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viernes, 27 de noviembre de 2015

Ana Grynbaum – La indagatoria forense y el psicoanálisis, de Sigmund Freud –

Llevada a profundizar en los vínculos entre la literatura psicoanalítica y la detectivesca, recalé en el texto de Sigmund Freud: “La indagatoria forense y el psicoanálisis”, de 1906. Se trata de una conferencia que Freud dio en el
marco de un seminario sobre jurisprudencia, en la Universidad de Viena, invitado por el Profesor Alex Löfler. Ese fue uno de los escasos contactos que tuvo Freud con la jurisprudencia.


“Complejo”, mi querido Watson 


En su introducción, Strachey –el editor- comenta que la conferencia tiene “cierto valor histórico” por ser la primera publicación en la que Freud menciona a Jung y a Adler, y también la primera en que aparece el término “complejo”. Y más que eso: ”testimonia el influjo” que tuvo Jung en Freud, aún antes de conocerse personalmente. Al punto que la conferencia parece dirigida a transmitir a los estudiantes vieneses “los experimentos de asociación y la teoría de los complejos” del grupo de Zurich, al que pertenecía Jung –y su maestro Bleuler-.

En palabras de Freud, los experimentos de asociación constituían “un nuevo procedimiento de indagación, que al parecer constreñiría al propio imputado a probar su culpa o su inocencia mediante unos signos objetivos”. Se trata de un “experimento psicológico”, que “consiste en proponer a una persona una palabra –la palabra estímulo-, a la que ella debe responder lo más rápido posible con una segunda –la llamada reacción- sin que nada la limite para elegirla”. Algo así como una libre asociación guiada, valga la paradoja.

Lo que se observaba en el experimento era el tiempo de reacción y los nexos que se establecían con las palabras estímulo. Si bien dichos experimentos fueron introducidos por la escuela de Wundt, según Freud, cobraron algún sentido recién “mediante la premisa de que la reacción frente a la palabra estímulo no puede ser algo contingente, sino que por fuerza estará determinada por un contenido de representación presente en quien reacciona”. Es decir, el procedimiento, nacido en el terreno de la psicología experimental, se enriquecía con el marco conceptual del psicoanálisis. Porque una asociación de palabras nunca es libre respecto de cierto argumento inconsciente que las vincula como parte de un texto.

Muy temprano en su discurrir Freud deja en claro los límites del experimento de las asociaciones, su escasa o nula utilidad. Nadie abre su inconsciente al agente de policía, por más loco que esté. Eso puede ocurrir en novelas como las de Maigret.

Por otra parte, si el sospechoso sometido al experimento psicológico efectivamente desnudara su alma -como diría Simenon-, si mostrara cierta perturbación interpretable en términos de culpa, ¿acaso dicha culpa podría ser tomada como indicio certero de que efectivamente el sujeto haya cometido la falta de la que se lo inculpa? El psicoanálisis puede demostrar que no, que cualquiera puede parecer terriblemente culpable de lo que sea sin que haya estado efectivamente involucrado en un acto criminal. Para decirlo con las palabras del texto freudiano: la “autodelación psíquica” no da necesariamente lugar a una “autodelación objetiva”.

Descartado el interés del experimento, Freud se desliza hacia su propia obra que, por supuesto, es lo que realmente le interesa divulgar en el ámbito universitario, al que, excepcionalmente, ha sido invitado. Recordemos que el psicoanálisis era todavía fuertemente resistido, especialmente entre académicos. Puesto que el discurso se desarrolla ante un público lego respecto de las elaboraciones freudianas y, además, eventualmente hostil a sus planteos, la conferencia de Freud explica con meridiana claridad en qué consiste el psicoanálisis en unas pocas palabras.

