domingo, 3 de noviembre de 2019

Ana Grynbaum - ¡¿La crítica literaria ha muerto…?! -

Pocos libros resultan tan beneficiosos para el escritor contemporáneo como “El orden del discurso” de Michel Foucault. Su discurso de ingreso al College de France en 1970 ocupa apenas unas setenta
páginas con letra grande. Su brevedad y concisión son especialmente apreciadas por el escritor actual, pues el tiempo le falta tanto para la lectura aleccionadora y como para la placentera. En este
texto encontramos los insumos básicos para plantear una discusión acerca de la ausencia de discurso sobre la literatura actual.

Arcimboldo, bibliotecario 

Desórdenes del discurso

“El orden del discurso” constituye un artefacto que permite interrogar los itinerarios de la circulación, así como los modos del estancamiento, de los discursos, entre ellos el literario.

La adhesión que suscita por parte del escritor es inmediata -para seguir valorando la velocidad. También puede encontrar en este texto, llegado el caso, una tabla de salvación. El trampolín que le permita en medio de la desolación no saltar al vacío.

Harto conocida es la vanidad de los artistas, su talante hipersensible, lo lábil de sus emociones, cuán dependientes se vuelven de un halago, o -casi humanos- de algún tipo de reconocimiento hacia sus productos. Si Raymond Roussell y John Kennedy Toole hubiesen comprendido el entramado móvil de la obra literaria en los circuitos de la sociedad tal vez no se hubieran auto-ultimado.

Pessoa en cambio parece haber tenido claro cuán fútil es preocuparse por el destino de esos seres con vida propia que son los manuscritos. “Los manuscritos no arden” asegura Bulgakov en “El maestro y Margarita”, esa obra que sobrevivió no solo a su autor, caído en desgracia ante la Rusia soviética, sino a la propia censura del régimen soviético, al haber iniciado su fama en publicaciones precarias y clandestinas. Por su parte, Kafka, dudó acerca de estas cuestiones hasta extremos como “Un artista del hambre”.


Al sur de las américas

La ausencia de discurso acerca de la nueva producción literaria de habla hispana, especialmente en el Río de la Plata, es el contexto inmediato de la producción de este artículo. Tanto en medios oficiales como alternativos, el comentario y la valoración pública de las obras literarias son en la actualidad tan escasos que se puede afirmar su ausencia.

El reducido espacio de las reseñas en los medios culturales se reparte entre los autores muertos y los ungidos por el imperio editorial transnacional. Con frecuencia el comentario no supera el orden de la propaganda o apenas marca el ítem como visto, sin entrar en su contenido ni en su forma. Pero ¿se debe eso a que ya no existan lectores interesados en una orientación erudita? No lo parece, los vestigios de crítica existentes continúan dirigiéndose a ese público.

Dentro del apoyo estatal a la cultura es raro encontrar acciones independientes de la politiquería. El productor cultural que no cuenta con padrinazgos ni asume servilismos siempre llega tarde al reparto de beneficios. Como aquella autora que recientemente solicitó al ministerio de educación y cultura de su país algún apoyo para cierto libro, publicado en el extranjero, que recopila, en un total de 32 rioplatenses, a 17 escritoras autóctonas vivas, pero no obtuvo siquiera una cita para tratar personalmente el particular.

El circuito de los medios alternativos es tan discreto que parece inexistente, aunque nos mantengamos en las trincheras, en mega-esfuerzos de resistencia. Por su parte, las redes sociales no discuten libros, los exhiben -más que a los libros, a sus autores. Sin embargo, nada impide que la publicación de libros nuevos detenga su crecimiento cuantitativo. Ahora bien, respecto de su calidad ¡nada sabemos!


Las zonas oscuras de la producción discursiva

Explica Foucault que “en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad.”

En el terreno del discurso señala tres grandes sistemas de exclusión: la palabra prohibida -aplicada especialmente a la sexualidad y a la política-, la segregación y rechazo de la locura, y la voluntad de verdad como imposición despótica.

Entre los factores de control internos al discurso se incluyen: el comentario, la disciplina y el enrarecimiento de los sujetos que hablan. En tal sentido Foucault asegura: “nadie entrará en el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de entrada, cualificado para hacerlo”. En el extremo, el tonto, el loco, es aquel cuyo decir no vale.

