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viernes, 17 de octubre de 2014

Ercole Lissardi - MASTURBACIÓN Y PORNOGRAFÍA I -

Desde mediados de los años noventas una cantidad siempre creciente de films presenta escenas de masturbación, más o menos justificadas por lo que se narra. Recientemente Shame y Don Jon toman el toro por los cuernos y
proponen una visión a fondo de la relación entre masturbación y consumo de pornografía. Mi intención es analizar sus puntos de vista en posteriores entradas, pero antes quisiera compartir un pasaje (pp. 109-112) del capítulo V: El cuerpo pornográfico de mi libro de ensayos La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en Internet, publicado el año pasado por Paidós Argentina.

En la pornósfera

La expansión de la pornografía ha instalado en nuestra mente un tipo específico de representación del cuerpo humano a la que llamamos cuerpo pornográfico, un modo de representación del cuerpo humano tan omnipresente como el cuerpo atlético, el de la medicina, el de la moda, el católico o el maoísta, por citar al azar algunas modalidades específicas de representación del cuerpo humano. El cuerpo pornográfico es el cuerpo humano tal y como llegamos a concebirlo y a representárnoslo como consecuencia de la sobreabundancia y el consumo directo o indirecto de pornografía, es decir: exhibiendo su genitalia, en disposición de utilizarla o directamente utilizándola para lo que comúnmente llamamos actos sexuales. No existe, por supuesto, una única representación del cuerpo pornográfico. Cada uno tiene la propia. El cuerpo pornográfico es un fantasma que se encuentra en la intersección entre lo que la fábrica de la pornografía tiene para ofrecer y lo que los deseos de cada uno, sabidos o no, solicitan. Las combinaciones son virtualmente infinitas.

En el estado actual de los estudios no es posible afirmar a partir de cuándo, de qué nivel de densidad de la producción pornográfica, el cuerpo pornográfico habita en la mente del hombre de Occidente, a partir de cuándo vivimos en la “pornósfera”. Pero podemos decir sin temor a equivocarnos que, seguramente a partir de los años cincuenta del siglo pasado, cuando desde muy joven se pudo comenzar a acceder a la imaginería pornográfica, y con toda evidencia a partir del comienzo de la “era de permisividad”, a principios de los años setenta del siglo pasado, el cuerpo pornográfico, sin duda, forma parte de nuestra imaginería mental.

El cuerpo pornográfico y el cuerpo del Deseo

Está claro que en todo tiempo y lugar la imaginación de la posesión del cuerpo deseado ha formado parte del acto de desear. Pero esa imaginación inmanente al desear no tiene nada que ver con la imaginación del cuerpo pornográfico. El cuerpo
deseado es único, concreto, inconfundible, mientras que el pornográfico es abstracto y anónimo. La estimulación que produce la imaginación de este no está dirigida al cuerpo de nadie en concreto sino a ese mismo fantasma, el cuerpo pornográfico.

Estimulación y sobreestimulación

Ahora bien: si la función de las figuras del paradigma fáunico ha sido estimular la búsqueda de la felicidad en la voluptuosidad, debemos decir que esta quinta figura realmente la ha sobreestimulado, tanto directamente (por el consumo de los productos de la pornografía) como indirectamente, al influir en todos los ámbitos de la cultura actual. Veamos algunas consecuencias en la vida sexual de esta sobreestimulación.

Es necesario tener en cuenta que las distintas formas en que se representa al cuerpo humano generan mimetización y, como consecuencia, adicciones. El cuerpo atlético termina en el consumo de anabolizantes, estimulantes, etc.; el cuerpo médico termina en la sobremedicación; el cuerpo de la moda termina en la anorexia, y así siguiendo. La adicción a la pornografía es en realidad la adicción al cuerpo pornográfico. Se desea el cuerpo pornográfico, se está obsesionado por él. Pero, paradójicamente, el deseo del cuerpo pornográfico no se mitiga cogiendo. Como veremos, la adicción a la pornografía termina en la frustración sexual, el aislamiento, el consumo exacerbado de pornografía, la masturbación y el recurso a la prostitución. Veamos algunos.

Frustración sexual. La estimulación que genera el cuerpo pornográfico solo busca descargarse en el cuerpo pornográfico, un cuerpo abstracto, anónimo y sin identidad, pero supuestamente habilísimo, avidísimo y repleto de peculiaridades fascinantes. Tal descarga es, por supuesto, imposible: el cuerpo pornográfico no existe en ningún cuerpo concreto. Solo existen sujetos concretos para compartir la descarga orgásmica.
En la medida en que esos cuerpos concretos no son lo que se desea –el cuerpo pornográfico–, aunque la descarga se produzca lleva implícito el sentimiento de frustración.

Prostitución. El deseo del cuerpo pornográfico desemboca, pues, en la insatisfacción y en la frustración. El esfuerzo de las personas reales por parecerse al cuerpo pornográfico (cosméticos, moda, cirugía o fisioculturismo mediante) resulta inútil. La
frustración conduce a recurrir a los servicios de prostitución. Las prostitutas, puesto que son performers de tiempo breve –cumplen su función y desaparecen–, pueden proporcionar la ilusión de acceder al cuerpo pornográfico. La omnipresencia del sobreestímulo que significa el cuerpo pornográfico empuja al consumo de servicios de prostitución. El desarrollo de la industria de la pornografía y el de la industria de la prostitución, como se ve, no entran en contradicción sino que se complementan.

El sexo casual. El sexo casual –la vinculación efímera, cuando no reducida a un solo encuentro– puede también, como el recurso de la prostitución, proporcionar la ilusión de acceder al cuerpo pornográfico. Implica, ciertamente, una sintonía de intenciones que es rara a menos que se recurra a lugares de encuentro específicos para tal tipo de actitud –bares y clubes, normalmente–. Pero, claro está, el sexo casual no tiene el mismo nivel de eficiencia que el recurso de la prostituta. La prostituta es una profesional en la representación del cuerpo pornográfico, en tanto tal –y en lo que concierne al contrato de servicio– es una no persona, y toda la relación con ella se gsalda con unos billetes. En el sexo casual lo personal, peculiar y concreto significa un lastre que impide la total satisfacción. A la larga genera insatisfacción y hastío.

Masturbación. El cuerpo pornográfico nos habita, exigiéndonos gratificaciones que lo aplaquen. Las personas reales con sus cuerpos concretos no están en condiciones de satisfacer el deseo del cuerpo pornográfico, ni se las puede utilizar continuamente para paliar la presión de ese deseo. Se puede, sí, recurrir indefinidamente a la prostituta, aunque no todos puedan hacerlo, por razones económicas en primer lugar. El sexo casual implica una cierta actitud que no está al alcance de todos. La alternativa es la masturbación. Eso hace que en nuestra sociedad más que en ninguna otra, la masturbación sea una práctica recurrente en todas las edades y no solo en la del despertar sexual. La tecnología, con el cibersexo, proporciona al masturbador la ilusión de no estar masturbándose. La tendencia a la masturbación, por supuesto, no hace sino impulsar al consumo de más pornografía como medio para operar la gratificación. El consumo de pornografía y la masturbación son actividades equiparables a tratar de sacarse la sed tomando Coca Cola. El consumidor de pornografía es el perfecto ciudadano del capitalismo de consumo.


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