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viernes, 18 de noviembre de 2016

Ercole Lissardi - REALIDAD Y FICCIÓN -

Leí el texto que reproducimos a continuación en el ciclo "Analistas en la Polis", en Montevideo,  el 7 de octubre de 2016.

La pregunta por la realidad es la segunda que más a menudo me hacen mis lectores y mis entrevistadores. Es, en el fondo, la misma pregunta que hacen los niños cuando se ven superados por las imágenes fantasiosas o chocantes de una película. No conociendo la palabra “realidad”, preguntan: “Papá ¿esto es verdad?”. Y luego, ya de once o doce añitos, habiendo leído “Robinson Crusoe” preguntan: “¿Pero es esto una historia real?”.

Claro está que muy a menudo, en mis lectores y entrevistadores intuyo que, más que saber si las historias que cuento son reales, lo que quisieran saber es si son autobiográficas, es decir: si yo mismo soy el empedernido erotómano que habita en mis ficciones.

Según el humor del día y según si se me antoja responder a la pregunta explícita o a la implícita, respondo que sí, que mis historias son 100% reales y realistas, por la sencilla razón de que, como dice el Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el sol”, o respondo que no, que mis ficciones nada tienen que ver con ninguna realidad, especialmente no con la mía y que son el puro producto de mi delirante imaginación. Lo cual, por supuesto, no es cierto.

Con ninguna de las dos respuestas le hago honor alguno a la verdad, pero con retazos de ambas puede generarse un desplazamiento del dilema Realidad/Ficción hacia un tercer elemento, que ilumina con luz peculiar el conjunto de la cuestión.

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Veamos esto un poco en detalle.

La filosofía y el psicoanálisis han demostrado suficientemente que lo que llamamos Realidad no es sino una suma de discursos subjetivos, amasijos de razonamientos e imaginaciones que dan cuenta, cada uno a su manera, de lo que insistimos en llamar Realidad. Nunca estamos cara a cara con la real realidad, sino con los discursos que la representan. La real realidad, inalcanzable, se encuentra siempre más allá de la hojarasca de los discursos.

Por otro lado sabemos que el acto de ficcionar, de imaginar historias no puede sino servirse de esos discursos y representaciones a los que llamamos realidad. ¿De qué si no podría servirse? No hay un afuera de eso a lo que llamamos Realidad, y por consiguiente ficcionar no puede ser sino remasticar esas visiones, protoficciones parciales y subjetivas. Pero… ¿con qué objetivo lo hace? ¿Para qué este regurgitar peripecias imaginarias que tanto buscan mimetizar como eludir cualquier parecido con eso que llamamos Realidad?

Celosa de sus dominios la Realidad pone en entredicho la legitimidad de la Ficción, le pide garantías de credibilidad, títulos de que la Ficción no dispone ni aunque se proponga inventárselos. Por el contrario, la Ficción contraataca pretendiendo ser… la Verdad de la Realidad. Es aquí donde aparece el tercer elemento: la Verdad.

Realidad/Ficción/Verdad. R-F-V. La díada deviene tríada, y se cierra sobre sí misma.

Pero ¿cómo la Ficción, amasijo remasticado y caprichoso de los discursos a los que acostumbramos llamar Realidad, podría resultar ser, o producir, o encarnar la Verdad de la Realidad? Y en ese caso ¿hay una sola Verdad de la Realidad, misma que todas las ficciones repetirían a voz en cuello, como un coro de ranas? ¿O bien, considerando la multifacética apariencia de la Realidad -de cualquier Realidad- podríamos decir que cada Realidad admite numerosas verdades de las cuales, cada una a su manera, darían cuenta numerosas ficciones? Y finalmente ¿en qué forma y medida la Verdad producida por la Ficción cerraría la tríada actuando, interactuando con la multifacética Realidad?

Quizá manejar ejemplos concretos nos ayude a comprender el funcionamiento de esta tríada R-F-V, que propongo, en la que F metaboliza a R para producir V, la cual a su vez deberá retroalimentar a R.

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Es una realidad que cada año miles de meteoritos ingresan en la atmósfera terrestre. Nuestros abuelos aún acostumbraban llamarlos, románticamente, estrellas fugaces. Es asimismo una realidad, no por diferida menos insoslayable, que tarde o temprano un meteorito de mayor tamaño va a terminar con la especie humana. Eventos de esa índole, seguidos de extinciones ya sucedieron en el pasado.

Estas desagradables realidades, junto con otras de calibre semejante, han dado origen a un género muy frecuentado por la literatura y por el cine: el género apocalíptico. Este género floreció con peculiar empuje en el entorno del fin del milenio. Uno de sus mejores productos industriales fue el film “Impacto profundo”, producido por Steven Spielberg en 1998. Allí una nave espacial tripulada por un grupo de heroicos kamikazes y cargada con bombas atómicas consigue, in extremis, disolver –literalmente- el peligro, salvando de la destrucción a la Humanidad.

Deep impact, de Mimi Leder. Productor: S. Spielberg 

La Verdad –créasela o no- que esta Ficción comunica, en forma por demás convincente, es que la Humanidad sobrevivirá aún al peor de los peligros que la amenazan, no gracias a Dios y sus personeros, sino gracias a la Ciencia y a los Héroes (preferentemente uniformados, ellos).

La película de Spielberg me impresionó, a tal punto que decidí sumarme a la paranoia milenarista. Mi novela “Evangelio para el fin de los tiempos”, de 1999, es un pastiche de ese dato de la Realidad que era para mí el film “Impacto profundo”. Pastiche, digo, aunque supongo que no se le nota mucho tal condición. Mis personajes, entre los cuales no hay astronautas, ni científicos, ni militares, ni reporteros estrella, ni políticos, son ciudadanos comunes, de a pie, librados a sus fuerzas y a las mutaciones espirituales que la inminencia del evento les imponga. Como los de Spielberg, mis personajes también huyen desde la costa hacia las zonas altas para zafar del tsunami.


