brevemente, otras dos piezas de arte contemporáneo.

El australiano Stelarc, artista y profesor universitario –al igual que Preciado- exhibe su tercera oreja. Se trata de un implante que él mismo produjo e hizo que le insertaran en el brazo. La consigna básica de Stelarc es que el cuerpo humano es obsoleto, demasiado imperfecto y perecedero, por lo que su apuesta artística consiste en potenciarlo, mejorar su equipamiento.


Hay toda una corriente de artistas llamados body hackers, que se dedican a convertirse a sí mismos en ciborgs, interviniendo tecnológicamente sus cuerpos de diferentes maneras. De la misma forma en que Preciado consume testosterona o que otros se quitan o se agregan un pene o una vagina, estos artistas de sí mismos persiguen diferentes metas a través de las transformaciones que operan en su cuerpos.

Así el finlandés Jerry Jalava, siendo programador de computadoras y habiendo perdido medio dedo en un accidente de moto, decidió colocarse un pendrive dentro de su prótesis dactilar.


Experimentar es un placer, ampliar los límites del cuerpo humano, y a través de éste, de la existencia humana, constituye el horizonte de estas prácticas.

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Para ir cerrando, me parece necesario poner en cuestión cierta insistencia del arte contemporáneo y también del Queer, en que las ideas se demuestren haciendo carne en el cuerpo. Desde esta perspectiva, el cuerpo deviene campo de demostraciones, y peligra convertirse en una instancia legitimadora de las ideologías que lo involucran.

Es como si, tras la muerte de Dios, del Autor, del fin de la Historia y de los grandes relatos, el cuerpo humano pasara a ocupar el lugar de aquellos garantes perdidos, en el entendido de que el cuerpo, transformado según la voluntad de quien sería su dueño, se volviera incapaz de mentir… Como si las fantasías, una vez encarnadas, perdieran por completo su dimensión de ficción. Como si el cuerpo metamórfico -corregido, mejorado y ampliado- se volviera auto-suficiente y nítido.

A menudo, los discursos del arte contemporáneo y del Queer parecen guiados por un exceso de optimismo, una fe –ciega, como tal- en la ciencia y sus posibilidades liberadoras. Al respecto, cabe recordar que la tecnología no es tan exacta como, con frecuencia, se pretende. No todas sus consecuencias son previsibles y manipulables, no todos los procesos que se desencadenan son reversibles.

Por otra parte, ¿el cuerpo no miente…? ¡Desde cuándo! ¿No mentían –y decían la verdad al mismo tiempo- las histéricas que dieron nacimiento al psicoanálisis, mediante sus por entonces incomprensibles síntomas corporales? ¿Acaso es posible, para la existencia humana, anular la dimensión de la ficción mediante una absoluta realización material de los deseos…? Y si fuera posible terminar con la ficción ¿no se anularía también al deseo…? ¿La tecnología, puesta al servicio de la subjetividad, logrará abolir el inconsciente…? No lo creo.

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¿Hay alguna forma específica en que el psicoanálisis deba tratar a este cuerpo mutante de la post-postmodernidad? ¿El método psicoanalítico se vuelve obsoleto para tratar con gente que rechaza definirse según las normas del género en relación con el sexo? No, la práctica del psicoanálisis sigue vigente, siempre y cuando se mantenga al margen de la normativización.

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Parece razonable que el psicoanalista se apronte para tratar a gente con siete manos, seis piernas, cinco narices, cuatro orejas, tres ojos, dos, uno o ninguno. Pero, para lo que hay que estar preparados, es para no creer que necesariamente las personas consultan por sus desviaciones respecto de las normas. Y para poder detectar, cuando aparezca, el goce que amenaza con ahogar al sujeto, tenga el cuerpo de nuestro sujeto de la post postmodernidad las características que sean.

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Las citas son de Preciado y están tomadas de entrevistas:

- http://paroledequeer.blogspot.com.uy/2015/01/entrevista-paul-bpreciado-do-you-swallow.html

- http://elpais.com/diario/2010/06/13/eps/1276410414_850215.html

- http://paroledequeer.blogspot.com.uy/2014/01/entrevista-con-beatriz-preciado.html


Hay una filmación en la que se puede apreciar la obra de Doujak desde otros ángulos: https://www.youtube.com/watch?v=TaM63ijV5DM 



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