La vida cotidiana como un escenario plagado de sombras  


En la conferencia Freud se refiere a su libro “Psicopatología de la vida cotidiana”, de 1901. “Estudié las pequeñas operaciones fallidas del olvido, el desliz en el habla y en la escritura, el extravío de objetos, y demostré que, si una persona se trastraba al hablar, no cabe responsabilizar por ello al azar, ni a las solas dificultades de articulación o semejanzas fónicas, sino que en todos los casos se puede pesquisar un contenido de representaciones perturbador –un complejo- que modificó en su favor el dicho intentado, creando la apariencia de un error. Consideré también las pequeñas acciones casuales de la gente en que esta no parece guiada por propósito alguno –su juguetear, tamborilear con los dedos, etc.- y las desenmascaré como unas ‘acciones sintomáticas’ que se vinculan con un sentido escondido y están destinadas a procurarle una expresión inadvertida. Y llegué al resultado de que ni siquiera es posible que a uno se le ocurra al azar un nombre propio, pues se verificará siempre que su ocurrencia estuvo comandada por un poderoso complejo de representación; más aún, cifras que uno escoja supuestamente al azar se reconducen a uno de estos complejos escondidos.”

Parte del interés de este texto freudiano es el lugar que aún le daba al “complejo”, término que irá cayendo en desuso junto con la secesión de Jung. Permanecerá en la jerga psicoanalítica en expresiones como “complejo de Edipo” y “complejo de castración”, para finalmente quedar de lado en las alusiones más comunes a “el Edipo” y “la castración”. Da la impresión de que el empleo de la palabra “complejo” en la conferencia de 1906 no va mucho más allá de la voluntad de congraciarse con Jung y su grupo de saber y poder.

El criminal y el histérico


En 1906 Freud está muy cerca de su punto de partida, tanto que aun habla de “nosotros los médicos”, y, por extensión, de ellos los “enfermos”. Explica el psicoanálisis en tanto procedimiento para la terapia de las psiconeurosis o “enfermedades nerviosas”, por ejemplo “la histeria y el representar obsesivo”. Cuenta cómo dicho procedimiento fue desarrollado por él a partir de la terapia “catártica” que Breuer comenzó a aplicar en Viena. Y luego se aboca a “trazar una analogía entre el criminal y el histérico”.

¿Qué es lo que tienen ambas figuras en común…? Un secreto, algo escondido. La diferencia fundamental está en que el criminal lo sabe, mientras que el histérico se lo oculta hasta a sí mismo… La Represión se encarga de ello, aunque no puede evitar la eclosión de “síntomas somáticos y psíquicos que martirizan a los enfermos exactamente igual que una mala conciencia”.

El recurso literario da lugar a cierta confusión, aunque también al cobro de copyright: “la tarea del terapeuta es la misma que la del juez de instrucción; debemos descubrir lo psíquico oculto, y a tal fin hemos inventado una serie de artes detectivescas, de las que ahora los señores juristas parece que nos imitarán alguna”. La comparación resulta más que infeliz. No, el psicoanalista no es ni juez ni policía.

El método psicoanalítico 


Freud: “Después que el enfermo ha referido una primera vez su historia, lo exhortamos a abandonarse por entero a sus ocurrencias y a exponer sin ninguna reserva crítica cuanto se le pase por la mente. Así partimos de la premisa, no compartida por el enfermo, de que esas ocurrencias no serán fruto de su libre albedrío, sino que estarán comandadas por el nexo con su secreto, su ‘complejo’, por así decir”.

Si bien el discurso psicoanalítico ha variado en gran medida desde hace más de un siglo hasta hoy, ¡el método, en lo esencial, permanece idéntico! Por fortuna, actualmente no se lidia con “enfermos”, ni las premisas del trabajo psicoanalítico son desconocidas para los pacientes, o analizantes. Por el contrario: el psicoanálisis se ha vulgarizado hasta tal punto, se ha cargado de tantos aditamentos en la imaginación popular, que con frecuencia se vuelve necesario aclarar lo que es propio de la práctica psicoanalítica y diferenciarla de los atributos que le son ajenos.