Pero ahí cesan, por el momento, las comparaciones. Los míos viven en improvisada comunidad, compartiendo a sus mujeres, o, si se prefiere, a sus hombres. En plena tempestad orgónica uno de los míos descubre que puede volar –volar en serio, sin artilugios, a lo Superman- y decide lanzarse contra el meteorito –a lo macho, sin nave ni bombas- para hacerlo pedazos y salvar no tanto a la Humanidad como a la comunidad en la que ha realizado su Deseo. El final es abierto, dejando al lector la tarea de ponerle a la peripecia el fin que prefiera, o que sea capaz de imaginar.

La Verdad de mi Ficción, a la vista está, es que no es posible tomarse en serio la eventualidad de la extinción de la especie. Tal Realidad, como decía Teodoro Adorno a propósito de Auschwitz, está más allá de las posibilidades de la literatura. A quien suscribe, tal evento sólo le da como para generar lo que Ana Grynbaum ha dado en llamar una “erotopía”, un espacio al margen de cualquier Realidad y destinado a la realización del Deseo.

 En 2011, Lars von Trier, quizá el único cineasta actual comparable con los Grandes de otrora, estrenó “Melancolía”, donde retoma el mismo tema del impacto con asteroide, sólo que aquí el objeto en curso de colisión con la Tierra tiene el tamaño de un planeta, de modo que no sea posible ninguna épica post-apocalíptica. Este carácter de final absoluto le es necesario a Trier para lograr la pureza del tono elegíaco que se propone.

Melancholia, de Lars von Trier

Como en mi novelita, Trier se centra en un pequeño grupo de personajes aislados en un marco bucólico. Pero sobre todo se centra en la angustia que los domina a medida que van comprendiendo que el asteroide no va a pasar de largo. En Trier no hay lugar para el heroísmo ni para la parodia, sólo lo hay para la angustia, tan disimulada como se pueda, puesto que se trata de gente educada y culta. Pero, más allá de esa angustia, lo que el film rezuma como su íntima Verdad, es la mirada elegíaca del artista: nos comunica la tristeza de que la belleza del mundo y de la cultura humana vayan a desaparecer, y de que con la Tierra se extinga la única vida existente en todo el Universo. Trier, maestro de maestros, nos invita a ir adelantando nuestro duelo por un final total, inevitable y anunciado.

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Así, pues, tenemos tres ficciones derivadas de una sencilla e indiscutible Realidad: que meteoritos continuamente ingresan en la atmósfera terrestre. Pero las tres ficciones intentan producir y transmitir verdades muy diferentes.

La primera propone una verdad consoladora: si confiamos en la Ciencia y en los Héroes la Humanidad sobrevivirá. La segunda propone una verdad delirante: ante la catástrofe propone la unión de todas las energías físicas y espirituales en el ritual orgiástico. La tercera propone una verdad desoladora: el evento es absurdo y acaba con todo sentido, pero sucederá.

Estas verdades retroalimentan a la Realidad haciéndose carne en nosotros, destinatarios de esas ficciones. Verdad consoladora, verdad orgiástica, verdad desoladora: prédicas lanzadas al viento que cada uno de los que nos cocinamos en la marmita de la Realidad sabremos elegir o descartar según nuestro soberano paladar, pero que en tanto mensajes de Verdad allí estarán mientras dure nuestra memoria sugiriéndonos sus alternativas.

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La mente del perfecto masturbador, el Gran Masturbador, al decir de Dalí, funciona de manera similar a nuestro circuito R-F-V. Como decía Ingmar Bergman: son legión los grandes cineastas que producen y exhiben sus películas sólo en sus propias mentes. En mi novelita “El acecho”, que en estos días se publica en Buenos Aires, intento mostrar en pleno funcionamiento la mente de un Gran Masturbador.

A partir de cualquier dato de la Realidad (un gesto, un defecto físico, una manera de caminar, un recuerdo, una película, una lectura) mi personaje se inventa ficciones eróticas cuya suma va delineando el vagoroso perfil de su Deseo, a la vez que va cocinando a fuego lento el Gran Orgasmo con el cual –si está prolijamente logrado- se liberará por un buen rato de la tiranía de su pulsión masturbatoria. Su incesante ficcionar de fulano híper-solitario le permite regular su realidad cotidiana, y, conduciéndolo al instante en que estalla su Verdad, al punto desde el cual, aunque sólo sea por un instante, él es el amo de su pulsión, le posibilita funcionar como un perverso razonable, que es lo máximo que se le puede pedir, a quien sea.

La verdad de mi novelita radica en esa paradoja: que el miembro fantasma le resulte a mi personaje, a todos los efectos, más práctico y útil que el miembro que se ha amputado.

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En resumidas cuentas: el tránsito de la Realidad a la Ficción es el menos problemático para el narrador. Se trata de una frontera sin aduanas, sin línea demarcatoria ni mojón alguno, y el narrador la cruza hasta sin darse cuenta mil veces por día. El verdadero tema para el narrador, el verdadero triple salto mortal sin red, radica en el truco alquimista que extrae de la piedra de la Ficción el zumo de la Verdad, en el cual, para él, encarna todo el sentido posible. Sí, efectivamente, aquello que el capitán Ahab persigue incansablemente, tan aterrorizado como ansioso, a lo largo y a lo ancho de los siete mares, es el Gran Falo Blanco.

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Muchas gracias.

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