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viernes, 4 de diciembre de 2015

Ercole Lissardi - TANNHÄUSER ERÓTICO -

Lo que Aubrey Beardsley realmente quería –según el testimonio de su íntimo amigo Arthur Symons- era ser escritor (de erótica, hasta donde sabemos). Lamentablemente vivió sólo hasta los 25 años, que no le dieron para más que
para llegar a ser el más notable ilustrador de su época (especialmente de erótica).

Frontispicio para "Las aventuras de Venus y Tannhäuser",
Aubrey Beardsley, 1896

Como escritor, aparte de algunos poemas, dejó sólo un relato, inconcluso, meticulosamente elaborado desde que tenía 22 años hasta el tuberculoso final. Quizá Beardsley no será recordado sobre todo como el autor de este texto, quizá este texto no tendrá más posteridad que la que le dé ser el único intento serio de Beardsley por llegar a ser un escritor, pero eso ciertamente no significa que no sea una exquisita pieza de erótica, tan tocada como su obra plástica por la autodefinición de su arte que nos dejó: “Sólo tengo  un objetivo –lo grotesco. Si no soy grotesco, no soy nada”.

El relato inconcluso de Beardsley debía llevar como título Las aventuras de Venus y Tannhäuser –aunque el título por el que en definitiva se lo conoce es Bajo la colina, Under the hill, que fue el que utilizó el periódico The Savoy para publicar, en 1896, en vida del autor, un adelanto del texto severamente expurgado. La intención de Beardley, amante de la música de Wagner, era dar su versión de las peripecias de Tannhäuser. En clave de sátira erótica, por supuesto. Sólo llegó a dar cuenta de algo de la primera parte, cuando el Minnesänger conoce el reino de Venus, el Venusberg. Tal como quedó el relato más que a la ópera de Wagner se parece a Alicia en el país de las maravillas.

En efecto, el catálogo de peculiaridades y excesos eróticos que presenta Beardsley más que a cualquier otra cosa se parece a la cascada de excentricidades, paradojas y sinsentidos que nos descerraja Carroll. No por casualidad, termina uno por sospechar, ambos relatos comienzan con la entrada de sus protagonistas a un mundo subterráneo. Ni por casualidad Beardsley insistió (a pesar de que el fotógrafo le advirtió que se vería feo como una gárgola) en ser fotografiado de perfil absoluto, 90 grados, con una mano en el mentón y con un peinado ridículo, tal y como Carroll se fotografió a sí mismo. Casi, a efectos de llamar la atención sobre este paralelo, no es necesario agregar que ambos (fallecidos en el mismo año, 1898) tuvieron vidas sexuales por lo menos misteriosas: a ninguno de los dos se le conoce partenaires sexuales. Pero en la obra de ambos hay representaciones del deseo pedófilo.

Lewis Carroll, Autorretrato, 1855 

Frederick Evans, Aubrey Beardsley, c.1985 

Los uruguayos podríamos, eventualmente, en caso de tener algún interés en la erótica, sentirnos orgullosos de que la primera edición en español de Bajo la colina –rebautizada infelizmente como Bajo el monte- la realizó un sello nacional, Arca. A mediados de los sesenta Arca, o sea los Rama y José Pedro Díaz, decidieron utilizar el dinero producto de sus ventas en Argentina fundando allí una editorial, a la que llamaron Galerna y cuya administración encargaron a un por entonces muy joven Guillermo Schavelzon. Sin duda que se vendían muchísimos bolsilibros de Arca en Buenos Aires, a juzgar por la amplitud de la producción inicial de Galerna. Una de las tres colecciones con las que inició su producción fue diseñada por el mismo Ángel Rama y se llamó Aves del Arca. En los libros de esta colección Arca y Galerna figuraban como co-productores. Uno de los primeros títulos de Aves del Arca fue Bajo la colina el monte. (Ninguno de estos datos figura en el apartado sobre historia de la editorial existente en la página web de Arca).