Freud señala que así como se establece la regla de “la libre asociación” –que no tiene nada de libre-, aparecen las resistencias. El “enfermo” retiene sus ocurrencias, bajo pretextos varios. Eso no comporta un impedimento para el análisis, por el contrario, es en torno a esas deficiencias que el análisis progresa. Porque, sugiere Freud, cada reticencia tendría un sentido a colegir, cada vacilación sería interpretable, cada silencio rebosaría significación. Y, en la repetición de una historia, lo que cuenta son las diferencias que, inevitablemente, van surgiendo. Entre las distintas versiones de una historia aparecen contradicciones y huecos, en las que se dibujan los signos de un mensaje proveniente de otro lugar. “Aun desviaciones leves respecto de los giros usuales en nuestros enfermos suelen ser considerados por nosotros, en general, como signos de sentido oculto (…) Estamos al acecho de dichos matizados de doble sentido y en los que el sentido oculto se trasluzca a través de la expresión inocente.”

Con el paso del tiempo, los psicoanalistas se volvieron mucho más humildes y relajados. Ya no pretenden comprenderlo todo, ni mucho menos. La concepción del psicoanálisis como acto, por parte de Lacan, permitió al viejo psicoanálisis salir de la anacrónica hermenéutica en la que había caído, para convertirse en una alternativa válida en estos tiempos que corren frenéticos.

En 1906 Freud afirmaba: “Estamos autorizados a sostener que por medio de técnicas como las comunicadas logramos hacer consciente al enfermo lo reprimido, su secreto, y así cancelamos el condicionamiento psicológico de los síntomas de su padecer”. En nuestra era de la complejidad, el trabajo psicoanalítico también es más complejo. Lo cual no le quita el mérito, frecuente, de resultar útil incluso para cancelar síntomas molestos.

Ese monstruo llamado Inconsciente 


Cierta lectura de los textos freudianos, con la ayuda de Hollywood y bajo el influjo de la literatura fantástica, siempre atentos a los fantasmas más aterrorizadores de la gente, puso a circular en la imaginación popular una figura del inconsciente como monstruo.

La industria del cine ha tenido un papel fundamental en la mistificación del psicoanálisis en tanto disciplina cazafantasmas, fabricando y vendiendo una imagen poderosa y temible del quehacer psicoanalítico, frecuentemente ridícula, en todo caso falsa y desvirtuada, que en nada contribuye a prestarle credibilidad a la infinidad de peculiares caminos que recorren psicoanalistas y psicoanalizantes en la vida real.

Esta concepción mediática de la invención freudiana del inconsciente figura a éste como una entidad monstruosa de oscuros ribetes, cuya peligrosidad aumenta cuanto menos contacto se tenga con ella, entidad más poderosa cuanto más ignorada. Esa zona de monstruosidad en el hombre coincide con la idea de la bestia humana. Algo se agazapa en las tinieblas del ser humano; algo amorfo, movido por la lujuria, indiferente al orden social e incluso al bien común.

En el mejor de los casos, eso puede ser mantenido a raya, pero jamás doblegado por completo. Y ello tiene lugar en todas las personas, sin excepción, con diferencias en sus manifestaciones, pero en cada uno, en alguna parte, hay un volcán a punto de hacer eclosión. Todos y cada uno de nosotros contenemos un monstruo terrible pronto para saltar… El enemigo acecha desde el fondo de uno mismo, imposible huir. Paradójicamente, para controlarlo, hay que avanzar sobre él, hundirse en los abismos de sí.

Sobre la base de estas premisas, para reducir al monstruo del Inconsciente, el sujeto cuenta con el taladro psicoanalítico, que puede emplear para lanzarse en su persecución. Claro que la persecución del monstruo no puede ser otra cosa que una auto-persecución, porque el monstruo está localizado en el corazón de las tinieblas del ser humano. Esta autopersecución se libra, como una cruzada, en el nombre de la verdad última acerca de sí mismo; verdad que, en todos los casos, se presume, no habrá de contener nada bueno. 

