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viernes, 6 de abril de 2018

Ercole Lissardi - “INTERLUDIO, INTERLUNIO” CUMPLE VEINTE AÑOS

“Interludio, interlunio”, publicada en 1998 por Editorial Fin de Siglo en Montevideo y en estos días por Sorojchi Editores en Buenos Aires, es la consecuencia de años de lectura de todo tipo de materiales (historia,
reflexión, testimonio, actas procesales, etc.) concernientes a los genocidios llevados a cabo por los nazis.


El objeto de mis estudios era comprender cómo, más allá de la barbarie ideológica, el proyecto genocida pudo contar con el silencio cómplice del pueblo alemán, vanguardia del arte y de la ciencia europeos en la Modernidad. En otras palabras se trató para mí de comprender, o al menos terminar por asumir, la siguiente paradoja: que el refinamiento cultural pueda coexistir, en la psiquis de un sujeto o de un grupo social con el más frío y brutal instinto homicida.

Definí entonces como tema central para una novela el retrato de un sujeto exquisitamente culto, capaz de sutileza espiritual y de sentimientos auténticos y robustos que es, a la vez, un sistemático asesino.

Decidí no ambientar mi historia en el contexto del genocidio nazi –nada más fácil después de tanto estudio- para que los oropeles ideológicos y el morbo hipnótico que la barbarie nazi conlleva no impidieran comprender lo esencial del asunto.

Pero necesitaba que la historia transcurriera en un contexto de brutalización de la vida cotidiana tal que mi personaje sintiera de antemano legitimados sus actos, porque no me interesaba que mi novela se convirtiera en un debate filosófico de justificación o condena. Sólo quería exponer la paradoja en toda su dimensión, para que el lector, libremente, hiciera con ella lo que pudiera.

Ese contexto de brutalización de la vida cotidiana lo construí en un Montevideo distópico en el que debido a factores históricos que no entro a presentar ni discutir, pero que, dada la historia reciente de la ciudad, cada montevideano puede imaginar fácilmente. La población está dividida en amos o señores por un lado y cretinos por el otro. Aquellos detentan todos los derechos, aún los inmorales; estos, ninguno, ni el más elemental, funcionando como esclavos, a los que inclusive darles muerte no significa sino sanciones económicas por daño a propiedad estatal.



CRÍTICA IMPRESIONISTA

En este contexto los elementos que hacen evidente el refinamiento espiritual del personaje de mi novela son:
-una auténtica pasión por los últimos cuartetos de Beethoven, cuyo significado espiritual se esfuerza por comprender y por fijar en imágenes, procedimiento crítico al que hoy se conoce como crítica impresionista y que en su momento Wagner, por ejemplo, aplicó al mismo Beethoven;
-es capaz de concebir una pasión amorosa de la mayor intensidad por una cretina, a la cual, corriendo grandes riesgos personales intenta rescatar de su condición.

Como no soy músico ni musicólogo, aunque sí minucioso al extremo, la relación de mi personaje con los últimos cuartetos me significó devorar otra biblioteca, ésta sobre Beethoven, su vida y su obra. Ni hablar que me significó, además, conseguir todas las versiones actualmente disponibles de los últimos cuartetos. Escribir esta novela me hizo sufrir y gozar un proceso súper acelerado de comprensión de la extraordinaria complejidad de la música del gran sordo.

Pero este proceso no podía ser solamente intelectual, ya que estaba escribiendo una novela, no un tratado de musicología. Me era necesario entrar en contacto con la materialidad misma del hecho musical. A tales efectos me pagué los servicios de un joven violinista, experto en Beethoven, para que me explicara, ejemplificando, la experiencia de interpretar al violín esas complejas piezas, pero además para que, en directo, me hiciera sentir el lado puramente físico de esa experiencia.

De mis libros, que me haya significado una masa de trabajo similar a la de “Interludio, interlunio”, creo que sólo podría citar a “Acerca de la naturaleza de los faunos”, que sigue esperando en el limbo de los justos su reedición.



EL FUTURO DE UNA PARADOJA

Ocho años después de publicado “Interludio, interlunio”, en 2006, el escritor norteamericano  Jonathan Littell publicó, en francés, la novela “Las benévolas” (Les bienveillantes), fascinado por la misma paradoja entre refinamiento espiritual y brutalidad homicida, paradoja que también recogió en el contexto de la barbarie nazi. La novela de Littell gira también en torno a un personaje que encarna esa paradoja, el culto y distinguido Oficial de las SS Maximilian Aue confeso autor y legitimador de las más atroces barbaries genocidas. Su estructura también está basada en una de las obras mayores de la música clásica europea: cada capítulo de la novela lleva el nombre de una de las danzas presentes en las “Suites para violonchelo solo” de Bach. La novela de Littell recibió el Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Goncourt.


En 2017 el cineasta ruso Andrei Konchalovski, suponemos razonablemente que influido por la exitosa novela de Littell, realiza una nueva versión de la paradoja, ambientándola ya no sólo en el contexto del genocidio nazi sino concretamente en el interior de un campo de exterminio. Allí el Obersturmbannführer Khelmut, aristócrata y oficial de las SS, culto y refinado donde los haya, se enamora de una prisionera judía, Olga, la trae a su vivienda como sirvienta, tiene romance con ella e intenta salvarla de su destino de muerte. Habiendo sido ya utilizados Beethoven y Bach, Konchalovski opta por la Sinfonía No. 3 de Brahms.

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