Bajo el monte, Aubrey Beardsley,
Arca/Galerna, 1967

Digo que eventualmente hubiéramos podido sentirnos orgullosos porque en realidad en esta primera edición en español del texto de Beardsley se cometió un pequeño gran error: la elección del traductor. De Miguel Toledo, el traductor designado, no sé más que lo que deja ver su  Prólogo: se trata de un intelectualoide de los que se quejan del mierdoso olor a literatura que los alcanza y los molesta en sus alturas olímpicas. Para él Beardsley es un “aficionado”, “un inglés que demora en olvidar la melancólica sensualidad aprendida en las escuelas de varones pupilos” y que “quiere imitar las perversidades de la literatura francesa”. Una vez más –y es la enésima- me pregunto por qué los editores eligen traductores, prologuistas, biógrafos que odian y/o desprecian a los autores que les asignan.

El severo traductor nos informa en su prólogo que ha decidido omitir dos pasajes “que no añadirán nada a la fama de Beardsley: una extensa ofrenda verbal al personaje eclesiástico imaginario que figura en la dedicatoria, y un párrafo de la bacanal donde el ingrediente de pedofilia excedió la capacidad del traductor”. Respecto de la primera omisión,  es tan arbitraria, que sólo cabe preguntarse: ¿hubiera omitido la dedicatoria en el caso de que el personaje eclesiástico no hubiera sido imaginario?

En cuanto a la segunda omisión, una comparación se hace necesaria. Lo que sigue es el párrafo omitido, en mi traducción:

“En un instante Sporion se liberó y saltó sobre sus pies, gesticulando como para decir “¡Ah, queriditos!”, “¡Ah, los pequeños bulliciosos!”, “¡Ah, los patitos!”, porque le gustaban mucho los niños. Apenas hubo atrapado a uno por el muslo hubo una rápida carrera de todos para atrapar alguna de las suculentas extremidades, y cuán rudamente los atraparon y los estrujaron. Puedo deciros que los niños gritaron. Por supuesto que no había suficientes para todos, de manera que algunos fueron compartidos, y hubo quien tuvo que volver a lo que estaba haciendo”.

Sugiero compararlo con el párrafo que reproduzco a continuación, que está un par de capítulos más adelante, en traducción del mismo Toledo (pésima traducción que no voy a comentar aquí):

“Salpicadme, pidió, y los rapaces obedecieron, provocándole una deliciosa conmoción. Persiguió al más bello hasta darle alcance, le mordió el trasero y lo besó en el perineo hasta que el muchacho se puso como un carmelita y su hombría incipiente asomó bajo el agua cual una gran perla rosa. Como el muchacho parecía inclinado a adoptar la posición activa Tannhäuser descendió graciosamente a la pasiva, rasgo de generosidad que terminó de ganarle el afecto de sus valets de bain… o “pescaditos” como los llamaba al sentirlos nadar entre sus piernas”.

La pregunta obviamente es: si la repugnancia moral que experimentó frente al segundo párrafo que reproduzco no pudo ser menor que la que experimentó frente al primero ¿qué fue lo que determinó la omisión? Sin duda que se trató de una cuestión de gustos. Y si tenemos en cuenta de que el traductor tampoco omitió la escena en que Venus masturba al Unicornio y luego bebe el semen, se nos confirma el pecado mortal del traductor: traduce lo que le gusta y lo que no le gusta no lo traduce. El severo Toledo pertenece a la escuela de Enrique Pezzoni, que con el seudónimo Enrique Tejedor “mejoró” generosamente la Lolita de Nabokov en una traducción de 1961 para Sur que luego durante décadas retomó Anagrama. Por supuesto, Toledo suena a seudónimo también, aludiendo a la gran escuela medieval de traductores de la ciudad de Toledo. A saber quién se ocultó tras ese seudónimo. Se oyen propuestas.

Le dejo al amable lector la tarea de abundar en la pésima calidad del conjunto del trabajo del severo traductor. No tiene ni la menor idea del inglés en el que escribe Beardsley. ¿Me sorprende que el Papa del sesentismo cultural uruguayo y latinoamericano, Ángel Rama, avalara con su sello de vanguardia, Arca, el atropello contra la erótica de un artista de relevancia indiscutible como Beardsley? No. Son sus descendientes los que atacaron desde el mero comienzo la publicación de mis libros de erótica.

Hay que hacer un poco de historia para comprobar que lo mismo que se padece hoy es lo que se padecía ayer.

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