Los procedimientos de exclusión y rechazo “entran en juego cuando el sujeto que habla ha formulado uno o varios enunciados inasimilables”. Pero, en una sociedad basada en la exclusión, siempre habrá inadaptados, no importa las credenciales que presenten.


¿Quiénes pierden?

Al literato decepcionado el texto de Foucault le muestra cómo las faltas y las fallas son operaciones activas, orientadas respecto de sus resultados, desarrollando en él una forma sana de la desconfianza. En el ninguneo dirigido al artista no hay errores, ausencias o simple abandono. Se trata de activa negatividad mezclada con un azar para el cual los dados están cargados. Las exclusiones o marginaciones son estipuladas y ejecutadas de acuerdo con intereses concretos aun si opacos.

La colaboración de las víctimas es imprescindible. Así, quien gestionó inútilmente por las 17 escritoras de 32, sabe de coetáneos financiados por el citado ministerio por mero amiguismo y ¡a cambio de ningún producto! Pero mantiene el silencio. No sea cosa que noten su ofensa. Acaso atribuyan a factores de su personalidad el fracaso de la gestión. ¡Como si tal gestión no hubiera estado fracasada antes de ser emprendida!

El escribiente inseguro puede identificarse con facilidad -si es fácil no gasta su poca energía- con esa figura foucaultiana del autor que es activamente desconocido porque no entra dentro de los parámetros de lo aceptable para cierto orden social. Y sentirse igualmente afectado, pero de forma impersonal - genera un pequeño alivio. Los más imaginativos llegan a verse como héroes, mártires, rehenes valiosos.

Por su parte, el escritor molesto, que incomoda con lo que dice y cómo lo dice -aunque se le achacan los problemas en el cómo- leyendo a Foucault corrobora que también él tiene derecho a conocer las formas y el grado de su perturbación; o los modos en que perturbaría a la cultura si se le abriera paso. A saber si su condena es por falta o por exceso, si la censura atañe al pudor, al buen gusto o a la conveniencia política. Es decir, por parte de qué casilleros de la estética autoritaria ha sido descalificado.

En cuanto a los libros que navegan en la cresta de la ola del marketing, por más beneficios que reciban, no dejan de padecer sobre su cuerpo el discurrir artificial e irresponsable de la publicidad. Los elogios falsos, al estilo de las contratapas, no son el comentario que merece un texto serio. No le alcanza al autor con que sus libros sean devorados para inmediatamente ser arrojados expulsados del lector como objetos extraños -eructo, vómito o diarrea.

No se llena la ausencia de discurso con mero ruido. Incluso los grandes autores del momento, afamados y prósperos, maquillados para la foto, inconfesadamente padecen la carencia de diálogo, la falta angustiosa de una visión que les permita acceder a su obra desde una perspectiva más amplia. Y añoran una crítica que dé lugar al despliegue de todas sus alas.


¿Qué crítica hace falta?

Hasta el escritor del establishment, si es un artista, fantasea con un futuro pletórico de autores y críticos venerables. Sueña con el “retorno” de una edad de oro donde pueda explicarse con arte -como Wilde proponía- el por qué y el para qué de los artefactos literarios, sus modos de empleo y características, para regocijo de lectores y escritores.

La crítica, según Foucault, debe empezar por un análisis de la producción del discurso en cuanto a sus instancias de control y especialmente respecto de las funciones de exclusión, “los procesos de rarefacción, pero también el reagrupamiento y la unificación de los discursos”. ¿Qué coacciones obran a la hora de emitir opinión sobre una obra literaria, o negarse a ello?

“El orden del discurso” propone una forma de leer radiografiando los textos en tanto seres vivos en su devenir social, donde navegan aun sin viento, a la manera de buques fantasma. Un clásico especialmente vigente y recomendable como alimento espiritual para el escritor contemporáneo.

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La discusión acerca de la ausencia del discurso crítico literario continuará…


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Todas las citas están tomadas de “El orden del discurso” de Michel Foucault, disponible en: https://monoskop.org/images/5/5d/Foucault_Michel_El_orden_del_discurso_2005.pdf

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