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viernes, 25 de noviembre de 2016

Ercole Lissardi - EL ACECHO -

Desde siempre me desagradó la palabra “masturbación”. Pre-etimológicamente hay algo que no va entre la pesadez de la palabra y la sencilla superficialidad del acto en cuestión.  Y el segmento “turba” arrastra
connotaciones de humus, de pudrición, de multitudes confusas y alteradas, muy lejanas a la liviandad etérea del acto –a quien dude del carácter etéreo del acto en cuestión lo remito a mi entrada sobre El silfo de Crébillon fils.

Luego, en la edad de las etimologías, hojeando el manual de Forberg, fui a dar al presunto origen de la palabreja –del latín manus stuprare, estuprar, ultrajar, violar con la mano- y peor aún me cayó  el término, debido a la moralina implícita.

El problema es que, dejando de lado las metaforizaciones y las creatividades populares al uso, no existe una palabra precisa para referirse al acto, cosa que en realidad sucede, en general, para todo lo que refiere a la vida erótica, aunque no para las otras vidas del cuerpo. Por ejemplo: “rascarse”, “escupir” o “desperezarse” dicen lo que quieren decir sin recurrir a metaforizaciones, tecnicismos o anacronismos. Masturbación es un anacronismo de estirpe moralizante, coger es un anacronismo de los tiempos en los que la mujer era literalmente un objeto sexual.

En fin, en la materia, el término que prefiero es autoerotismo -expresión relativamente reciente, del siglo XX calculo-, aunque como verbo resulte inconjugable.

En mi escritura el interés por el autoerotismo está presente desde el mero comienzo. Ya en Aurora lunar comienzo a explorar el territorio, misterioso en sus posibilidades, de tan dejado de lado. No me interesa el asunto en tanto compulsión de adolescencia, ni en tanto válvula de escape para la miseria sexual, sino como variedad perfectamente legítima en el frondoso catálogo de la diversidad sexual. Variedad bien cepillada de todas las patologizaciones y caricaturizaciones al uso de los moralistas, y muy capaz de generarse todo un universo de técnicas físicas y mentales adecuadas como para irse descubriendo todas sus plenitudes disponibles.

En esto como en tantas otras cosas, rindo tributo al gran Cortázar.

Luego de una serie de acercamientos más o menos tangenciales, El acecho, que esta semana pone Santiago Arcos Editor a circular en Buenos Aires, es ya un intento de tomar al toro por los cuernos.


En primer lugar: mi fulano es omnívoro. Cualquier tipo de objeto o evento, real o virtual, hecho de tinta, celuloide, memoria o carne y hueso, puede ser insumo para alimentar el fuego de su pasión secreta. En segundo lugar: mi fulano es sistemático. Alimenta o enfría sus ansias concienzudamente, de acuerdo con un plan que tiene por objeto llevar pacientemente al frenesí  a un punto en que el estallido, finalmente inevitable, será tal que sus demonios lo dejen en paz por un buen rato. Mi fulano se pretende maestro y héroe del auto-erotismo. Bien quisiera que le fuera concedido el título de Gran Masturbador, instituido por el indiscutible Superior de la Orden: Salvador Dalí.

Claro está que para solventar un proyecto de esta índole no podía yo sino recurrir a aquella herramienta tan exitosamente forjada hace ya casi un siglo por el Alquimista Supremo, el irlandés James Joyce.  Me refiero al dichoso monólogo interior, cuya virtud deberá consistir  precisamente en vehiculizar, encauzar y dar forma al caudal incontenible del flujo de la conciencia de mi erotómano. Pero –y lo digo con todo respeto para los colegas usuarios de famosa herramienta- no quise que mi fairy tale estival terminara en un sancocho inextricable en el que vinieran a encallar los deseos de literatura de mis lectores, razón por la cual traté de mantener la distancia entre la parsimonia y contención de la narración en primera persona y el vértigo torrencial del fluir de la conciencia.

A ustedes les toca juzgar: primero, si mi fulano merece el honorífico de Gran Masturbador, y segundo, si el relato consigue un placentero equilibrio entre inteligibilidad y vértigo. En lo que a mí concierne, y no lo digo para influir en sus opiniones, confieso que estoy muy satisfecho con el resultado.

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