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jueves, 15 de junio de 2017

Una Lady en el baño turco

Entre 1716 y 1718 Lady Mary Wortley Montagu, esposa del Embajador Británico ante el Imperio Otomano, escribió una serie de cartas contando su experiencia del Oriente. En una de ellas, cuya traducción ofrecemos aquí,
narra su excitante visita a un baño de mujeres.

Las cartas de Lady Montagu fueron publicadas post mortem. Un siglo después sirvieron como fuente de inspiración a Ingres para su cuadro El baño turco.


Este es uno de los materiales que forman parte de la bibliografía del curso Erotopías que vamos a estar dictando en el Malba entre el 29 de junio y el 7 de julio próximos.

http://www.malba.org.ar/evento/curso-erotopias/

https://www.youtube.com/watch?v=PbKaLjfyIIc


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Carta XXVI

Para Lady …

Adrianópolis, Abril 1, 1717

Me introduzco ahora en un nuevo mundo, en el que todo lo que veo me parece inusual, y le escribo contenta, con la esperanza, finalmente, de que encontrará los encantos de la novedad en mis cartas, de manera que ya no tenga que reprocharme que no le cuento nada extraordinario. No la voy a cansar con el relato de nuestro tedioso viaje, aunque no debo omitir lo que vi de notable en Sofía, una de las ciudades más hermosas del imperio turco, famosa por sus baños de aguas cálidas, concebidos a la vez para la diversión y la salud.


Me detuve ahí un día, con el propósito de visitarlos, y decidiendo ir de incognito, alquilé un coche turco. Estos no se parecen en nada a los nuestros, sino que son más convenientes para el campo, el calor siendo tan grande, que los vidrios llegan a ser molestos. Están hechos bastante a la manera de las diligencias holandesas, con ornamentos y entramados de madera, y con el interior pintado con canastas y ramos de flores, combinados con breves versos poéticos. Están recubiertos con tela escarlata bordeada con seda, y a menudo ricamente recamada y terminada. Las cortinas ocultan completamente a las personas, pero se las puede retirar fácilmente, para así permitir a las damas que vean hacia afuera a través de los entramados. Llevan hasta cuatro personas muy cómodas, sentadas en almohadones, aunque no de pie.

En uno de estos discretos coches fui a un bagnio hacia las diez de la mañana. Estaba ya lleno de mujeres. Son construcciones de piedra, con techo en forma de domo, con ventanas sólo en el techo, las cuales permiten el paso de la luz. Había cinco de estos domos, uno tras otro, el primero de los cuales, más pequeño, servía a manera de hall, en el que la portera vigilaba la puerta. Las damas de calidad generalmente le dan a esta mujer una corona o diez chelines, y yo no olvidé de hacerlo. La habitación siguiente es amplia y tiene piso de mármol, y todo alrededor hay un doble asiento de mármol, uno sobre el otro. Hay cuatro fuentes de agua fría en esta habitación, que cae sobre piletas de mármol y luego corre por el piso, a lo largo de pequeños canales hechos a propósito para llevar la corriente hacia la siguiente habitación, la cual es un poco más pequeña, con el mismo tipo de asientos, pero tan calentada con corrientes de sulfuro procedentes de los baños adjuntos, que era imposible quedarse allí vestido. Los otros dos domos eran los baños calientes, los cuales tenían picos de agua fría para atemperar el baño al grado de calor que las bañistas desearan.

Yo estaba con ropa de viaje, con falda de montar, cosa que, ciertamente, les parecía extraordinaria. Aunque ninguna mostró la menor sorpresa o curiosidad impertinente, sino que me recibieron con toda la complacida amabilidad posible. No conozco corte europea en que las damas se hubieran comportado de manera tan correcta con un extraño. Calculo que habría allí unas doscientas mujeres, y sin embargo ninguna sonrisa desdeñosa, ningún murmullo satírico, de los que nunca faltan en estas asambleas cuando comparece alguien que no está vestido exactamente a la moda. Repetían una y otra vez: Uzelle, pek uzelle, lo cual sólo significa: Encantadora, realmente encantadora.


Los primeros asientos estaban cubiertos con almohadones y ricas carpetas sobre las cuales se sentaban las damas, y en el segundo estaban sus esclavas, detrás de ellas, pero sin distinción alguna de rango expresada en la vestimenta, ya que estaban todas al natural, o sea, para decirlo en inglés llano: completamente desnudas, sin esconder ninguna belleza o defecto, aunque no había ni la más mínima sonrisa lasciva o el menor gesto inmodesto entre ellas. Caminaban y se movían con la misma gracia majestuosa con que Milton describe a nuestra Madre. Muchas de ellas estaban tan exactamente proporcionadas como diosa alguna haya sido dibujada por el lápiz de Guido o de Tiziano –y la mayoría de sus pieles eran de un blanco brillante, sólo adornada por su hermoso cabello dividido en muchas trenzas y colgando sobre sus hombros, recogida cada una con una perla o con una cinta, representando así las figuras de las Gracias.

Ahí estaba yo, convencida de la verdad de una reflexión que a menudo me he hecho: que si estuviera de moda andar desnuda, rara vez las caras serían observadas. Tomé nota de que las damas con las más delicadas pieles y las más finas formas recibían la mayor admiración, aunque sus caras fueran a veces menos hermosas que las de sus compañeras. Para decirle la verdad, tuve la suficiente picardía como para desear en secreto que el Sr. Gervais hubiera estado allí, invisible. Me imagino que hubiera mejorado mucho su arte ver a tantas bellas mujeres desnudas, en diferentes posturas, algunas conversando, algunas trabajando, otras bebiendo café o sorbiendo un refresco, y muchas negligentemente recostadas en sus almohadones, mientras sus esclavas (generalmente hermosas chicas de diecisiete o dieciocho años) se ocupaban en trenzarles el pelo de varias ingeniosas maneras. En pocas palabras, esta es la cafetería de las mujeres, donde todas las novedades de la ciudad son contadas, los escándalos inventados, etc. Generalmente se permiten esta diversión una vez a la semana y se quedan ahí cuatro o cinco horas, sin resfriarse al pasar inmediatamente del baño caliente al fresco de las habitaciones, lo cual me resultó muy sorprendente.

Lady Montagu por Jervas, c. 1710

La dama que parecía de mayor consideración entre ellas me invitó a sentarme a su lado, y de buen grado me hubiera ayudado a desnudarme para el baño. Me excusé no sin cierta dificultad. Insistían todas tan sinceramente para persuadirme que, finalmente, me sentí forzada a abrir mi blusa para mostrarles mi corset. Visión que las dejó satisfechas, ya que creyeron que yo estaba encerrada en aquella máquina y que no podía abrirla, restricción que atribuyeron a mi esposo. Yo estaba encantada con su amabilidad y con su belleza y encantada hubiera pasado más tiempo con ellas, pero el señor W… había decidido continuar el viaje la siguiente mañana temprano, y debí apresurarme para ver las ruinas de la iglesia de Justiniano, lo cual no me dio tanto placer como lo que había dejado atrás, ya no que no era más que un montón de piedras.

Adiós, señora, estoy segura ahora de haberla entretenido presentándole algo que usted nunca vio en su vida, y de lo que ningún libro de viajes puede informarla, ya que significa nada menos que la muerte para un hombre de ser encontrado en esos lugares.

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Traducción del inglés: Ercole Lissardi

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