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viernes, 9 de junio de 2017

Ercole Lissardi - LA BELLE DE JOUR DE MANOEL DE OLIVEIRA -

A veces sucede –y esta es para mí buena parte del placer de escribir este blog- que antes de publicar las entradas Ana y yo nos las leemos mutuamente, con la intención –y a veces con el resultado- de mejorarlas o
completarlas con el punto de vista del otro.

Tal cosa sucedió, precisamente, con mi entrada más reciente: Génesis de Belle de Jour, de Luis Buñuel. Alguno de los comentarios que Ana me hizo lo incorporé directamente al texto, otro lo subrayé en un post-scriptum, otro lo descarté porque me pareció un anacronismo. En efecto: a propósito del pasaje en el que afirmo que Buñuel “diagnosticó” a Séverine como una masoquista que al humillarse persigue su goce, Ana me previno contra una interpretación ingenua, recordándome que en el juego sado-masoquista el intercambio de roles es habitual, y que en realidad no importa demasiado en qué extremo del látigo se está. No tomé en cuenta el comentario, considerándolo anacrónico, ya que esa reversibilidad me parecía más bien propia de los tiempos del BDSM, y no de los tiempos del freudismo básico que sería el que mamó Buñuel en su juventud.



UN PROYECTO INSÓLITO

Quiso la casualidad que, un par de días después de publicada esta entrada, me enterara yo de que Manoel de Oliveira escribió y dirigió, en 2005 y con el título de Belle toujours (disponible en Internet), una continuación de la historia de Séverine, 38 años después. Ahora bien: la interpretación del personaje que hace de Oliveira gira, precisamente, en torno a la idea de que sadismo y masoquismo son las dos caras de una misma moneda.

Antes de ir al grano permítanseme unas palabras acerca del proyecto mismo de esta “continuación”. Es evidente, yendo al detalle, que el proyecto no fue idea de de Oliveira sino de Michel Piccoli. ¿Qué necesidad pudo haber empujado a Piccoli a realizar esta coda? Retrospectivamente –y una vez considerado el argumento de Belle toujours- queda claro que, en la película de Buñuel, el personaje que encarna Piccoli –Husson- no recibe tanto tratamiento como realmente merece. Es decir: tal como está el personaje cumple con su función proporcionando elementos claves de la peripecia de Séverine, pero no se profundiza en sus motivaciones y en los matices de su personalidad. Michel Piccoli fue –es, tiene actualmente 92 años- un gran actor. No por nada trabajó con algunos de los directores más importantes, de Hitchcock a Renoir, y de Buñuel a Ferreri. Y si algo lo caracteriza es la meticulosidad obsesiva de sus performances. Debe de haber sido para él una piedra en el zapato durante décadas la conciencia de que un personaje tan interesante como Husson en un film tan importante –icónico y de culto- como Belle de Jour, quedara expresado sólo a medias.

Entonces: ¿por qué no una coda en la que el personaje central fuera ya no Belle de Jour sino Husson? De Oliveira –que por entonces, a los 97 años, seguía filmando una película por año- aceptó el proyecto. Lo asumió como propio en tanto “homenaje a Luis Buñuel”. Como un guerrero caníbal para el cual no hay plato más exquisito que el corazón del más bravo de sus enemigos.

Así pues, finalmente, en Belle toujours Husson accede al centro de la escena y toma la palabra. Lo que va a escucharse es su versión de los hechos. Es su historia, en relación con Séverine, la que aquí se cuenta. ¿Y qué es lo que tiene Husson para revelarnos?


HUSSON EXPLICA

Explica Husson que si Séverine era masoquista, también era sádica: su deseo era traicionar a su marido, Pierre, al que amaba de todo corazón, con su mejor amigo –Husson mismo. La culpa de tal atrocidad sería para ella fuente del goce más refinado. Así de fácil.

Bulle Ogier en Belle toujours

Husson se niega a participar en la traición, pero suministra a Séverine, como por casualidad, la dirección de un burdel –en la época eran ilegales en Francia- en el que podrá traicionar a su marido con tantos hombres como quiera. La empuja así, discretamente, a –digamos- insondables abismos de abyección.

Por cierto que esta lectura de Husson encuentra sustento, aunque vago, en la presentación de los hechos que hace Buñuel. Para Husson/Piccoli no se trata de aportar datos nuevos sino de releer los existentes.

Explica asimismo Husson que cuando visita a Séverine en el burdel lo hace para hundir más en ella el puñal de la culpa. Y no para otra cosa vuelve a visitarla, en su casa ahora, al final del film de Buñuel, anunciándole que ha venido para revelar a Pierre, ya inválido –baleado por un amante de burdel de Séverine-, la vida secreta de su esposa. Buñuel cierra su film sin que sepamos si tal revelación se ha realizado.

Así pues, la relectura de los hechos que hace Husson en el film de de Oliveira deja en claro el carácter sádico, además de masoquista, de Séverine, pero sobre todo deja en claro el sadismo del propio Husson. La escena final de Belle toujours muestra el sadismo de Husson en su forma extrema. Séverine ha aceptado que se reúnan porque necesita saber, después de tantos años, ya fallecido Pierre, si Husson le reveló o no su secreto. Pero Husson se niega a decir si contó o no la verdad a Pierre. Elija usted la respuesta que prefiera, le dice. En el rostro de Séverine vemos que por primera vez ha comprendido que ha sido un juguete en manos de un sádico, y huye.

Catherine Deneuve en 2005


FALTÓ LO PRINCIPAL

He ahí, pues, el esquema argumental con el que Piccoli, con la complicidad de de Oliveira, pretendió tener la última palabra, enmendándole la plana a Buñuel. Esta coda revelaría la trama verdadera de la historia de la famosa Belle de Jour. Pudo haberlo logrado. Largamente rumiado, el proyecto no deja de tener sus puntos fuertes, su lógica interna, su coherencia.

Pero Catherine Deneuve no aceptó ser Séverine 38 años después. Quizá no aceptó por fidelidad a Buñuel, habiendo comprendido la naturaleza oculta del proyecto. Quizá no aceptó por vanidad, ya que el eje de la historia se corría de Séverine a Husson, peor aún: Séverine se volvía un personaje dependiente del de Husson, secundario a sus intenciones. O quizá no aceptó por simple respeto a la obra, verdadero film de culto, joya de la cinematografía que la había catapultado en su carrera, enriqueciendo las posibilidades de su imagen. Lo cierto es que Deneuve no aceptó volver a ser Séverine -para qué retocar, y correr el riesgo de retocar mal, algo que en lo que me concierne es perfecto, se preguntaría-, con lo que le dio un golpe letal al proyecto.

Piccoli y de Oliveira, en un acto de insondable necedad decidieron seguir adelante. Increíble error de cálculo: pensaron que para representar a Séverine Deneuve era reemplazable. Piccoli le trajo a de Oliveira, en lugar de Deneuve, a Bulle Ogier. En vez de la helada altanería de la Deneuve, tenemos una señora mayor con aspecto de pollito mojado.

Lo que queda de Belle toujours es una especie de película mental que pocos pueden hacerse: alucinar que Ogier no está ahí, que la que está y da las réplicas es Deneuve. Operación que se parece bastante a la patética situación de tener sexo con una mujer pensando en otra, que es a la que realmente se ama.

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