De este modo se ha imaginado al tratamiento psicoanalítico cual suerte de pesquisa policial en la que cada quien es, a la vez, el policía y el delincuente… Y al desarrollo del psicoanálisis como un terreno minado de signos, todos ellos significativos en grado sumo. Desde estos parámetros no hay escapatoria: estamos en el reino absolutista del significado, no queda resquicio para el sinsentido y la máquina psicoanalítica no es otra cosa que un aparato al servicio del orden y el progreso social. Todo un aparato, nada más que un aparato.

"El sueño de la razón produce monstruos",
grabado nº 43 de los Caprichos de Goya (1799)

Los monstruos de la Razón engendraron al Psicoanálisis 


Que el psicoanálisis haya surgido como una tecnología de poder, no significa que deba permanecer al servicio del statu quo. Pero, para zafar, es necesario ejercer la autocrítica sin descanso y sin piedad. Para empezar, no negar los orígenes. Incluso si en los orígenes hay más mitos que hechos.

En efecto, el sueño de la Razón decimonónica, en sus últimos albores, construyó una tecnología destinada a perseguir al monstruo persecutorio que se albergaba en el corazón de los seres humanos y conspiraba contra el orden social. Una vez aislado, el monstruo debía ser confinado en un sitio del cual ya no pudiera salir. Sobre esta base se dibujaron las figuras de la anormalidad que poblaron los manuales de psiquiatría y psicopatología, y las ortopedias y los castigos que se habrían de utilizar en pos del bien de la humanidad en su conjunto. Pero, como la bestia se escapaba igual, hizo falta probar otros caminos.

El psicoanálisis, Freud lo recuerda en su conferencia, surge para dar una respuesta a lo incomprensible e inasible de la sintomatología histérica. Y encuentra, en la base de dichos síntomas martirizadores, un conflicto silenciado que, sin embargo, sigue operando desde la clandestinidad.


Un legítimo no saber 


El “legítimo no saber”, como Freud llama al inconsciente en su conferencia de 1906, de ninguna manera puede ponerse al servicio de la pesquisa policial. Ese no saber no ayuda a dar con el autor del crimen, que la policía necesita.

De la misma forma, la curación a la que apunta el legítimo trabajo psicoanalítico no tiene por finalidad someter a nadie a las normas sociales. Ni patologizar ni normalizar constituyen operaciones propias del ejercicio del psicoanálisis.

Dado que Goya inspiró, con su serie de grabados llamada Caprichos, cierta lectura del inconsciente como monstruo de la razón, no parece descabellado despedirse con otras dos imágenes de la misma serie, que también refieren al saber y al no saber, éste último tradicionalmente representado en la figura del burro.

En la versión del grabado, el asno, orgulloso, exhibe su álbum genealógico, que lo reconoce como parte de un linaje y lo legitima en su asnidad, al tiempo que lo fija en su burrez. En cambio, en el dibujo preparatorio, el asno parece –orejas a media asta- más bien resignarse a su condición de estudiante, a la falta radical que le permite seguir aprendiendo. El legítimo no saber que produce efectos en el análisis está más cerca del  dibujo preparatorio al capricho 39, aquí incluido, que del grabado resultante.


"Hasta su abuelo", grabado nº 39
de los Caprichos de Goya (1799)

Dibujo 2, preparatorio del grabado nº 39
 de los Caprichos de Goya (1797-1799)

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Sigmund Freud, “Obras completas, volumen IX”, La indagatoria forense y el psicoanálisis, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, pp. 83-96. Todas las citas son tomadas de esta edición. Las negritas son mías.

2 comentarios:

  1. muy interesante solo que el inconsciente pasa hoy no solo por el libro sino por el medio digital de modo que el asno de Goya (y el de Freud) tiene un abismo mas.

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    1. Muchas gracias.
      Sí: nuevos tiempos, nuevos abismos...
      Saludos.-

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